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Consumo

"Usamos Bizum a todas horas"

Mujeres y hombres de entre 19 y 82 años analizan cómo afectaría vivir en esta nueva normalidad sin billetes ni monedas cada vez más cercana. Coinciden al afirmar que un mundo sin efectivo será ágil pero provocará mayor control y exclusión financiera

Ampliar De izquierda a derecha, las estudiantes de 3º de Psicología de la UPNA: Eva Díaz de Cerio, Clarisa Giménez, Inés Fustero, Salma Nadir, Lucía Escanciano y Alba Sarasa
De izquierda a derecha, las estudiantes de 3º de Psicología de la UPNA: Eva Díaz de Cerio, Clarisa Giménez, Inés Fustero, Salma Nadir, Lucía Escanciano y Alba SarasaIván Benítez
Actualizado el 07/11/2022 a las 07:27
Imagine que una mañana se levanta, acude a comprar y solo puede pagar con tarjeta o a través de una aplicación del móvil. ¿Cómo afectaría una situación así en su día a día? La pregunta se lanza al aire, como si fuera una de estas monedas que han perdido su valor, y al caer al suelo rueda hasta alcanzar los pies de ocho estudiantes de 22 años de tercero de Psicología de la Universidad Pública de Navarra. Ellas se encuentran en la puerta de una copistería donde solo se permiten pagos en efectivo. Al descubrir la moneda, la recogen analizando sus dos caras. Sonríen. Suspiran.
“Un mundo sin dinero sería un mundo cómodo y ágil, pero a la vez artificial”, argumentan. “Ay, pero sería un mundo tan raro. Se perderían tantas cosas…”. Las ocho abren el cajón de los recuerdos. “Desaparecería la hucha de la niñez y los abuelos no podrían darte la paga. ¿Y qué pasaría con el aguinaldo de Navidad y la ilusión de encontrarse un billete de cinco euros en la calle? Se perdería el deseo de lanzar una moneda en una fuente y la emoción de la gestión del primer euro a la hora de comprar chucherías…. ¿Y nuestros mayores”. Vuelven los suspiros. Dentro de la copistería hay dos jóvenes de 19 años. Pagan treinta céntimos por unas fotocopias y salen con las mochilas al hombro. “Siempre pagamos con tarjeta o bizum pero llevamos alguna moneda para ocasiones puntuales”, precisan Lucas Gómez y Aimar Zulaika, estudiantes de Ingeniería Industrial y Mecánica. “Solo es cuestión de tiempo que desaparezca el efectivo”. Las palabras adquieren un tono agridulce al mencionar a los mayores. “Está claro que habrá una parte de la sociedad que quedará tirada. Será un mundo más difícil para ellos”.
UPNA
Lucas Gómez y Aimar Zulaika, estudiantes de 19 años de Ingeniería en la UPNAIVÁN BENÍTEZ
Crecen las voces de los que reclaman una transición real hacia un mundo sin dinero en efectivo como forma de combatir la economía sumergida y las actividades ilícitas. Se habla de ventajas y desventajas. De ahorro y de control de la información. Incluso, algunos economistas alertan de que el grado de control sobre los ciudadanos sería total y se quedaría sin resolver cómo podrían adaptarse al cambio las generaciones de mayores.
Los jóvenes universitarios son ahora quienes lanzan la moneda al aire y ésta gira por el camino de las dudas hasta entrar en un centro de atención de día para personas mayores. “Nunca habíamos sentido tanto desafecto por parte de los bancos”, dejan claro. Las tarjetas suponen para ellos entre 40 y 62 euros al año de comisiones, dependiendo de la intensidad de la amenaza de retirar la pensión, indican. “¿Por qué quieren que desaparezca el dinero?”. Se advierte inquietud en la pregunta. “Estamos en un mundo en el que a los mayores solo nos quitan cosas. Hay mucha gente que no sabe manejar un móvil, una tarjeta, Internet. ¿Por qué no podemos ser dueños de nuestro dinero? Estamos viviendo una de las peores épocas de nuestra vida por falta de condescendencia”.
