Conflicto de Afganistán
Evitan desde Pamplona la deportación de una familia afgana
El intento de expulsión se llevó a cabo en un país del centro de Europa donde el proceso sigue abierto


Actualizado el 06/09/2021 a las 08:52
Atenas, 2017. Era la hora de cenar en una de las casas de acogida del Servicio Jesuita a Refugiados en Atenas. Maroof estaba solo, frente a una fotografía que colgaba de la pared. Le gustaba sentarse en esa mesa. Esa noche lucía una camiseta de Osasuna y saboreaba una pieza de sandía. En realidad, más que comer, pensaba. A su espalda, un matrimonio de enfermeros de Homs (Siria), con su hijo dormido en brazos, regresaba a su habitación en la segunda planta de un edificio en el que convivían 14 familias. Todas huían de la guerra.
La camiseta de Osasuna atrajo la atención del periodista de Diario de Navarra. Entonces, al sentir su proximidad, Maroof desvió la atención, sonrió agradecido y empezó a hablar. Y contó que se vieron obligados a marcharse de Afganistán en 2015 después de recibir por escrito de los talibanes una sentencia a muerte. Su mujer estaba embarazada y sus tres hijos no superaban los 15 años.
Prepararon un pequeño petate y dejaron atrás toda su vida. Atravesaron las montañas nevadas de Turquía en busca de la costa, se pusieron en manos de las mafias y cruzaron el Mediterráneo en una balsa neumática. Casi dos meses después de partir de Afganistán, desembarcaron en la que llaman cuna de la civilización occidental, en Grecia, y sus vidas quedaron varadas en el olvido
Pamplona, 31 de agosto 2021. “Nosotros podríamos ser Maroof y su familia. Nosotros podríamos haber nacido en Afganistán. Nacer aquí o allí lo marca todo. Nadie ha elegido dónde hacerlo”. La reflexión, hecha el martes pasado por Eduardo Guillén en una de las salitas del colegio Jesuitas de Pamplona, coincide con la salida de las tropas norteamericanas del país asiático y un mensaje de la Unión Europea.
Ese mismo 31 de agosto, tras una reunión de los ministros del Interior de la UE sobre la crisis de Afganistán, Europa lanzaba un aviso: “Los afganos no deben venir a Europa, deben quedarse en la región (...). Se impuso la tesis de los países de Europa Central y Este, en un contexto en el que Grecia también admite que ha completado una valla de 40 kilómetros en su frontera con Turquía y ha puesto en marcha un nuevo sistema de vigilancia para impedir que posibles solicitantes de asilo afganos traten de llegar. Pero ¿cuál es la situación actual de los refugiados afganos en suelo comunitario? Desde 2008, unas 600.000 personas de este país han solicitado asilo en algún país de la UE y el 48,3% han sido rechazadas. La realidad es que la mayoría no sale de la región. Solo en 2020, Pakistán acogió a más de 1.400.000. Según datos de la ONU, el 80% son mujeres y niños.
Este reportaje no pretende resumir la historia de una familia afgana atrapada entre centros de acogida y campos de refugiados, despojados de los derechos más básicos. Tampoco quiere ahondar en la espera de un país trampa como Grecia donde la vida sigue detenida para los refugiados que consiguen llegar y donde los afganos son tratados como el último escalafón de una realidad que se multiplica por días. Nunca antes en la historia de la humanidad habían huido tantas personas de sus países para poder vivir. Esta es la crónica de una lucha por obtener los derechos más básicos, pero también un relato de entrega y acompañamiento desde Pamplona de dos profesores, Eduardo Guillén y Miguel Iriberri, y una enfermera de Urgencias del Complejo Hospitalario de Navarra, Marina Azcona. Miguel y Marina son matrimonio y padres de tres hijos de las mismas edades de los de Maroof.
Si no fuera por los tres navarros y una larga cadena de ayuda formada por organizaciones locales e internacionales y personas anónimas, a cuyas puertas llamaron sin descanso, Maroof y su familia se encontrarían hoy en territorio talibán. “Pero el pleito sigue abierto porque no terminan de creerles”, lamentan Marina, Eduardo y Miguel, “y eso nos da miedo”, admiten, recordando unas palabras que Maroof repite como un mantra: “No podemos volver a Afganistán. No podemos...”. Una consigna que volvió a sonar a finales de 2019, días antes de Navidad, cuando el departamento de Migración del país en el que viven en Europa los trasladó a un campo de detención próximo al aeropuerto, billete de avión incluido.
Miguel Iriberri Villabona, Marina Azcona Biurrun y Eduardo Guillén Madoz: “Maroof y su familia estarían hoy entre talibanes”
La conversación transcurre en una de las salitas del colegio Jesuitas de Pamplona, a los pies de una frase: “No basta con formar a los mejores el mundo, sino también a los mejores para el mundo”.
¿Cómo se encuentran de ánimo al ver la situación en Afganistán?
