Reportaje de domingo
El viaje a vida o muerte de 13 menores extranjeros no acompañados que ahora viven en Navarra
Ocultos en los bajos de camiones, colgados de los cabos de transbordadores, entre mercancías de fruta, en patera, a nado, en el maletero de un autobús… Así huyeron de sus países estos jóvenes. Cuando iniciaron su viaje eran menores, en la actualidad ya superan la mayoría de edad


Publicado el 20/02/2022 a las 06:00
Se marchó de Marruecos con 12 años después de escuchar discutir a sus padres por dinero. Lo hizo al día siguiente, al terminar las clases en el instituto. Entregó la mochila con los libros a un amigo y en lugar de volver a casa para comer, donde le esperaban sus hermanas, fue directamente al puerto. Lo tenía perfectamente calculado ya que con sus amigos habían hablado de la posibilidad de “subir” a España. Solo esperó el momento. Se coló en el maletero de un autobús que estaba a punto de subir a uno de los transbordadores que atraviesan el Estrecho y allí permaneció oculto entre el equipaje durante el viaje. El barco atracó en Tarifa y una vez que el autobús desembarcó y abrieron la compuerta, Mohamed (Moha) empezó a correr y no paró hasta llegar a una gasolinera. Le recogió un camionero que se dirigía a Francia y le dejó en Pamplona. Horas después de salir de Marruecos, sin despedirse y sin llevar ningún objeto personal, ni siquiera dinero, durmió a la intemperie.
Moha tiene hoy 14 años y vive bajo la tutela del Gobierno de Navarra, “perfectamente integrado”, indica su educadora. Estudia en un instituto de la comarca, practica deporte, kárate, y los fines de semana los disfruta con una familia “de respiro”. El menor marroquí relata su historia en una salita del Servicio Socioeducativo Intercultural (SEI), donde aprendió castellano.
Moha, ¿qué siente un niño de 12 años cuando se marcha de casa, solo, sin despedirse y sin una mochila con recuerdos?
Miedo y tristeza. Piensas que nunca más volverás a verles.
¿Y cuando llegaste a Pamplona?
No sabía dónde estaba, no sabía el idioma, solo daba vueltas. Dormí en la calle. Estaba muerto de frío. A la mañana me encontré a la policía. Intentaron hablar conmigo, me sacaron huellas y fotos y me llevaron a un centro. Allí había una educadora y una cocinera de mi país que me tranquilizó. Ella llamó a mi madre y le dije que estaba en España. Mi madre lloró. Se enfadó.
¿Qué le dijiste?
Que me marché porque no podíamos seguir así. Me di cuenta de que si me iba de casa les quedaría más dinero. Pero ella me explicaba que hacían lo que podían. Que no podía encontrar trabajo porque no estudió de niña.
¿Por qué tuviste que irte, si eres el mediano de cinco hermanos?
El colegio es mucho más caro que el instituto y me daba miedo que no pudiesen estudiar mis tres hermanas (9,7 y 6 años) mucho más pequeñas.
¿Cómo era tu vida?
Desde los nueve años estudiaba en el instituto y por las tardes me dedicaba a andar por la calle con los amigos, siempre pendientes de subir a España.
¿En qué momento tomaste la decisión de viajar?
Mi padre sufrió un accidente de moto con un camión y se dio un fuerte golpe en la cabeza que le impedía trabajar. Entonces mi hermano y yo salíamos a vender patatas. Una tarde, mis padres discutieron mucho por dinero. Fue cuando tomé la decisión.
¿Cómo van las cosas por Marruecos?
Hablamos todos los días. Ahora me cuentan que un tío les está ayudando para que ninguno de mis hermanos viaje igual.
¿Cuál es tu sueño?
Estudiar, trabajar de traductor para poder ayudar a otros chicos como yo y traer a mis padres y hermanas aquí.
"LOS NIÑOS SON SOLO NIÑOS"
Más de la mitad de las personas refugiadas en el mundo tienen menos de 18 años. Unos 33 millones de niños y niñas han cruzado las fronteras y muchos lo hacen solos.
La palabra “MENAS” (Menores Extranjeros No Acompañados) se ha impuesto para nombrar a estos niños y niñas que llegan solos, sin un adulto que les proteja. “Sin embargo, el uso de esta expresión los cosifica”, dejan claro desde organizaciones humanitarias como Unicef y Save the Children. “Y va en contra del espíritu de la Convención sobre sus Derechos”, subrayan. “Los niños son solo niños. Todos con los mismos derechos, sin discriminación. Y mientras les consideremos y nombremos como tal, les estamos poniendo un cinturón de seguridad: la protección que las normas nacionales e internacionales brindan a la infancia”.
