Salud mental
Iñaki Arrizabalaga: “La enfermedad mental grave es difícil de entender y manejar por la familia”
Adolescentes con depresión, adultos con ansiedad y más ideas de suicidio. Primero la pandemia y ahora, la guerra en Ucrania. Situaciones que provocan incertidumbre, miedo y malestar emocional. Sobre estas realidades y cómo atender a una población que cada vez demanda más atención en salud mental habla el gerente de esa red del Gobierno foral


Publicado el 13/03/2022 a las 06:00
Adolescentes con depresión, ansiedad o adicción a las pantallas. Adultos desesperanzados y con ideas de suicidio. O ancianos con un gran sufrimiento por la soledad. La pandemia de la covid ha ocasionado en los dos últimos años que la salud mental, que ya era precaria, haya caído aún más en picado. Y la guerra de Ucrania que vemos desde hace dos semanas en directo, está ocasionando también un malestar emocional y sentimientos de miedo ante la crisis que se avecina. Por no hablar del grueso de refugiados ucranianos, algunos con estrés agudo, que se van a establecer entre nosotros.
De todas esta realidades y de cómo prestar la mejor atención posible a los ciudadanos, se refiere el gerente de la Red de Salud Mental de Navarra, el psicólogo clínico Iñaki Arrizabalaga Etxegoena (Pasajes, Guipúzcoa, 1962) que ocupa este cargo desde enero de 2021. Hasta entonces y desde finales de los ochenta, había sido psicólogo clínico en el centro de salud mental de Burlada.
Por si no tuviéramos poco con la pandemia, ahora también, la guerra. ¿Cómo nos está afectando verla casi en directo?
Como todas las situaciones adversas, cuanto más cercana, más nos afecta emocionalmente. Y también, depende de muchas variables (la propia vulnerabilidad, cómo se han afrontado otras situaciones complejas anteriores, los aspectos ideológicos...) A partir de ahí, hay personas en las que se despierta el deseo de ir a luchar; a otras, de ayudar; también hay gente asustada y anticipando situaciones problemáticas (tienen miedo a perder el empleo, a la crisis económica que se avecina...) Pero claro, lo que nosotros experimentamos no es nada en comparación con lo que está viviendo la población en Ucrania.
¿Y qué hacemos con los niños? ¿Les hablemos de la guerra? ¿Les implicamos en la recogida de ayuda humanitaria?
No les podemos ocultar una realidad a la que estamos expuestos continuamente. Además, no sería bueno. Eso sí, tenemos que actuar con sentido común y gestionar la información según la edad y la madurez del menor. Ni tenemos que contarles cuentos que no sean verdad ni relatarles dramas. Sobre todo, debemos responder a sus preguntas. Aunque sean comprometidas.
Hasta aquí, nuestra visión. Pero, ¿qué va a pasar con los refugiados ucranianos que lleguen? ¿Estamos preparados para ofrecerles atención psicológica, cuando ya venimos de una situación complicada de muchos pacientes por la pandemia?
La salud mental es algo complejo y depende de muchas variables. Con el tema de los refugiados, tendremos que dar una respuesta cuando vengan. Pero no vamos a empezar a pensar en la salud mental sino en el funcionamiento piramidal. En la base (el primer nivel), tendremos los recursos básicos (vivienda, alimentación, apoyo de la comunidad y voluntarios...). En el segundo, una intervención más específica (recursos del Gobierno, asociaciones...) En el tercero, habría que tratar el malestar emocional y cómo la salida de las mujeres y niños genera una desorganización familiar y de pérdida de vínculos. Aquí entraría la Atención Primaria y recursos de apoyo social. Y ya, en el cuarto nivel, entraríamos nosotros, la atención especializada. Actuaríamos en situaciones donde haya una afectación importante relacionada con experiencias traumáticas intensas. Algunos refugiados vendrán con estrés agudo. Y otros, pueden desarrollar estrés postraumático al cabo de un tiempo (dentro de un mes y medio). También vendrán personas con antecedentes mentales previos, al margen de la guerra. No podremos atender todas las necesidades al momento sino que habrá que hacer una segmentación. Vendrán muchas personas con malestar emocional pero pocas, con sintomatología psiquiátrica. El riesgo es que nos entre todo por arriba. Por eso, debemos comenzar por la base.