Marina Azcona: Tengo mucho miedo porque el proceso de Maroof y su familia está sin cerrar. Me sorprende todo lo que estamos viendo y sigo en alerta porque siguen sin creerle… y esta gente lleva huyendo de Afganistán tanto tiempo. Siempre han sido los últimos. Para Maroof era muy duro ver cómo llegaban al centro de acogida y se iban a otros países y los afganos eran los que siempre se quedaban.
Miguel Iriberri: (Asiente) Sientes mucha incertidumbre cuando lees que la Unión Europea ha llegado a un acuerdo en aumentar el apoyo financiero a los países limítrofes de Afganistán con tal de facilitar la acogida y controlar los flujos migratorios.
¿Y Maroof y su familia cómo se encuentran?
Eduardo Guillén: Ahora, lógicamente no los pueden mandar de vuelta a su país, pero veremos a ver si pueden conseguir la regularización. Nosotros solo hemos intentado estar ahí y acompañarles. Y ha pasado mucho tiempo y seguimos ahí. Los afganos siempre han sido los últimos en la escala de los refugiados. Los parias de los parias. El foco en Afganistán tiene los días contados. El recorrido no va a ser muy largo.
¿Cómo fue aquella llamada de Maroof cuando estaba a pocos días de su deportación?
M.A: Antes de quitarles los móviles nos mandó todo el proceso judicial y lo enviamos a Madrid para traducirlo. Entonces, detectamos que el asunto que alegaban no era lo suficientemente claro para que los expulsaran. Un día recibimos una llamada desde un número diferente, porque le permitían hacer alguna llamada, y nos dijo: “Estoy en un aeropuerto, nos quieren deportar y nos han quitado los teléfonos”. Luego se cortó y nos llamó otra persona para explicarnos su situación. No había tiempo, tenían hasta los billetes de avión para volver a Afganistán. Y ya no hablamos hasta diez días después.
M.I: Tratamos de entender todo lo que pudimos del proceso judicial, traducir todos los documentos posibles, y permanecimos en comunicación todo lo que pudimos a horas intempestivas con Eduardo, que vivía en Estados Unidos.
M.A: Nos preguntábamos una y otra vez qué organización sería la tecla definitiva con los contactos en lo más alto. Nos ayudó mucho la abogada pamplonesa María Álvarez, de Cruz Roja Navarra. Y alguien desde Vizcaya nos aconsejó que contactásemos también con Amnistía Internacional. Así que me puse en contacto con esa organización en el país... y me contestaron diciendo que la detención y la orden se había paralizado. ¡Algo había funcionado!
¿Fue clave vuestra intervención para evitar la deportación?
E.G: Si no hubiésemos llamado a todas las puertas posibles, hoy Maroof y su familia estarían en Afganistán entre talibanes. A veces pienso que fue un milagro. El proceso fue muy laborioso, pero también se implicó mucha gente. Tocamos muchas puertas, pero veíamos que era muy complicado. Se hicieron cartas de recomendación, se contactó con un abogado, estuvimos muy pendientes un grupo de profesores también del colegio… Fue un milagro que no los deportaran. La situación era muy límite, parecía que no había salida. Nunca hubiera pensado que evitaríamos una deportación. Y es tan importante lo que ellos nos dan... Nos hacen ser mejores personas.
¿Por qué os fijasteis en Maroof en la casa de acogida en Atenas?
E.G: Me llamó la atención su fortaleza para seguir adelante y la ilusión de conseguir un futuro mejor para sus hijos. En una situación en la que había dejado todo atrás, no perdía las ganas de vivir. El otro día hable con él y me dijo que está muy orgulloso porque sus hijos están en el colegio, hablan el idioma y se han integrado muy bien. Y me contaba que en Europa sus hijos tendrán una oportunidad. Siempre habla de sus hijos, de que puedan tener la libertad de poder compartir sus vidas y estudiar, sin temer que te caiga una bomba encima.
La realidad de las personas refugiadas es más próxima a nosotros de lo que se quiere ver.
E.G: Somos muy afortunados por nacer en un entorno seguro y crecer en familias más o menos estructuradas con las necesidades básicas garantizadas. Dependiendo de donde se nazca la vida gira en torno a la violencia y a la huida. Y eso tiene que ser muy duro. Por eso hay que estar ahí, con ellos, acompañarles. Conocer a Maroof y la realidad de los refugiados es una experiencia personal única que hace valorar mucho todo. Maroof siempre dice que si hubieran vuelto a Afganistán no hubieran regresado 20 años atrás sino 100.
M.A: Es importante que les acojamos, pero el mes que viene será otro país, otra guerra, y luego otro... Tenemos que atrevernos a mirar a los ojos de esta realidad y actuar.
M.I: Todos vamos a tener una oportunidad a lo largo de nuestra vida para poder ayudar, pero hay que ser conscientes de que podemos actuar y cambiar las cosas.
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