Conflicto de Afganistán
“Estoy en el aeropuerto, nos deportan”
Maroof, su mujer y sus tres hijos huyeron de Afganistán en 2015 tras recibir una carta de los talibanes amenazándoles de muerte. Seis años después, desposeídos de los derechos más elementales, sobreviven en un campo de refugiados


Actualizado el 06/09/2021 a las 08:51
A Maroof le gustaba ser el primero en entrar en la cocina de la casa de acogida del Servicio Jesuita a Refugiado en Atenas y el último en sentarse. Organizaba cada detalle, conversaba con unos y otros. Se había convertido en un líder respetado. Sólo cuando todo el mundo se servía, se sentaba a comer. Y siempre lo hacía frente a una fotografía que presidía la salita, la de su bebé Miradjudin, fallecido con 11 meses el 20 de abril de 2017. Nació con una parálisis cerebral que derivó en otras complicaciones que no se pudieron tratar a tiempo. Su muerte dejó conmocionada a la comunidad de la casa de acogida y por su extensión también a Navarra. Maroof tenía 42 años en 2017 y había depositado toda la esperanza en poder viajar a la Comunidad foral para escapar de la trampa en la que se había convertido Europa y así salvar a su pequeño. Navarra era una grieta de luz para esta familia de refugiados afganos. Una ventana a la vida que abrió “por casualidad” Eduardo Guillén Madoz.
El pamplonés aterrizó el verano de 2016 en la casa de acogida con el objetivo de colaborar con el servicio jesuita. Guillén fue quien le regaló la camiseta de Osasuna antes de regresar a Pamplona. En realidad, se despojó de toda su maleta y se la entregó a todos los que allí trataban de rehacer sus vidas. Y también les hizo una promesa: “No os olvidaré”, les dijo.
Y vaya si regresó. Cuatro meses después, en diciembre, voló con otros seis compañeros del colegio Jesuitas, donde trabaja como profesor de inglés, y dos contenedores cargados con 52 toneladas de ropa, mantas y productos higiénicos fruto de una importante movilización de padres y exalumnos. Y al igual que le sucedió a Eduardo, la experiencia en Atenas revolvió a los componentes de esta caravana solidaria. Por eso, al volver a Pamplona comenzaron a planificar la manera de traer a Maroof y a su familia para salvar la vida del bebé. Movieron todos los hilos posibles. Incluso contactaron con el hospital y viajaron a Madrid para reunirse con la Secretaría del Estado. Sin embargo, las concertinas administrativas estaban demasiado altas. Y mientras esperaban contestación, el bebé falleció, nada menos que en la misma cuna de Europa.
Una de las primeras personas en recibir el aviso de su fallecimiento fue la administrativa del colegio, María Miramón Ullate, una de las voluntarias que viajó a Atenas con los dos contenedores. “Aquel viaje fue duro, intenso pero sobre todo gratificante. Conocí las historias más difíciles y a las mejores personas que sin tener nada te dan todo. Los abrazos y besos más sinceros que he recibido nunca. Daba igual su raza, su religión, sólo veías miradas sinceras que reflejaban sus corazones llenos de dolor, miedo, desesperación y a la vez gratitud de recibir ayuda”, describía sobre su experiencia ese año. “No hay día en que no me acuerde de ellos, pero si tengo que quedarme con un sentimiento es el de impotencia. Eso es lo que sentí, siento y sentiré al ver que hay personas destinadas a no salir de allí… cuando hay mucha gente que estamos dispuestos a luchar por ellos. ¿Quién es capaz de marcar y establecer los criterios para seleccionar a los refugiados dependiendo de donde vengan? ¿Cómo puede haber personas que por ser afganos no tengan posibilidades de salir de la situación en la que se encuentran? ¿Dónde está la empatía? ¿Dónde está la solidaridad?”.
En los mismos términos se manifestaba Eduardo Guillén tras el fallecimiento del bebé. “No hubo manera de hacer nada para salvarle. Siento vergüenza. Pena. Angustia. Impotencia. Porque tenemos la infraestructura, el colegio, incluso habíamos hablado con gente del hospital. ¿En qué mundo de locos vivimos? ¿Cómo podemos mirar a otro lado, cuando el problema lo tenemos aquí dentro, en Europa? Lo hemos intentado y seguiremos intentándolo”.
SENTENCIA A MUERTE
En aquel andén de 14 habitaciones y 14 familias del centro de acogida, se apearon en 2015 Maroof, su mujer y sus tres hijos: dos niñas y un niño. Los cinco se convirtieron en un referente desde el primer momento. En sus hombros, en los de Maroof principalmente, recaía el peso del duelo que provocaba la espera de los congregados, la mayoría eran mujeres solas con niños.
Maroof trabajaba para su gobierno y eso no gustó a los talibanes. “Me secuestraron y me soltaron dos días después... Me incorporé a mi trabajo y avisé al gobierno de la presencia de talibanes. Un par de policías debieron filtrar mi información, porque no tardé en recibir esa carta”. Reunió a su familia y huyeron. “Primero fuimos a Kabul y allí permanecimos dos meses. Cambiábamos de casa por miedo. Después de conseguir el visado a Irán, cruzamos la frontera y nos quedamos 23 días. Lo más peligroso del viaje fueron las montañas nevadas en el borde con Turquía. Íbamos cargados con nuestros tres hijos. Uno era muy pequeño y mi mujer estaba embarazada de Miradjudin”. Tardaron nueve horas en cruzar la frontera y llegar a Turquía. Durmieron una noche en Estambul y continuaron a la costa, a Esmirna. “Aquí esperamos 20 días hasta que pudimos embarcar en una balsa neumática y llegar a Grecia”.