Aunque esta realidad se asocia principalmente a Marruecos y Argelia, también hay otros muchos menores que preceden de África Subsahariana, Europa del Este y Oriente Medio. Niños y niñas migrantes que han salido de realidades extremadamente complejas: conflictos en sus países, violencia intrafamiliar, matrimonio forzado, de condiciones de exclusión, falta de acceso a servicios básicos. “Durante las rutas, a veces de semanas, meses o años, enfrentan múltiples riesgos, abusos o violencia.”, siguen explicando. “Y ya en España, afrontan múltiples dificultades relacionadas con las condiciones de recepción y acogimiento, determinación de la edad, obtención del permiso de residencia y trabajo, acceso a la educación, falta de medios de vida y oportunidades laborales para salir adelante una vez que cumplen 18 años, y el rechazo social o la discriminación”.
Esta otra cara de la moneda de la acogida también se vive diariamente en Navarra.
9.30 HORAS, APOYO MUTUO
Son las nueve y media de la mañana frente a una estufa de pelet en Apoyo Mutuo, en el barrio pamplonés de la Rochapea. “¿Que cómo fue nuestra infancia?”. Sorpendidos ante la pregunta, los protagonistas de este reportaje buscan la mirada de Tere González y Mikel Otazu, los dos coordinadores de la asociación. Hasta aquí acuden cada día desde que cumplieron 18 años para abastecerse de alimentos y de paso mitigar la soledad. Al igual que Moha, algunos de estos chicos eran apenas niños y adolescentes cuando emprendieron un viaje a vida o muerte. Lo intentaron durante meses, incluso años, de todas las maneras posibles: agarrados a los bajos de camiones, colgados de los cabos de los cascos de transbordadores que cruzaban el Estrecho y el Mediterráneo, escondidos entre cargas de fruta de camiones frigoríficos, en patera, nadando...
Gracias a la presencia de los voluntarios de Apoyo Mutuo, los jóvenes sueltan lastre: lo necesitan. Y se vacían. Vaya si lo hacen. Entonces, al escucharles expresarse, los ojos de Mikel Otazu se encharcan. Porque hablan de familias y despedidas que no existieron. De infancias quebradas y sueños. De futuro, esperanza... Y Mikel, al que llaman “padre”, los abraza con fuerza. Al preguntar si volverían a hacer algo parecido, gesticulan negativamente con la cabeza. “Aquí nos han ayudado mucho los educadores hasta cumplir los 18 años, pero luego nos hemos quedado solos...”, asienten. A pesar de su juventud, arrastran una mochila pesada, tal y como evidencian estos relatos de vida. Una cadena de testimonios que parten del dique seco de la infancia que tuvieron que abandonar bruscamente. “¿Qué haríamos nosotros en su lugar?”, reflexionan González y Otazu.
Abdellah: “No tenemos nada desde que naces”
“Conseguí salir de Marruecos porque fui listo”, suelta súbitamente Abdellah, de 20 años, dejando entrever una sonrisa traviesa tras la mascarilla. De melena lisa, gafas con montura azul y mochila al hombro, cuenta que abordó la costa de Cádiz con 15 años y que hoy trata de formarse en Pamplona, donde desarrolla una de sus pasiones, el teatro. De hecho, forma parte del elenco de actores de la obra ‘Mi vida y una mochila’, representada recientemente en el Teatro Gayarre. “Mi vida siempre ha sido un poco rara”, ríe de nuevo, al preguntarle por su infancia. “Cuando me marché de Marruecos solo pensaba en ayudar a mi familia”, sigue recordando Abdellah. “Ni siquiera me despedí de mis padres para no hacerles daño. Son muy mayores y no quería preocuparles, pero al llegar a España les llamé inmediatamente”. Sus palabras reflejan nostalgia. “El problema en nuestro país es que no tenemos nada desde que naces. Y para un niño es muy difícil, porque no recibe lo que necesita”. Abdellah ha cumplido algo más de cuatro años aquí y se nota en la forma de expresarse. Procede de Beni Mellal, una ciudad más grande que Pamplona, detalla. “Recuerdo que la madrugada que me conseguí colar en la patera no llevaba nada de dinero. Me avisaron de que esa noche saldría una hacia España y me dirigí hacia la playa. Allí permanecí escondido. De repente, un grupo salió corriendo de entre la oscuridad hacia el mar y aproveché la confusión para sumarme a ellos. Había vigilantes con machetes, si me hubiesen descubierto me habrían castigado duro”. En la embarcación iban 60 personas, algunos eran niños solos. “Nunca pensé que iba a morir. Solo miraba al horizonte... Ahora mi vida aquí es muy tranquila, centrada en los estudios y el teatro... Sueño con regresar y encontrarme con mis padres. Quizá este año para la fiesta del cordero”.