FALTA DE PROFESIONALES
¿La guerra está generando más suicidios? ¿Es factor de riesgo entre combatientes?
Como es una situación muy adversa y que genera tanto malestar, aparecen la desesperanza, la falta de futuro, el no ver salida... Además, hay un factor de riesgo y es que los militares tienen armas a su alcance.
La invasión de Rusia a Ucrania llueve sobre mojado en el terreno de la salud mental. Ya veníamos afectados por la pandemia y ahora que parecía que estábamos saliendo, la gente tiene mucho miedo.
Hemos visto cómo ha ido evolucionando la pandemia en olas y nosotros hemos ido subiendo y bajando con ellas. Había muchas expectativas cuando aparecieron las vacunas pero no acabaron de aportar la respuesta que esperábamos. La pandemia nunca termina de acabarse y nos genera una incertidumbre. No sabemos qué va a pasar. Caemos en la indefensión aprendida, lo que genera situaciones de apatía y de abandono o de cierta irritabilidad, que se ha manifestado más en los jóvenes. Esta situación afecta a la economía y a nuestra salud mental.
Al margen de la guerra, la salud mental ya había caído en picado desde el comienzo de la pandemia en 2020. ¿Cuál es ahora la situación en la red pública?
La demanda se ha ido incrementado y hay una falta de profesionales. Lo que genera que no podamos dar respuesta a las necesidades que nos vienen desde la sociedad. Vamos a ver cómo podemos gestionar las listas de esperar. Ahora estamos desarrollando algunas estrategias.
¿Cómo cuáles?
En la salud mental infanto juvenil, queremos fomentar la equidad, el dar más a quien más lo necesite. Por eso, los pediatras van a derivar antes a los menores que tengan más gravedad. Los demás tendrán que esperar más tiempo.
¿Y qué va a pasar con los adultos?
Queremos priorizar las intervenciones y que sean eficientes. Habrá que ver si hay consultas que ya no tienen valor y sacar a algunas personas del sistema. Desde 1987 (tras la reforma psiquiátrica), tenemos un modelo muy acogedor y retenedor, lo que ha podido generar dependencias y que la gente siga mucho tiempo. Ahora tenemos que ir a un modelo más resolutivo y fomentar la autonomía de los pacientes. De este modo, podremos seguir trabajando con las personas que tienen una patología más grave y son más vulnerables. El problema es que no hay suficientes profesionales ni en adultos ni en infantojuvenil.
¿Cómo llega una persona a salud mental?
La deriva el médico de familia u otro especialista (neurología, aparato digestivo...)
Pero no siempre se deriva y, a veces, los médicos de familia, como están saturados y no pueden ofrecer atención terapéutica, recetan psicofármacos (antidepresivos, somníferos...) ¿Hay sobremedicación?
En este país, el uso de psicofármacos es alto y debería haber intervenciones más escalonadas, por niveles. Porque el malestar emocional no es igual a una patología.
Una petición recurrente en Navarra y otras comunidades es la de que haya psicólogos en centros de salud. ¿Los va a haber?
Estamos trabajando en ello. Colaboramos con Salud Pública en programas de prevención, igual que los hay en la salud física (cáncer de mama, de colon...) La escuela y los servicios de base también tienen su labor preventiva. Cuando empecemos con los psicólogos en los centros de salud, habrá intervenciones grupales para adolescentes, adultos, asesoramiento familiar... Así, no se generarán listas de espera. Se aplicarán técnicas psicoterapéuticas con evidencias científicas. Los psicólogos trabajaremos en red con médicos de atención primaria, enfermería... De este modo, se resolverán antes los malestares emocionales y no se acabarán cronificando.
Aunque se ha avanzado mucho (sobre todo desde que se inició la pandemia), el estigma aún rodea a la enfermedad mental. Y mucha gente no se atreve a decir que va al psicólogo ni, muchos menos, al psiquiatra.