EN MANOS DE LAS MAFIAS
Tras la muerte de su bebé, se rompieron. “Y mi mujer no aguantó más. Se marchó”. Se puso en manos de las mafias y continuó el viaje sola hacia un país del centro de Europa. Desde allí tratarían de forzar la reunificación familiar. Pero la detuvieron y la trasladaron a un centro de internamiento. Maroof, en Atenas, a cargo de sus tres hijos, no les podía contar que habían detenido a su madre. “Yo ya no tengo futuro. Mi futuro es el de mis hijos”, respondía al preguntarle por el futuro.
Un año, dos meses y veinte días después de verla desaparecer, se reencontraron fuera de Grecia. Lo habían conseguido gracias a la intervención de Eduardo, Marina y Miguel.
Aun y todo, hasta el reencuentro final, los mantuvieron diez días en un campo de refugiados y les despojaron de los móviles. Los dos chicos y la chica, adolescentes de 10, 13 y 15 años, no tardaron en escolarizarse. Poco a poco, con apoyo psicológico, fueron rehaciendo sus vidas, siempre en un campo de refugiados. En cierta manera, Maroof y su mujer se sentían tan esperanzados que decidieron abrir un local de reuniones, un punto de encuentro en el que unir a personas como ellas. Pero, sin papeles y sin posibilidad de formarse o trabajar, las jornadas resultan demasiado largas para los adultos. En cualquier caso, lo más importante en ese momento era que sus hijos habían comenzado el colegio, aprendían un nuevo idioma, practicaban deporte, se integraban y adquirían rutinas. Todo iba bien. O eso creían.
POBRES ENTRE LOS POBRES
Entretanto, en un proceso lento en el que las piezas del puzzle empezaban a encajar, recibieron un nuevo golpe. El más duro después de la carta de los talibanes. Era diciembre de 2019 y lo que parecía una citación con entrevistas personales para revisar su situación terminó resultando ser un comunicado de expulsión con fecha y hora. Debían abandonar el país en pocos días.
Los obligaron a sacar a los niños del colegio, les volvieron a arrebatar los móviles y los llevaron a un centro de detención próximo del aeropuerto. En el momento en el que permitieron la oportunidad a Maroof de comunicarse a través de otro teléfono, hizo tres llamadas: a Eduardo en Estados Unidos, a Marina y a Miguel en Pamplona, y a Maurice en Atenas.
Fueron días “angustiosos”. Los navarros contactaron con el Servicio Jesuita a Refugiados, con técnicos de Alboan y Cruz Roja y el abogado local que asistía a la familia. De esta manera consiguieron activar un proceso “imparable” que, “milagrosamente”, describen los navarros, frenó la expulsión. Finalmente fue a través de Amnistía Internacional como supieron que la deportación se había paralizado. La detención de Maroof y su familia fue ilegal, les confirmaron. Se habían cometido diferentes irregularidades. Por eso, un segundo juez del país denegó la deportación. Diez días después los liberaron del campo de detención y los trasladaron a otro de refugiados. Estaba a punto de celebrarse la entrada de un nuevo año, 2020.
EL PROCESO SIGUE ABIERTO
A partir de ese momento, Maroof y su familia trataron de rehacerse, pero era complicado porque habían vuelto a la casilla de salida después de años de espera. Se sentían tan vulnerables como cuando cruzaban las montañas nevadas de Turquía o atravesaban en neumática el Mediterráneo. Desde ese momento, los sometieron a un mayor control y mayores limitaciones. Los pequeños necesitaron de nuevo apoyo psicológico y volvieron a las aulas.
En marzo de 2020, días antes del inicio de la pandemia, Marina y Miguel se subieron a su coche y atravesaron Europa hasta dar con el campo de refugiados donde residen ahora. Además de conocer la situación, les propinaron un soplo de acompañamiento. Fue un encuentro emotivo en el que comprobaron que estaban “desechos” .
Un año después, sin embargo, la agonía continúa. Cuando Maroof y su familia han vuelto a rearmarse, reciben una respuesta desfavorable desde Migración. A pesar de que acumulan años en Europa y atesoran todo tipo de cartas de recomendación, incluidas de los profesores del colegio, el proceso no termina de cerrarse. Para Maroof y su familia cada amanecer es una vuelta a empezar. Un nuevo día de inestabilidad que va minando psicológicamente.
Hoy los centros de acogida en Atenas siguen siendo andenes de vidas hacia ninguna parte. Los refugiados suben y bajan, muchas veces sin despedirse, pero siempre hay un grupo que debe quedarse: la población afgana. “Nuestra mayor dificultad es lograr animarles, que no pierdan la esperanza”, admitía en 2017 Maurice Joyeux, coordinador del Servicio Jesuita a Refugiados en Grecia. “¿Cómo van a poder creer en un futuro? Al final, hemos aprendido que si estamos a su lado las palabras no importan tanto. Es difícil creer en el futuro cuando has sido herido en el pasado por la guerra. Y los afganos son los más pobres entre los pobres. Son los refugiados más rechazados. No son aceptados en Europa y ellos lo saben”.