Tere González (Apoyo Mutuo): “Estos chicos están locos por estudiar y están muy solos”
“Están locos por estudiar”, describe la situación Tere González. “¿Cómo no nos damos cuenta de que son jóvenes y necesitan estudiar urgentemente? Están muy solos y todo el día en la calle... No saben qué hacer. Se encuentran en una situación de exclusión muy alta. ¿Qué les ofrecen las instituciones a estos chicos que acaban de dejar los centros de menores? ”, interpela González. “Al cumplir los 18 viven desamparados. Sin papeles, sin dinero, sin un lugar donde dormir... Las propias instituciones los empujan hacia la cuneta de la clandestinidad”. A esto se suman las “dificultades”, añade, para poder matricular a los chicos para aprender castellano en el centro José María Iribarren. “Les hemos intentado matricular en distintas fechas y no hemos podido. No existe impreso de solicitud. Y lo de la duración cuatrimestral no existe para alfabetización. Es para niveles de estudios de primaria. Si esto nos resulta difícil de comprender a nosotros, imaginad a unas personas que no conocen el castellano y los procesos originales”, indica. “En definitiva, faltan plazas en este centro”.
Bilal: “Mamá, he cruzado el mar, estoy bien”
La voz de Bilal se entrecortó al escuchar a su madre por teléfono. “Mamá, estoy bien, he cruzado el mar”, la tranquilizó, con la fuerza de un joven de 17 años que acababa de volver a la vida tras verse a salvo en el centro de menores de Palma de Mallorca, después cinco días a la deriva por el Mediterráneo. No hubo despedidas. Sencillamente, desapareció de casa. “No quería preocuparles”, expli ca dos años después con una sonrisa permanente. Bilal tiene suerte porque duerme en una habitación de un piso compartido, pero algunos de sus compatriotas deben buscar el calor de la noche entre cartones en la parte trasera de un supermercado. “Pensábamos que íbamos a morir”, prosigue Bilal. “Esa noche había mucho oleaje y el mar se lo tragaba todo: Nos quedamos sin comida, algunos perdieron hasta los móviles”. Él se aferró a su mochila para que el mar no se la llevara. Dentro guardaba el teléfono, una máquina de cortar el pelo y una muda de cambio.
Issmail: “A los bereberes nos discriminan desde niños”
Los relatos se encadenan. Issmail tenía 17 años cuando se embarcó junto a su hermano, cinco menor, en una patera. Nacieron en la ciudad histórica de Meknes, más o menos por el centro de Marruecos. Pagaron 1.500 euros por asegurarse dos plazas entre 60 personas y partieron de madrugada. “Los bereberes nos tenemos que marchar de nuestro país cuando somos muy jóvenes porque en nuestro país nos discriminan. Allí no tenemos nada que hacer. Desde muy niño trabajas en el campo por 7 euros al día. ¿Jugar?”, sonríe, con impotencia. Hoy, con 22 años, cuenta que le ha tocado dormir en la calle en Tudela al tener que dejar el centro de menores. Y cayó en un pozo. Sin embargo, ha empezado a respirar. Acaba de finalizar un curso de formación de tiempo libre y comparte piso. Sueña con trabajar y poder vivir bajo el mismo techo con su hermano.
Toufik: “Con 6 años trabajaba vendiendo incienso en la calle”
“Mi vida era la calle, en Casablanca, donde nací. Con seis años trabajaba para poder comprar material y así poder estudiar”, explica Toufik. “Vendía eso que quemas y huele… ¡Sí, incienso!”, ríe, tras una mascarilla de “Navarra de Colores” del Gobierno de Navarra que le entregaron al terminar un curso de monitor de tiempo libre. Toufik tampoco se despidió de su familia. “Tenía 14 años y lo intenté durante ocho meses todos los días”, cuenta. “Me colgaba de las cuerdas de los barcos e intentaba meterme dentro, me escondía en los bajos de los camiones… Pero siempre me descubrían”, sonríe. Al final, entró por Melilla. Llegó al puerto, se escondió bajo un camión que a su vez se metió en un ferri. En la actualidad, con 19 años, dice sentirse esperanzado. “La mayoría estamos haciéndolo bien, tratamos de prepararnos para aportar a la sociedad. Yo estoy terminado un curso de carretillero y sueño con poder trabajar y sacar a mis padres de la pobreza”. Cada mes les envía 150 euros de la ayuda que recibe.