En los últimos años ha habido un cambio importante a este respecto y se esta visibilizando más. Hay personas que hablan de su malestar emocional. Como la gimnasta estadounidense Simone Biles (que abandonó los Juegos Olímpicos de Tokio el pasado verano alegando problemas de salud mental) o la cantante Amaia Romero, que ha contado su caso en televisión. Es una forma de generar conciencia. Pero si empezamos a visibilizar todo, se van a patologizar todos los malestares. Lo importante es expresar. Si expresas, ya estás ventilando la situación y facilitando que le hagas frente. Si te lo callas, el malestar aumenta.
A veces, son las propias personas con problemas de salud mental las que no aceptan su situación y se culpabilizan...
Es lo que se llama el ‘autoestigma’. ¿Cómo voy a decir que me siento mal? ¿Que tengo una presión en el pecho desde hace tiempo? ¿Que no duermo bien? Dentro de la estrategia del Plan de Salud Mental, abordamos también la erradicación del estigma y lo estamos trabajando con los pacientes. Para que no se sientan culpables y validen lo que están sintiendo. Los profesionales, a veces, también estigmatizamos a nuestros pacientes, y los etiquetamos. Deberíamos trabajar más para evitarlo.
¿Cuál es el estado de salud mental de los profesionales sanitarios? Muchos dicen que ya no pueden más porque llevan dos años en primera línea...
Están sobrecargados. Sobre todo, los de UCI, neumólogos, internistas y enfermería. Han vivido situaciones muy duras, de sobrecarga de pacientes, en las que muchos fallecían, aunque estuvieran trabajando duro. Lo que genera mucha impotencia, incertidumbre y desconcierto. Al principio, también tenían miedo de contagiarse y de llevar el virus a sus casas. Todo ese malestar está saliendo ahora. Como ocurre con todas las situaciones adversas. Al principio, sobrevives. Pero, cuando la realidad empieza a calmarse un poco, surgen todos los malestarles y la sobrecarga. No se puede mantener la situación de supervivencia durante mucho tiempo porque te agotas. Por eso, ahora seguimos en la fatiga pandémica.
Hemos hablado de pacientes y profesionales (psiquiatras, psicólogos clínicos...) Pero, ¿qué ocurre con las familias? Porque la enfermedad mental no afecta solo a quien la padece sino a los que le rodean...
Cuando hablamos de enfermedad mental grave se produce el impacto en todas las áreas vitales: laboral (no se puede trabajar), social (no nos relacionamos) pero, sobre todo, hay un impacto fortísimo en la familia. Para los familiares, que son quienes conviven con el paciente, es muy difícil entender y manejar la situación. ¿Qué haces? Se da una impotencia y una desesperanza importante. Porque estamos utilizando las claves normales para abordar situaciones extraordinarias. Les decimos: ‘¡Levántate!’ ‘¡No pienses así!’ No estamos validando su malestar y nos genera impotencia. A veces pensamos que nos están tomando el pelo o que no se esfuerzan. En la familia se da una ambivalencia. Por un lado, de acogida y amor; y por otro, de rechazo. Las familias necesitan mucho apoyo y es difícil.
El caso más grave de la enfermedad mental deriva en el suicidio. ¿Cuál es la situación desde que empezó la pandemia?
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y del Instituto Navarro de Medicina Legal, vemos que en 2020 hubo 43 casos y en 2021, 58. Por lo que el porcentaje subió un 31%. Pero no hay que hablar de números sino de personas. Porque detrás de estas cifras hay hombres y mujeres con un gran sufrimiento. Y después, queda la familia, con estigma y culpa, lo que les lleva a que el sufrimiento sea aún mayor. El suicidio hay que visibilizarlo pero también explicarlo y recordar que existen asociaciones (como Besarkada o el Teléfono de la Esperanza) y recursos. Se va activar pronto la aplicación ‘Código suicidio’ de trabajo en red. La gente debe ser más activa y no asustarse sino mostrar su apoyo a quienes les transmiten que tienen ideas de suicidio y preocuparse de que reciban atención profesional. Porque si ha habido una tentativa de suicidio, el riesgo de reincidencia es grande y es probable que se repita.
