Rusia invade Ucrania 

La guerra interior de la guerra

Olena estaba embarazada de cinco meses y a punto de terminar Enfermería en Pamplona cuando empezó la guerra en su país, en Ucrania, en marzo de 2014. Hace unas semanas, ella y Román, su marido, se desplazaron con una expedición hasta la frontera con dos ambulancias

31 de marzo, antes de partir hacia Ucrania en una de las dos ambulancias
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31 de marzo, antes de partir hacia Ucrania en una de las dos ambulancias
31 de marzo, antes de partir hacia Ucrania en una de las dos ambulancias

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Iván Benítez

Publicado el 08/05/2022 a las 06:00

35 horas después de salir de Pamplona, sin dormir, alcanzaron la frontera con Ucrania, su país. Fue un viaje en el que las cabezas no dieron tregua. ¿Qué se iban a encontrar?, se preguntaban con la mirada pendiente del asfalto. Los pensamientos iban y venían en un oleaje agitado que trataban de controlar con el cortafuegos de los recuerdos del último verano en su ciudad, Vinniytsa, con su gente, su familia, sus fiestas, sus canciones, sus vidas...

El silencio los acompañó hasta Polonia. Y al llegar, a pocos kilómetros de la orilla de la guerra, los pensamientos se transformaron en una fina lluvia de imágenes. Bajo un manto invernal, apareció frente a ellos un grupo de niños deambulando de la mano de sus padres y con los enseres envueltos en bolsas de plástico. Aquellos niños y niñas los devolvieron bruscamente a la realidad. Podrían ser sus hijos, pensaron sobrecogidos. Mejor dicho, los hijos de todos.

Olena y Román, matrimonio ucraniano que viajaba en una de las dos ambulancias donadas en Navarra para hospitales militares de su país, participaban en una nueva caravana humanitaria organizada por la plataforma clúster Sos Ucrania y el Colegio de Enfermería. Él, camionero de 49 años, no pudo dejar de llorar; ella, enfermera de 42, se aferró a la cruz de madera ortodoxa que colgaba de sus cuello. Aunque no se atrevieron a cruzar la frontera, el resto de la expedición, formada por policías municipales de Pamplona y enfermeras, sí que se aventuraron. Desde el inicio de la guerra, la ley marcial impone el estado militar en todo el territorio, por lo que las funciones civiles quedan en manos del ejército. Por eso, si Román hubiera pisado Ucrania seguramente se hubiera quedado dentro. Y dieron un paso atrás. Regresaron sobre sus pasos junto a una enfermera del equipo y buscaron el interior de una iglesia católica convertida en refugio. Una vez dentro, comprobaron que la metralla de la invasión había abierto en canal otras guerras, las interiores.

Una semana después de partir de Pamplona, la expedición regresó a casa y el matrimonio continuó hasta Cáseda, su lugar de residencia. Allí les esperaban sus tres hijos, 26, 7 y 3 años, quienes habían quedado bajo el cuidado de la madre de Olena, también enfermera. Volvían a enfrentarse a una nueva guerra, el conflicto interior de enfrentarse a la decisión un hijo.

Días más tarde, en pleno proceso de duelo por lo vivido en la frontera, Olena buscó la tienda de un amigo ucraniano en Barañáin, un cruce de vidas de ciudadanos del este. La enfermera, que trabaja en una residencia de Sangüesa, necesitaba soltar lastre y de paso adquirir un nuevo crucifijo ortodoxo, símbolo de cambio y esperanza.

¿Qué pasa con las otras consecuencias de la guerra? ¿Qué ocurre con esos efectos, muchas veces invisibles, que adquieren un peso enorme en la vida de las personas que huyen? “Los efectos internos de los conflictos, que en la mayoría de los casos suponen largos procesos de recuperación trascienden la reconstrucción física y mental”, informa la ONG Oxfam Intermon en su web.

Román y Olena, la semana pasada en Pamplona, semanas después de su viaje a la frontera
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Román y Olena, la semana pasada en Pamplona, semanas después de su viaje a la fronteraiVÁN bENÍTEZ
Román y Olena, la semana pasada en Pamplona, semanas después de su viaje a la frontera

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MARZO DE 2014

En marzo de 2014, Diario de Navarra visitó la tienda de Barañáin donde Olena compró el crucifijo, con el objetivo de analizar el estallido de la guerra en la cuenca del Donets (Dombás) y el estado de ánimo de sus compatriotas. Una guerra olvidada que en ocho años ha dejado 14.000 fallecidos y un reguero de planes de paz.

Los clientes, que esos días acodaban confesiones en este cruce de vidas, expresaban con impotencia su malestar ante el olvido al que la comunidad internacional les había sometido. Eran contados los periodistas -opinaban- que se desplazaban para informar hasta esta región fronteriza con Rusia. Entonces, Europa no imaginaba lo que se avecinaba.