Halil: “Teníamos muchos problemas en casa”
Un flequillo rizado a modo de tupé, teñido de rubio, sobresale bajo la capucha amarilla. Halil, 18 años, tira de un carrito de la compra y se sienta junto a la estufa. Se ha escapado una hora del instituto para poder recoger comida en este banco de alimentos. “Es la única manera de poder comer algo en condiciones”, asiente, lamentando tener que dejar el instituto. Al preguntarle por su niñez, se remonta a las discusiones de sus padres en Marruecos. “Teníamos muchos problemas en casa. Él pegaba a mi madre... No aguanté y me marché”. Decidió viajar por el interior de su país, “trabajando y pensando qué hacer”, dice. Tenía 14 años y en esta búsqueda de trabajo y de respuestas llegó al norte. Allí conoció a un grupo de menores que se disponían a cruzar hasta España debajo de un camión. Así que también lo intentó. Durante nueve meses y a diario. En una ocasión se colgó de la lona de un tráiler en Nador, pero en una rotonda cayó y despertó en el hospital. Halil enseña su cicatriz en la parte izquierda de la cabeza. Regresó a casa para descansar y semanas después volvió a las andadas.
Una noche, vigilando en el muelle del puerto de Tánger, se dio cuenta de que si se sumergía en el agua con un gancho, tipo garfio, y se agarraba a la escalera plegable de un ferri podría acceder por el portón trasero del transbordador. “Y así llegué”, ríe. Sin embargo, antes de atracar en el puerto de Motril, tuvo que lanzarse al mar para no ser descubierto. Nadó hasta una playa y se quedó dormido. “La Policía Nacional me encontró y me llevaron al centro de menores de Granada”. Un año después, en 2019, en Sanfermines, se vio en Pamplona. “He visto morir a un amigo al que le pasó un barco por encima”, concluye. “No volvería a viajar de esta manera”. Sus ojos brillan pero aguanta el tirón. Ha cumplido 18 años y siente el peso de la responsabilidad de mantener a su madre y tres hermanas. “Mi madre se ha separado”, aclara, aliviado. Halil le envía dinero cada vez que puede. En la última ocasión 50 euros. “Mi sueño es terminar la ESO”.
Salim: “No me gustaría que mis hermanos hiciesen lo mismo”
“Mis padres son muy pobres. Dormía en la calle, en Tánger, trabajaba de lo que podía, pintando, en una chapistería...”. Salim, 25 años, ha dormido entre cartones esta noche, en la parte trasera de un supermercado. En realidad lleva tiempo durmiendo a la intemperie. Sin papeles, sin una renta garantizada, sin habitación. “Aquí la vida también es muy dura. Sientes miedo y mucho frío”, describe. El mismo frío y miedo que vivió en Tánger, de donde salió dentro del remolque de un camión frigorífico cargado de sandías. Salim enseña el vídeo que el mismo grabó dentro del remolque y al que acompañaban otros jóvenes. “Tardamos tres días hasta España y mis amigos continuaron a Inglaterra”. Los radares no les localizaron y en el siguiente puerto Salim dice que abrió un agujero en el techo del camión para poder salir. Al preguntarle si tiene hermanos, asiente, mostrando su fotografía. “No me gustaría que hiciesen lo mismo. Ha sido muy peligroso. Solo he venido para estudiar, trabajar y poder cuidarles”.
Zakaria: “Mis padres me piden que haga las cosas bien”
El día que dejó su casa, en Argelia, no se despidió. “Porque era muy difícil...”. Zakaria, de 19 años, se embarcó en una patera y navegó dos días hasta que desembarcó en un lugar del que recuerda bien el nombre: San José, en Almería. Allí telefoneó a casa. “Veníamos 32 personas y pasé mucho miedo por el oleaje. La patera se movía mucho. Yo era el más joven. También iban tres hermanas. Mis padres solo me piden que haga bien las cosas”.