“He tenido vocación de trabajar con personas vulnerables”
Iñaki Arrizabalaga era un niño de Pasajes (Guipúzcoa) en la década de los setenta. En unos años duros de emigración, de hombres y mujeres que llegaban desde otras provincias para trabajar, de gente desarraigada y en situación vulnerable. Fue entonces cuando empezó a asistir a grupos de tiempo libre organizados por la parroquia, muy progresista, y de los que terminó siendo monitor ya de joven. “Y en aquel caldo de cultivo me orienté hacia la Psicología. Siempre he tenido vocación de trabajar en el ámbito comunitario y con personas vulnerables”. Así, en junio de 1983 se licenció en Filosofía y Ciencias de la Educación (sección de Psicología) en la Universidad del País Vasco (UPV). Desde 1987, trabaja en la red pública de salud mental de Navarra.
¿Cómo recuerda sus inicios como psicólogo?
Empecé en el centro de salud mental de Rentería, en unos años de mucha emigración y exclusión social. Trabajamos mucho el tema de las adicciones (años de la heroína) y de la desintoxicación con metadona. Hacíamos detección del Sida a todos los toxicómanos mediante análisis de sangre y en contacto con los internistas. Fueron años duros.
Le tocó vivir la reforma psiquiátrica en Navarra...
Fue apasionante. Al principio, cuando había crisis agudas, íbamos a los domicilios, hasta los caseríos. Trabajábamos de sol a sol con los médicos de atención primaria. La situación ha cambiado pero el porcentaje de las patologías graves (depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar...) sigue siendo el mismo.
¿Lo mejor y lo peor de su ejercicio profesional?
Lo bueno, que he trabajado con personas y les he dado apoyo. ¿Lo malo? Afrontar las consecuencias de la enfermedad mental grave y las experiencia relacionadas con el suicidio. Si la situación es complicada, toca perder sueño. Pero no es bueno crear vínculos.
DNI
Compromiso social. Iñaki Arrizabalaga Etxegoena (Pasajes, Guipúzcoa, 1962) es el primer psicólogo de su familia. De niño, participó en grupos organizados por la parroquia, de los que luego fue monitor de tiempo libre. “En aquel caldo de cultivo, de una población con nivel socioeconómico bajo, fui hacia la Psicología”. En la Red de Salud Mental de Navarra desde 1987, está casado y es padre de dos hijos (27 y 24 años, administrativo y químico).
Cómo funciona la Red de Salud Mental de Navarra
Engloba cuatro niveles. El primero es el de los centros de salud mental comunitarios, de los que hay diez generalistas en toda Navarra (San Juan, Burlada, Ermitagaña, Tafalla, Estella...). Ademá, hay un centro de salud mental infantojuvenil en Sarriguren, con sucursales en Estella y Tudela. Existe, también, un centro de Primeros Episodios Psicóticos (en el edificio del psicogeriátrico San Francisco Javier, en la Txantrea), centrado en la detección precoz de trastornos graves, donde se atiende a los pacientes de forma intensiva y multidisciplinar. Se hacen tratamientos grupales con paciente derivados desde los centros de salud mental y los centros de salud de Atención Primaria. En el segundo nivel figuran los recursos intermedios (hospitales de día, donde la intervención es más intensiva). A ellos acuden pacientes con síntomas más altos pero que no necesitan un ingreso. En Pamplona hay dos (Irubide, en la Txantrea; y en el Hospital Universitario de Navarra) y en Tudela, otro. También otros tres hospitales de días más específicos: para adicciones, psicogeriátitrico e infantojuvenil. En el tercer nivel figura la hospitalización. La unidad de agudos en el Hospital Universitario de Navarra y las unidades de media y larga estancia, en San Francisco Javier. En ese edificio, también funciona una unidad de rehabilitación y plazas ambulatorias para internamientos durante la semana (para personas que viven fuera de Pamplona y se desplazan a sus domicilios los fines de semana).