Las transacciones están reemplazado a los pagos en efectivo en todo el mundo. Suecia, por ejemplo, es la cuna de una sociedad sin papel moneda donde hasta los donativos se hacen de manera digital. Y en Dinamarca desde el 1 de enero de 2016 los comercios pueden negarse a aceptar pagos en efectivo. El Parlamento danés ha marcado 2030 como límite para acabar con el dinero en efectivo. En realidad, esta forma de economía se ha materializado casi completamente en algunos países. En Alemania, sin embargo, se aferran a los billetes y las monedas.
El Gobierno español puso fin en julio de 2021 a las operaciones en efectivo para pagar un importe igual o superior a 1.000 euros (antes era 2.500 €). El Ejecutivo aprobó esta medida en el marco de la prevención y lucha contra el fraude fiscal. Ante este dictamen, sin embargo, el organismo europeo ha sido claro: “El BCE considera que es desproporcionado reducir a 1.000 euros el límite del pago en efectivo”, expresaron, incidiendo en que el límite marcado acorta significativamente “la libertad de los ciudadanos para escoger el medio de pago”. El propio del expresidente del BCE Mario Draghi dijo que el efectivo es aceptado por todos los ciudadanos y se utiliza para una amplia gama de operaciones cotidianas, además de presentarse como una solución para proteger la información personal y la privacidad.
CLUB DE JUBILADOS DE BERRIOZAR
Son las diez y media de la mañana en el Club de Personas Jubiladas de Berriozar. Los más tempraneros buscan el calor de las primeras conversaciones. Algunos acaban de salir de clase de baile y otros de una sucursal próxima, molestos, un día más, tal y como reconoce Milagros Landa, de 65 años. De los tres cajeros de la única entidad que hay en el pueblo solo funciona uno y en la ventanilla no hay más que una persona atendiendo.
Hace unos meses, un hombre de 78 años llamado Carlos San Juan impulsaba la campaña ‘Soy mayor, no idiota’ con la que reunió más de 650.000 firmas para exigir un trato más humano en los bancos para las personas mayores. Este valenciano consiguió que el Ministerio de Economía, el Banco de España y las entidades se replantearan sus planes de digitalización y ordenaran sus prioridades con una actualización de un protocolo para el fomento de la inclusión financiera.
Berriozar
Milagros Landa (65), con la cartilla de ahorro, junto a Sabino Villanueva (69), Pilar Romero (68), Lina Etxauri (66), Justa Telletxea (78), en el Centro de Personas Jubiladas de BerriozarIVÁN BENÍTEZ
Sin embargo, aquel protocolo se quedó en una mera ilusión tal y como se deduce al escuchar a estas personas. “No hemos notado mejora en los bancos desde que aquel hombre salió en las noticias exigiendo un trato más humano”, explican su desasosiego. “Las chicas son muy amables y no tienen culpa, pero cada vez hay menos sucursales y menos cajeros y las ventanillas solo están abiertas hasta las once. Lo que nos dificulta el acceso a nuestro dinero”. Poco a poco, se suman más voces en torno a la mesa de este centro de jubilados. La moneda sin valor pasa de mano en mano. Sabino Villanueva (69 años), Pilar Romero (68), Lina Etxauri (66), Justa Telletxea (78) se expresan con la mano en el corazón. “Solo queremos recuperar los sentimientos de siempre. Nunca nos habíamos sentido tan desplazados. Tan olvidados... No nos podemos hacer la idea de cómo se puede funcionar sin dinero en efectivo. Esto supondrá el final del trato con las personas. Un mundo triste. Y más para un colectivo como el nuestro que ya somos personas muy solas. Nos harían una putada muy grande. La digitalización nos está añadiendo abandono y soledad. La eliminación del efectivo solo beneficia a los bancos, que se ahorrarán puestos de trabajo además de ganar dinero con las comisiones ”.
Sirva como referente el libro del periodista, activista y antiguo bróker de Bolsa, Brett Scott, para conocer la otra cara de esta realidad, cada día más real, de la que poco se habla. Scott, que escribe para publicaciones como The Guardian, New Scientist, Wired Magazine y CNN, se ha convertido en el mayor defensor del dinero en metálico en el mundo. En su libro ‘Hackeando el futuro del dinero’ propone un marco de acción que permita comprender las “maquinaciones” del sector, aprender a interrumpir el sistema y, finalmente, obtener herramientas para crear “otro entorno financiero más justo y democrático”. Para ello, para construir este sistema financiero más diversificado y transparente, plantea promover el pago en efectivo como una forma de activismo contra el control del monopolio corporativo, a favor de la lucha contra la desigualdad y para proteger la privacidad. Una y otra vez, el periodista subraya que un mundo donde el dinero fuese totalmente digital presentaría “un problema de exclusión financiera” para parte de la población.