Sallah: “Los niños en mi país trabajan en barcos pesqueros”
El boca a boca sigue atrayendo a nuevos chicos hasta Apoyo Mutuo, donde se mezclan con familias que también hacen fila para abastecerse de alimentos. Un grupo se encarga de recoger cartones y llevarlos hasta los contenedores. “Es nuestra forma de agradecer su ayuda”, observa Aliberras, de 28 años, que llegó en patera hace tres meses. También descargan las furgonetas con alimentos y reponen las estanterías. Y los que mejor se desenvuelven con el castellano actúan de intermediarios con los nuevos. Entre los recién llegados está Sallah Eddine, de 21 años. Mientras bebe un café explica que en Argelia trabajó con 17 años en un pesquero. “En mi país es normal que puedas encontrarte con niños de 7 años trabajando”, denuncia esta realidad. “Y solo cobras si hay pescado... Por eso nos marchamos, porque no tenemos nada que hacer. El problema de nacer allí es que los niños están siempre en la calle porque los padres no los pueden cuidar”.
Youssef: “En la patera íbamos con muchos menores solos”
El mediano de cuatro hermanos, Youssef vivía en un pueblo del centro de Marruecos. Trabajaba desde muy joven en el campo y al cumplir los 17 tuvo claro que se marcharía. Ahorró los 1.500 euros que las mafias le pedían por la patera y, una noche, a las dos de la madrugada, atravesó el Estrecho en apenas seis horas. Permaneció cuatro meses en el centro de menores y con 18 tuvo que buscarse la vida. Un año después ha conseguido el permiso de residencia y una habitación de alquiler por 320 euros. “He venido para llegar a ser un buen mecánico”.
El siguiente protagonista procede de Ghana y almuerza en la cafetería de la UPNA. Trabaja de jardinero por las mañanas para la Fundación Ilundáin y por las tardes estudia electromecánica en Donapea.
Yossif: “Era huérfano, no tenía nada, no quiero recordar...”
“Sueño con poder trabajar en el campo de la electromecánica y ayudar como voluntario en la Asociación SEI a chicos como lo fui yo”, asiente, con restos de bocadillo en la mano, que mordisquea nervioso. Yossif se refiere a los jóvenes que llegaron solos a este país siendo menores, asustados, sin saber qué hacer. Su experiencia les podría animar, considera.
Yossif era huérfano, vivía en Akra, y su tutela quedó en manos de un amigo de su padre. No estudiaba y a veces se empleaba ayudando a su “padrastro” en la empresa que regenta. Sin mucho qué hacer, dice, se dedicaba a deambular por las calles, siempre solo. Comía con suerte dos veces al día. Por la mañana té y coco y por la tarde pasta banku (una bola de harina de maíz con agua). Un día, sin despedirse, se marchó hacia Marruecos. Mendigaba en los pueblos que atravesaba, y una vez en la costa trabajó gratis en el campo. De esta manera pudo embarcar sin pagar en la patera que le trajo a España. “Pero prefiero no recordar mucho”, se disculpa. “Fue muy duro, muy duro, y si hablo no voy a poder trabajar. Solo te puedo decir que si siguiera allí seguramente no estaría vivo”. Sus ojos lo dicen todo. El viaje en patera duró tres días. “Y murieron algunas personas dentro de la embarcación”. Se da un respiro. “Comíamos galletas y como no teníamos agua nos la administrábamos”. Llegó con 17 años, en 2019, y en 2021 pudo regresar a su país para conocer a su abuelo. Allí otros menores le confesaron que querían hacer el mismo viaje. Yossif les explicó que en España el Gobierno ayuda a los niños, pero que el viaje no es fácil y “se puede vivir o morir”.
Lahcen: “Solo queremos estudiar y trabajar”
Este viaje a la infancia de jóvenes que un día fueron ‘menores no acompañados’ regresa a la misma salita en la que Moha abrió camino. En dos sillas enfrentadas, dos amigos, Lahcen, de 22 años, y Hamsa, de 20.
Lahcen cuenta que tomó la decisión salir de Marruecos cuando se vio “muy solo” en el pueblo que le vio nacer. Sus amigos se fueron antes y comprendió que en su pueblo no tenía nada que hacer. Se marchó con 17 años y desde hace dos vive en Pamplona. En este tiempo ha obtenido el título de albañil en Ilundáin y de monitor de tiempo libre. “Tenía mucho miedo cuando llegué porque no sabía dónde dormir y qué hacer. Sientes que vuelves a nacer porque lo tienes que aprender todo de nuevo”. El pequeño de tres hermanos, quedó huérfano cuando era un niño de seis años. Su madre, Aicha, tiene 40.
