Conflicto internacional
Rusos y ucranianos, juntos en Ansoáin
El conflicto entre los dos países que sacude a sus habitantes y hace temblar a la comunidad internacional queda fuera de las reuniones de la comunidad de cristianos ortodoxos originarios de los países eslavos que se reúnen en la parroquia local


Publicado el 23/02/2022 a las 06:00
La política queda fuera de aquí. Para los políticos. La frase la repite Igor Tatarintsev, sacerdote ortodoxo, nacido en Ukrania hace 48 años, residente en Navarra desde 2000 y desde 2017 cabeza de esta confesión cristiana en la comunidad. La secundan varias de las feligresas, mujeres de origen ruso, ucraniano, georgiano o búlgaro que acudieron el sábado a la celebración religiosa en la capilla de la parroquia San Cosme y San Damián de Ansoáin. Ese es el punto de unión de residentes en Navarra de origen eslavo y que profesan esta religión. Pertenecen al vicariato de Biarritz, dependiente de París y que sigue las directrices del patriarcado de Constantinopla. El templo, cedido tras un acuerdo con el Arzobispado de Pamplona, se ha convertido en un lugar de encuentro espiritual y social que en plena crisis entre Rusia y Ucrania, dos de los países de origen de varios de los asistentes, se muestra como un “espacio de paz” y un “ejemplo de convivencia”.
Las velas, los iconos, el incienso y las oraciones y canciones en ruso, ucraniano o búlgaro sustituyen al castellano y a la liturgia católica por unas horas en la capilla de Ansoáin. Se reza de pie, con la cabeza cubierta las mujeres y con los niños y niñas intercalando juegos y oraciones y recibiendo los Santos Dones como las personas mayores. El ruso es el lenguaje vehicular en la celebración, pero en algunas fases se añaden los idiomas de procedencia de los asistentes.


Y como en las iglesias católicas en las últimas semanas, no falta un momento de oración por la paz. “Entre Rusia y Ucrania”, reclaman también. Y allí cobra más sentido, si cabe, porque los que la repiten son personas nacidas o que han vivido en los dos países fronterizos y en plena disputa territorial y económica. O que proceden de otros países eslavos que formaron el siglo pasado la antigua Unión Soviética.
PREOCUPACIÓN
El último encuentro tuvo lugar el pasado sábado por la mañana. Una liturgia de casi hora y media que antes requirió una preparación y que se abrió, para los que quisieron, con la confesión ante el sacerdote. Después hubo más oraciones y hasta una fotografía de grupo que da cuenta de esa unión que se siente cuando se está con ellos.
Un coro de voces femeninas, algunas con una trayectoria profesional ligada a la música y otras aficionadas pero con educación musical, pone el cierre antes de que el sacerdote, al que celebraban su cumpleaños, despida la liturgia. Todavía se unen en otra oración y ya después, mientras Igor Tatarintsev restituye las imágenes y deja el templo como lo encontró, aceptan hablar. La conversación gira al punto de encuentro en el que se ha convertido la parroquia de Ansoáin, que es la suya algunas horas de algunos sábados. Les cuesta más explicar la situación prebélica entre Rusia y Ukrania. “Yo estoy preocupada por tres países. Nací y viví en Rusia, me casé en Ukrania y de allí era mi marido, fallecido, y viví 30 años. Ahora estoy en España, desde hace 14 años, casada con un español. En Rusia viven mis hermanos y mi hermana, en Ukrania están mi casa y mis amistades y mi hijo y su familia están aquí. No hay futuro en Ukrania, todo es inestabilidad e incertidumbre sobre lo que va a pasar”, dice Nina, ya jubilada y que atiende a su marido con la enfermedad de alzhéimer y se aleja de él unas horas para orar.


Es parte del coro que dirige Valentina, rusa de nacimiento y que llegó a España en 2001. Aquí viven su hijo y sus nietos. A sus 74 años, ya jubilada, recuerda el instituto en Rusia en el que recibió la formación universitaria y en el que se especializó como programadora y gestora cultural y directora de teatro. “Allí había rusos, moldavos, uzbekos, de Georgia... No se preguntaba de dónde eran. Y estamos mezclados así que es una pena esta situación. Son los políticos los que nos llevan a estas guerras pero no las hacen nunca cerca de donde viven”, reflexiona. Y lamenta que, ante la crisis y tensión geopolítica, militares de otros países se dirijan a la zona. También los españoles. “¿Qué se les ha perdido allí?”, se pregunta.
Otra Nina se reencontró con ella en el coro y en la comunidad de Ansoáin. También jubilada, de origen ruso, pasó estas Navidades en San Petersburgo (Rusia), donde vive su hermana. “La iglesia nos ha vuelto a unir. Nos conocimos al llegar, pero al trabajar de internas perdimos el contacto. Da satisfacción y unidad espiritual y nos ayuda a recordar cosas del pasado. Vivimos en la URSS y sabemos caminar juntos. Entonces no entrábamos en qué nacionalidad tenía cada uno. Nos mezclamos. Así que ahora sólo queda rezar porque haya paz”, apunta.
“LA GUERRA ROMPE TODO”
Fatima Nino es la voz más joven del coro. A sus 53 años, madre de una niña de 10 y casada con un español, nació en Georgia y, tras la guerra a principios de siglo, fue a vivir a Moscú. Valora el lugar de encuentro que es la comunidad de ortodoxos en Ansoáin, “el encuentro espiritual” y el espacio para “convivir y ayudarse” en que se ha convertido. Ella ya vivió una guerra que truncó la carrera de Biología que había empezado a estudiar. “La guerra rompe todo, trae la crisis. Yo lo viví. No pude terminar mi carrera. Fui a Moscú y me tuve que buscar la vida, cambiar de trabajo conforme se iban cerrando las empresas en las que estaba. Es muy triste y por eso aquí dejamos la política fuera y rezamos por la paz”, apostilla. Su historia personal es distinta a la de sus compañeras. Dejó Rusia tras conocer al que es su marido, que viajaba a Moscú interesado por la cultura rusa. Una vez en España trabajó como voluntaria para Cruz Roja, ayudando como traductora y a los refugiados. Primero en Madrid y desde hace unos años en Pamplona. Después se convirtió en su modo de vida, como trabajadora social. Acude a rezar a la comunidad ortodoxa. A veces con su hija, cuando su agenda se lo permite. Pero también participa con su marido y su hija en las celebraciones católicas en la parroquia de San Pedro, en los Capuchinos de Extramuros. Y no olvida la guerra que vivió en su juventud ni a la familia que tiene en Rusia y en Georgia, en su día enfrentados.
El sacerdote, residente en Barañáin, trabajador en una fábrica y padre de cuatro hijas, inició su formación religiosa en 2016. Antes había sido ayudante y lector. Pero hasta los 22 años, en su Ucrania natal a la que apenas vuelve, no comenzó a practicar la religión ortodoxa y comulgó para poder apadrinar a la hija de unos amigos, recuerda que la guerra entre rusos y ucranianos se vive desde hace ocho años. No oculta la preocupación por la situación actual, consciente de que no llegan aquí todas las noticias y todo lo que pasa. Y se une a las oraciones por la paz.