La chispa prendió en noviembre de 2013, cuando el presidente Viktor Yanukovich anunció su decisión de posponer la firma del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Un mes después, Yanukóvich viajó a Moscú para aceptar la oferta de su homólogo ruso, Vladímir Putin, de exportar gas natural a Ucrania a precio reducido. Rusia también extendería una línea de crédito de millones de dólares para evitar la bancarrota del ejecutivo de Kiev. Con ese viaje, Yanukóvich puso fin a meses de acercamiento a la Unión Europea, con la que había estado negociando un acuerdo de libre comercio. Y este giro hacia Moscú terminó de encender los ánimos de parte de una población cansada por la corrupción y las condiciones míseras que solo les permitía sobrevivir. La población anhelaba un futuro, si no europeo, al menos independiente de Rusia. Las protestas proeuropeas contra Yanukóvich derribaron el Gobierno , dando lugar al conflicto en Dombás y Crimea. Desde 2014 a 2019, Petro Poroshenko, el nuevo presidente, se encargó de dirigir el enfrentamiento militar en el momento de la anexión rusa de parte del Dombás.

En abril de 2019, Volodímir Zelenski ganaba las elecciones en un país convulso, arruinado por la guerra y una corrupción en la que participaban las elites políticas de todo signo y los oligarcas enriquecidos tras los procesos de privatización que siguieron a la desaparición de la URSS. Zelenski triunfaba con el 73% de los escrutinios en una tierra fértil que lideraba, por detrás de Bangladesh, el porcentaje de superficie cultivable (56%). Ucrania, el “granero de Europa”, ha sido hasta antes de la invasión rusa uno de los principales países del mundo en exportaciones agroalimentarias. El primero de aceite de girasol y uno de los mayores productores de cebada, patatas, centeno, maíz, trigo... Además, en su territorio se concentran importantes reservas de minerales y de gas. Su proximidad con los países de la Unión Europea y el acceso a puertos de aguas profundas en el Mar Negro le otorgaban el acceso directo a los principales mercados mundiales.

UN PAÍS FÉRTIL, SIN FRUTA

En este contexto, aquella mañana del 6 de marzo de 2014, Olena acudió a la tienda de Barañáin de Andriy y Tetyana para encontrarse con sus compatriotas. La mayoría compartían opinión al referirse a la relación de hermandad entre Ucrania y Rusia. Muchas parejas se forjaron sin tener en cuenta su origen, decían, en una Ucrania en la que la mayoría habla el ruso como idioma materno heredado de la ex Unión Soviética. Por eso, los clientes mostraban su desconcierto. “Putin quiere recuperar los países de la antigua URSS a costa de lo que sea”, argumentaba Andriy, propietario de la tienda. “La gente está preparada y nadie va a ceder nada”, avisaba. Al otro lado del mostrador, Yuri, de 28 años, casado con una rusa (hoy separados), decía que su llegada a Pamplona se lo debían a su padrastro, antiguo militar de la URSS y del ejército ucraniano. Pero cobraba 70 euros al mes y decidió buscar un futuro fuera de sus fronteras. La primera imagen que recordaba Yuri al hablar de su primera vez en Navarra era la de un supermercado “con tanta fruta y verdura apilada...”. Aunque parezca mentira, la fruta en un país tan fértil se consideraba un artículo de lujo. “Todos queremos la paz, vivir en paz, vivir, no sobrevivir”, esgrimía, sin comprender los motivos que llevan a dos pueblos hermanos a enfrentarse entre ellos.

Otro cliente, Mykola, contaba que acababa de regresar de vacaciones de Ucrania. “Nos da miedo que prenda la mecha y estalle todo”. Tampoco ocultaba su preocupación Vytali, quien recordaba que su país es uno de los más fértiles del mundo “y sin embargo vivimos muy pobres”, recalcaba. “Con un buen presidente, seríamos como Suiza. Somos muy trabajadores”. Y concluía: “Hay mucha manipulación informativa en la gente. Ni Estados Unidos ni Rusia necesita un país como Ucrania. Lo que quieren calentar es Europa”. A lo que Lyudmila suplicaba que no se produjera derramamiento de sangre. “Soy hija de papá ucraniano y mamá rusa”.

Y apareció Olena, 35 años, embarazada de cinco meses. Ella relataba que salieron de Ucrania en 2001, de Vinitsa donde hacía las prácticas en un hospital de su ciudad y que también llevaba con su familia un negocio de alimentación para poder salir adelante. “Pero no era suficiente”. A su madre, después de 38 años trabajando como enfermera, le quedó una pensión de 80 euros. Así que se vieron obligados a marchar dejando atrás sueños y familia. Comenzando la guerra interior de una huida con un niño pequeño para poder sobrevivir. “No sé cómo va a terminar todo esto...”, confesaba en marzo de 2014. En realidad, sí que lo sabía, tal y como desvelaría hace unos días en la entrevista que se publica en la parte inferior.

