Pandemia
¿Nos ha cambiado la pandemia el sentido del humor?
¿Se ríe menos? En un recorrido por Navarra, hombres y mujeres de diferentes profesiones responden a estas preguntas, desvelando las historias que hay tras las once narices rojas que aparecen en este reportaje


Publicado el 24/04/2022 a las 06:00
Poco antes del inicio de la Semana Santa, Felisa soltó a su marido: “Somos médicos, necesitamos viajar, desconectar, reír, reír, reír...”. Días después, el matrimonio preparó una maleta, montó en el coche, salió de Cataluña, donde viven y trabajan, y se desplazaron a Navarra. Aquí, la semana pasada, Felisa Rubio, 54 años, médica en Atención Primaria, y Francesc Rodríguez, 55, médico en Mutuas, consiguieron rearmar el estado de ánimo gracias a pequeños sorbos de socialización. “Hemos visto una Navarra muy bien anímicamente, con gente que tiene ganas de vivir el momento ”, contaron el 13 de abril a los pies de Castildetierra, en las Bardenas Reales. Los dos admitían que la pandemia les había conseguido minar el carácter, principalmente a Felisa, quien había llegado a perder el sentido del humor. “Pero lo estoy recuperando durante este viaje”, aclaró sonriendo, sin imaginar lo que estaba por venir. “Necesitamos tanto viajar, reír y pasarlo bien. Esta es la mejor receta: socializar”.
Al terminar la conversación, el periodista extrajo del bolsillo dos narices rojas y se las entregó. Acariciaron la gomaespuma y se miraron perplejos. No sabían muy bien qué hacer. Fueron unos segundos. El tiempo suficiente para que el viento frío y seco de este paraje semidesértico barriera silencio. “¡Pero si esto es precisamente lo que queríamos!, ¿no?”, reaccionó ella, accionando el botón de la carcajada. ¡Click!, ¡click!, ¡click!, se escuchaba de fondo. “¡No me puedo creer que estemos haciendo esto!”. Así arrancaba esta crónica en busca del sentido del humor que partió de las Bardenas, atravesó los valles de Aezkoa y Ultzama y terminó en Pamplona, esparciendo por el camino una semilla en forma de pregunta: ¿reímos menos? Además de los médicos catalanes, responden dos seminaristas africanos, dos albañiles de Pamplona, un estudiante de Derecho canario, un jubilado de Garralda, una agricultora de Zazpe, un taxista, una conductora de villavesa y un ganadero de Orkin. “Sin humor vamos hacia el fracaso”, deja claro Jesús María. “Hay que recuperar la autogestión, la tierra, la vida en comunidad”, añade Garoa. “El sentido del humor da sentido a la vida”, comparten Byron y Francel. “En África el sentido del humor es innato, difícil de perder”, manifiestan Gyldas y Thanase.
Los psicólogos recuerdan que en un tiempo de desgracias cabe preguntarse por la risa como forma de tomar el pulso a la sociedad.
“El sentido de humor da sentido a la vida”


Estos días, Francel Cuenca y Byron Columba trabajan como albañiles en las obras de la rotonda de Nueva Artica. Mientras pican y trituran piedra en lo que será un futuro carril, coinciden al afirmar que a pie de calle se palpa perfectamente el estado de ánimo de conductores y viandantes. “Se ve a la gente más impacientes y reservada, quizá por el distanciamiento social”, señalan. En cualquier caso, aseguran, a ellos no les ha cambiado el carácter. Y así lo confirman poco después, porque al descubrir las dos narices rojas no dudan en ponérselas enhebrando una sonrisa cómplice. “Nos gustan mucho las bromas. El humor es la mejor medicina, lo que da sentido a la vida”.
“Veo más tensión en la gente, procuro mirar adelante”


Charo detiene el autobús en la parada de Renfe de Pamplona. “Tengo dos minutos”, se disculpa. El tiempo justo para hablar del sentido del humor. ¿Nos ha cambiado estos dos últimos años? Se le escapa una sonrisa. “Veo más tensión en la gente, así que procuro mirar adelante”, explica. “A mí, por el contrario, me ha mejorado el humor. Me lo tomo todo de otra manera. En cuanto puedo salgo de Pamplona y disfruto de la naturaleza”. Han finalizado los dos minutos y debe continuar. Al mostrarle la nariz roja, sonríe, se la pone sin dudarlo. Un gesto revolucionario.
“Hay que dar en las puertas para poder hablar con la gente”