EN LA BARRA DE UN BAR
“Por favor, dos cafés con crema y un pincho de tortilla”. La sonrisa de Adriana Andrés, de 20 años, se apoya en la barra del bar Inicio, frente la UPNA, con una tarjeta en una mano y cuatro monedas en la otra. “Lo mío lo pago en efectivo y lo de mi amiga con tarjeta”, aclara esta estudiante especializada en Cultivos Celulares. “Desde hace años pago todo con tarjeta. Lo que pasa es que como he estado este fin de semana en el pueblo, en Burgos, y allí nadie tiene datáfono”, sonríe. “Ahora trato de gastar el efectivo que me ha sobrado”. Al otro lado de la barra, Alberto Ramos, propietario del local, reconoce que el 60% de los pagos se realizan con tarjeta. La pantalla de un terminal negro, que más bien parece una tablet, contrasta con el blanco del mostrador.
Alberto Ramos
Alberto Ramos, propietario del Bar Inicio, frente a la UPNAIVÁN BENÍTEZ
Unos metros más allá del bar, las ocho estudiantes de tercero de Psicología que describían cómo sería un mundo sin dinero líquido, acceden a la copistería y recogen una serie de encargos que han hecho online. Clarisa Giménez, Inés Fustero, Ane Aldabaldetrecu, Ángela Villagrasa, Salma Nadir, Eva Díaz de Cerio, Lucía Escanciano y Alba Sarasa reconocen que la sociedad se encuentra inmersa en la comodidad. “Algunos de nuestros profesores nos dirían que esto es consecuencia de tratar de evitar gestionar la frustración”. Hay ganas de profundizar. “Se puede vivir sin efectivo. Nosotras usamos el bizum a todas horas. Está claro que nos hemos rendido a la inmediatez... pero somos conscientes de que los bancos se benefician de esta situación”. Aunque compran por Internet, aseguran que les gusta ir de tiendas para poder “tocar” los artículos. Curiosamente, a la hora de leer se inclinan por el papel frente a la pantalla de un libro electrónico. “Nos gusta sentir las páginas, compartir los libros”. Igualmente, reconocen que el uso de las tarjetas entraña sus riesgos a la hora de pagar. “Especialmente cuando estás de fiesta”.
88 MILLONES DE TARJETAS
Las cifras del Banco de España relativas al primer trimestre confirman que las retiradas de efectivo en los cajeros han aumentado su ritmo con respecto a 2021. Actualmente hay 88 millones de tarjetas de crédito y débito circulando en el país. Es decir, más de dos por persona y casi el doble de las que había operativas a comienzos del siglo. En este contexto, las entidades están potenciando que los ciudadanos abonen sus adquisiciones con ‘visas’ con el fin de ahorrar costes. Un objetivo que ha llevado a que en solo dos años hayan cerrado más de 4.000 oficinas y hayan desaparecido más de 3.000 cajeros, lo que reduce las posibilidades de los ciudadanos a la hora de poder obtener dinero y hacer uso del mismo, incentivando una mayor utilización de los pagos con tarjeta. Según el Banco de España, hay un 58,4% menos de cajeros que en 2008.
Una ausencia que repercute principalmente en los mayores, tal y como reconocen Raquel Alemán, de 75 años, y Celia Marco, de 79. Las dos vecinas pasean junto a uno de estos cajeros localizados en la Avenida Bayona de Pamplona. “A las personas mayores no los ponen cada vez más difícil”, lamentan. “Ya ni sabemos dónde están las sucursales. Encima, si necesitas dinero o quieres comprar algo tienes que venir a la ventanilla antes de las once de la mañana. Y el cajero es muy complicado. Nosotros estamos volviendo a las cartillas de ahorro, a tener el dinero controlado en casa. Así sabemos lo que tenemos mensualmente. Al final, de todo esto solo se benefician los bancos, y nos fastidia”. En este momento, sale José Rubio del hall de la sucursal con la cartilla en la mano. “No tengo tarjeta y no sé utilizar Internet, ¿qué vamos a hacer los mayores si desaparece el dinero en efectivo?”.