Su niñez la evoca frente al mar, en Moulay Busslham, cerca de Rabat. “Me fui de Marruecos porque me sentía muy agobiado, no podía estudiar más sin dinero... Metí en la mochila algo de ropa, comida y los mil euros que costaba el viaje y que había conseguido de algunos ahorros y de lo que me habían prestado mis hermanos. Y salimos a las tres de la madrugada... Su madre no sabía nada”. Una semana antes reveló su intención a su hermano. “A mi madre no quise decirle nada para que no lo impidiera”. Y embarcó en la patera. “Éramos 42 y llovía mucho. Tardamos dos días, pensé que íbamos a volcar porque el mar estaba muy picado. Al llegar a la playa salimos corriendo porque creíamos que si nos detenían nos deportarían. Nos detuvieron en una carretera y nos llevaron a Jerez. Llamé a mi madre y le confesé que había cruzado el mar y me encontraba bien”. Pero ella se enfadó. “Me dijo que por qué lo había hecho”.
De Granada viajó a Barcelona en busca de sus amigos del pueblo y de allí a Pamplona, donde estuvo en el centro Ilundáin y en un piso tutelado.
-Y con 18 años se tuvo que marchar y tuvo que empezar de nuevo.-Lo peor es encontrar un lugar para dormir. Otra vez la soledad...
¿Cuál es su sueño?
Poder trabajar como albañil, enviar dinero a mi familia y reencontrarme con ellos.
¿Qué consejo daría a sus hermanos si le dijeran que quieren venir?
Que no lo hagan de la misma manera que lo hice yo porque pueden morir.
¿Quiere enviar un mensaje para concluir?
Por favor, que no nos traten de delincuentes porque unas pocas personas roben. Aquí la mayoría venimos a estudiar y trabajar. Somos personas y los discursos racistas nos duelen.
Hamsa: “Con 10 años trabajaba en el campo”
Desde que Hamsa era un niño tuvo claro que escaparía de Marruecos, ya que con 10 años trabajaba en el campo y vendiendo fruta. No podía estudiar y su hermano, que terminó de graduarse en 2018 no conseguía trabajo. “Por eso decidí marchame”, asiente. “Allí no vas a hacer nada aunque tengas diplomas. Sin embargo, te encuentras que funcionarios sin estudios trabajan en el gobierno”.
Natural de Kenetra, cerca de Rabat, cuenta que salió una madrugada de un punto estratégico por su proximidad al mar en Marja Zarkae, un lago donde dos noches durmieron al raso en pleno mes de febrero hasta conseguir arreglar la patera porque los carpinteros no llegaron para hacerlo. Una vez pintada la embarcación e instalada la cola, navegaron un río hasta el Atlántico y de allí durante 36 horas hasta Zahara de los Atunes. “Tenía 17 años, fue muy duro, el viaje duró 36 horas lloviendo y hacía mucho frío hasta Zahara de los Atunes. Fueron peores horas de mi vida”, asegura. “No sentí nada especial al pisar la playa. Llegué tan mareado… Era consciente de que solo era un primer paso. Salimos del mar cuatro chicos juntos, uno de 14 años y el resto mayores. En las calles de Zahara mendigamos. Hubo un hombre que nos subió a su coche y nos llevó a Almería. Allí buscamos trabajando, quería ahorrar para viajar donde mi primo en San Sebastián. Después de un mes en el centro de menores de esa ciudad, le llamé a Lahcen y vine a Pamplona. Aquí me encuentro muy bien. Estoy como voluntario en SEI”. Hamsa, el tercero de cuatro hermanos, llamó por primera vez a su casa nada más pisar Zahara. Y habló con su hermano. “No quería hacerlo con mi madre porque sabía que iba a ser muy duro para ella y que iba a llorar”. Y no fue hasta tres días cuando conversó con ella. “Le dije que estaba bien y que me encontraba en un centro para menores. Y ella me dijo “cuídate”. Ella sabe que no voy a volver, que no puedo volver...”.
Al reflexionar sobre sus sueños, se le escapa una sonrisa: “Ayudar a mi familia y ser peluquero”. Hamsa posee la tarjeta de residencia y estudia carpintería en Ilundáin. “Pero sin la tarjeta no puedes hacer nada, ni estudiar ni trabajar”, lamenta. Para concluir, quiere añadir algo más: “Somos personas normales que solo pretendemos mejorar nuestro futuro”.