Jesús Mari “da vuelta” a la tierra para sembrar. Sopla viento de bochorno en Garralda. “Ya no disfrutamos del humor de hace 50 años. No queda alegría en los pueblos ni siquiera los fines de semana. ¡Pero si hay que dar a las puertas para poder hablar! Esta zona está muy triste. Tan solitaria. Antes cantábamos, jugábamos al mus, contábamos chistes... Sin humor vamos al fracaso”, advierte este antiguo empleado en residencias que empleaba el sentido del humor como herramienta para dar de comer a los ancianos. “Les tarareaba canciones y así conseguía que abrieran la boca”, ríe al recordar
“Hay que recuperar la tierra, las autogestión, la comunidad”


Entre un grupo de niños jugando a fútbol se distingue a una mujer de 37 años. Todos se dejan la piel en la plaza de José Amichis de Aoiz, junto a la escultura de un hombre desnudo en escorzo del artista Carmelo Astrain. “Cuando miro al mundo me reafirmo en el camino de la autogestión que practicamos en Zazpe”, argumenta Garoa. “El sistema nos está dejando en la estacada. Y la ansiedad, depresión e incertidumbre viene de todo esto. Así que no queda otro camino. Hay que recuperar los pueblos, la tierra, la autogestión, tejer redes de apoyo. Hay que conseguir ser independientes del dinero”.
“Los políticos nos han destruido en dos días”


“En dos días los políticos nos han destruido. El litro de leche lo tengo 0,34 y nos han subido 100 euros la tonelada de cereal. Somos esclavos, trabajadores con obligaciones y sin un solo derecho”. José Ángel se ha despertado como todas las mañanas, antes del amanecer, y no sabe cuándo terminará ni cuando tomará días libres porque su socio está de baja. Una situación “apocalíptica”, describe, que no solo sucede a los ganaderos, “sino a los autónomos en general”. El valle de Ultzama respira primavera y silencio. “Hoy pocos ganaderos encontrarás, han subido a Pamplona a protestar”. De ahí el silencio que se respira en las explotaciones. “Llevamos muchos años quemados, esto no se puede aguantar más. Ni los hijos quieren seguir. Me entran ganas de llorar”. Un gesto serio que, sin embargo, salta por los aires al descubrir la nariz roja. No ríe, pero se la pone. “Si al menos sirve para algo...”. Sus comisuras sellan una sonrisa que trata de escapar.
“Se ve a la gente más triste y eso lo noto en el taxi”


11.30 horas, parada de taxis en la estación de Renfe de Pamplona. Jesús, al volante de su taxi, levanta la mirada acodado en la ventanilla. “¿Sentido del humor?”, ríe. “Yo estoy bien, lo he llevado bien este tiempo porque no me ha tocado estar encerrado en casa por trabajo, pero veo a la gente muy tocada, más triste. Lo noto aquí dentro. Todo esto sigue pasando factura. El otro día llevé a una mujer que me decía que sentía miedo dentro del taxi, que llevaba un año y medio encerrada en casa y que antes de la pandemia iba todas las semanas a jugar al bingo, a tomar café con las amigas...”. Jesús se ha levantado a las siete de la mañana y no sabe bien cuándo finalizará la jornada.
“En África el sentido del humor es innato, es difícil perderlo”


“¿No hay una nariz roja para mí?”, se queja Thanase, el mayor de los tres (21, 28 y 32 años), posando en la Plaza del Castillo de Pamplona. Los tres se encuentran de retiro espiritual. Manuel estudia Derecho y proviene de Canarias. En el caso de Gyldas y Thanase, son seminaristas africanos (Centroáfrica y Camerún) de la Misión y viven en Zaragoza. “¿Sabes lo que es el sentido del humor?”, pregunta Manuel a Gyldas, reaccionando con sorpresa. “Claro que lo sé, pero a los africanos nos cuesta entender la pregunta porque es algo natural en nosotros, muy difícil de perder”. A lo que añade Manuel: “Deberíamos adquirir el sentido de apertura del pueblo africano. Durante estos dos años creo que hay más apatía en ciertos ambientes. Notas la sequedad de la gente y la falta de disposición, quizá por el aislamiento, por haber estado tanto tiempo encerrados en uno mismo”. El estudiante canario recuerda que el Papa Francisco reza todas las mañanas para que la sociedad no pierda el sentido del humor.