Las dos ambulancias entran en Ucrania
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Las dos ambulancias entran en UcraniacEDIDA
Las dos ambulancias entran en Ucrania

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“Es muy duro, nuestro hijo quiere ir al frente”

Un miércoles de abril, Olena y Román hacen un alto a las cuatro de la tarde para comer un pincho. Ella solo quiere un café. “No me entra nada”, se disculpa. “Tengo un bolo en el estómago desde el viaje a la frontera que no me deja...”. A su lado, su marido cuenta que no pueden desconectar de Ucrania y que están tratando de levantar un muro de contención informativo para que la guerra no entre en casa, al menos en exceso, y afecte a sus dos hijos pequeños, de 7 y 3 años. Una situación inevitable en el caso del mayor, de 26. “De incertidumbre total”, describen. Temen que en cualquier momento prepare el petate y desaparezca de casa para alistarse al ejército ucraniano. “Os llamaré cuando esté allí”, soltó en una ocasión. Mientras tanto, Olena y Román sacan fuerzas de flaqueza y siguen colaborando en la gestión de ayudas desde Navarra a través del clúster Sos Ucrania y del Colegio de Enfermería. Olena trabaja como enfermera en una residencia de Sangüesa y Román es transportista.

¿Por qué abandonaron su país el año 2000 si no había guerra?

Román: Lo perdimos todo en el comercio de alimentación que teníamos y para ganar algo de dinero tenía que descargar camiones por muy poco dinero. Gracias a la hermana de un amigo me ofrecieron viajar a Portugal para trabajar de transportista. Al año siguiente, vinieron Olena y el hijo mayor.

Olena: Entonces, una nomina no alcanzaba ni para comer. Como enfermera ganaba 30 euros y con eso no vivíamos una familia de tres personas. No había futuro ni estabilidad. Decidimos marcharnos por nuestro hijo. Y así estamos...

Se hizo enfermera por su madre.

Sí, por ella, mis juguetes eran materiales sanitarios, jeringuillas. Una vez que llegué a Navarra tuve que estudiar la carrera de nuevo en la UPNA. En 2014 terminé, justo al inicio de la guerra de Dombás.

Y durante este tiempo de guerra mantiene el contacto con algunas enfermeras ucranianas.

Sí, en todo momento. El gerente del hospital militar de mi ciudad me mandó una lista de necesidades. Solicitaban ambulancias para transportar heridos y material médico para curar heridas de guerra. Así empezó todo desde Pamplona. El gerente vino personalmente a la frontera.

Tuvo que ser duro dar un paso atrás en la frontera cuando viajaron hace un mes.

Román no podía entrar porque los hombres de entre 18 y 60 años no pueden salir del país. Y yo me vi incapaz de cruzar. Me derrumbé. Fue muy doloroso, no podíamos dejar de llorar. En la frontera vivimos lo peor. No hay palabras.

¿Qué trabajo están realizando las ambulancias que se mandaron desde Navarra?

Todos los días recibo mensajes agradeciendo. Están trasladando muchos heridos. Pero se necesitan más ambulancias y materiales, principalmente para intervenciones en los ojos.

En un reportaje publicado en este periódico en marzo de 2014, hablaban de la “hermandad” entre ucranianos y rusos.

Efectivamente, creemos que esta hermandad viene de cuando pertenecíamos a la Unión Soviética. Somos culturalmente muy parecidos.

¿Se han deteriorado las relaciones en Navarra?

Creemos que sí. Y mucho. Tenemos una amiga rusa con la que sí hablamos y mantenemos la relación. Ella nos confiesa que siente mucha vergüenza por todo esto. Ha acudido a todas las manifestaciones que hemos organizado y ha pedido perdón llorando a todo el mundo. Se siente culpable.

¿Cómo están ustedes de ánimo?

Somos conscientes de que hay un antes y un después. Muchas cosas no son perdonables. No sabemos cómo reaccionaremos cuando todo esto termine. Hay mucho dolor acumulado. Necesitaremos años para ir calmándolo y cerrar las heridas que hay dentro de cada ucraniano.

Están trabajando en Navarra por la salud mental de las personas refugiadas ucranianas.

Sí, hoy hemos acudido a una reunión entre Gobierno de Navarra, Cruz Roja y diferentes asociaciones para dar este apoyo a las personas desplazadas. La gente necesita apoyo psicológico, ser escuchada.

La última vez que visitaron Ucrania fue de vacaciones, en verano.

Son buenos recuerdos de familia. Fueron días de mucha alegría, fiesta, canciones... Coincidió que era la fiesta nacional. Después del verano pensábamos viajar en Navidad, antes de la guerra, pero nos infectamos de covid.

¿Cuál es la situación actual en Vinnytsia, su ciudad?

Tenemos parte de la familia. Nos cuentan que la gente se está acostumbrando a las sirenas, que ya ni siquiera se esconde.

¿De qué se habla en su casa, en Cáseda, con un hijo de 26 años?

Con los pequeños preferimos no hablar, que no sepan mucho. Sin embargo, el mayor desde el primer día quiere viajar a Ucrania a combatir al frente.

¿Qué se le puede decir a un hijo en esta situación?

Respetamos su decisión. Le decimos que llevamos aquí 20 años y que este también es nuestro país y lo sentimos como nuestro. Es muy duro porque nos ha llegado a decir que igual mañana nos llama desde Ucrania...

¿Cómo ven el futuro?

Román: Yo creo que sabremos a finales de mes qué sucederá. Y supongo que terminará pronto.

Olena se encoge de hombros. No se siente tan optimista.

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