En el estanco 53 de esta artería pamplonesa, Romina, de 46 años, cuenta que hasta le compran puritos que cuestan 40 céntimos con tarjeta. Y frente a uno de los cajeros de la plaza Irurita, bastones en mano, Mª Eugenia Ibero, de 65 años, dice que solo utiliza el efectivo en compras de menos de diez euros. Muy cerca, Andrés Echegaray y Marcos Laspeñas, de 53 y 59 años, ambos de Cerrajería Echegaray, almuerzan unos pinchos de tortilla con unos cafés, que pagan con un billete de 20 euros. “En la cerrajería y en la carpintería se están haciendo el 90% de los pagos con tarjeta y transferencias”, detalla Andrés. “Supongo que todo esto solo beneficia a Hacienda, porque a mí todos los días me quitan dinero”. Rápidamente hace el cálculo. “Unos 200 euros al año”.
Andrés Echegaray
Andrés Echegaray (53 años), de Cerrajería Echegaray, paga el almuerzoIVÁN BENÍTEZ
Bajo una marquesina de esta calle, Ainhoa Bandrés, profesora de violonchelo de 23 años, carga con el instrumento a la espalda. “Has ido a encontrar a alguien sin bizum, cuando todos mis amigos lo tienen”, sonríe. “Me gusta el pago en efectivo, así puedes invitar las rondas”. Y explica que ha estado viviendo en Alemania y que allí nadie lo utiliza. “Los jóvenes alemanes están como aquí nosotros hace seis años. Supongo que no quieren perder el efectivo porque piensan que tienen a la gente más controlada”.
Los operarios Jorge Lancharro, de 53 años, y Dani Fernández, de 37, repasan con pintura uno de los pasos de cebra del aparcamiento de la estación de tren. “Hace tiempo que el dinero ha desaparecido, porque yo estoy sin dinero siempre”, ríe. “Solo pago con tarjeta en las gasolineras y para enseñar la manguera al coche, porque para lo que dura la gasolina”. En el caso de Dani, procura afrontar los pagos en efectivo para gastar menos.
Renfe
Jorge Lancharro (53 años) y Dani Fernández (37), en el aparcamiento de RenfeIVÁN BENÍTEZ
Una hilera de taxis espera en la estación al próximo tren, que llegará en una hora. “Para que luego digan que no hay servicio de taxi”, se queja Javier Sanz, de 42 años. El taxista admite que la mayoría paga con tarjeta. “Hasta la gente mayor. Con la covid, ahí vino el cambio”. Aun y todo, no cree que desaparezca el efectivo. “El pago con tarjeta beneficia por su comodidad al usuario, pero es una trampa. No se deberían cobrar comisiones”. Respecto a las propinas, no se han perdido. “Al contrario, la gente te deja algo más”. Un par de coches por delante también espera el taxi de Patxi, de 49 años. En su opinión la mitad de los cobros se realizan con tarjeta. “Creo que el efectivo no debería desaparecer para que el dinero no dependa de los bancos. Además, cuando no funciona el sistema el marrón es para nosotros. La tarjeta es un engaño para el usuario de a pie que solo beneficia a los bancos y a los gobiernos”.
Javier Sanz
Javier Sanz, taxista de 42 años, explica que la mayoría de los servicios se pagan con tarjetaIVÁN BENÍTEZ
En la marquesina de la estación también espera al volante de una villavesa, Juan Manuel Romero, conductor de 40 años y cinco de experiencia. “Tras la pandemia se han recuperado las monedas.”, explica. “La verdad es que a nosotros nos harían un favor si nos las quitaran y activaran las tarjetas bancarias para cuando se quedan sin saldo”.
Juan Manuel Romero
Juan Manuel Romero, conductor de villavesa de 40 años, espera en la estación de trenIVÁN BENÍTEZ
Un operario de telecomunicaciones trabaja con fibra óptica en Berrioplano. “Yo pago hasta el alquiler por bizum”, ríe Adán Arnold, de 48 años. “Todo lo pago con tarjeta. De esta manera gano en comodidad, tengo una trazabilidad y me olvido de recibos”. Pero lamenta que aún haya sitios en los que solo permitan el pago en efectivo. “Así que lo primero que pregunto al sentarme a desayunar es si permiten bizum o tarjeta”.
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