

¿Dónde estaba yo el último 6 de julio?
Fue un instante que permanecerá. Un sentimiento que, aunque no fuimos conscientes, lo hemos elevado a la categoría de irremplazable.
Publicado el 06/07/2021 a las 06:00
El tiempo está fuera de quicio, decía Hamlet en la más que conocida obra de Shakespeare. Horas que van y vienen, a velocidades tan dispares que nos cuesta entender. De pronto es viernes como que las manecillas del reloj dilatan al infinito cada golpe de segundero. Percepciones complicadas de entender y, quizá más, de desgranar. De ahí que nuestra mente sea esa punta de lanza en la que apoyarnos para salir adelante, para enfocar la mirada hacia un verano que necesitamos y sobre un paréntesis que, por fin, se cocinará en el punto exacto de sal.
Julio ya está aquí, con esa subida del mercurio y un ápice de nostalgia revoloteando por encima de los corazones de quienes se sienten pamplonicas. De nacimiento o adopción. San Fermín no podrá ser. Y es más que comprensible. En esa lucha infatigable contra algo tan minúsculo que ni siquiera vemos, es hora de cerrar los ojos y dejarse llevar.
¿A dónde? Hacia esa última vez que el blanco y rojo nos iluminó el rostro. A aquella ocasión en la que dar un abrazo a un amigo no era motivo de alarma. San Fermín fue en 2019. El año en el que, sin saberlo, nos despedimos de la gran fiesta por excelencia para intentar ser responsables hasta decir basta. Sacrificios, colectivos y personales, y millones de sensaciones que interiorizar. Pero antes de entonar una canción que nos empañe la mirada, casi mejor dejar fluir al destino.
Tres profesionales de diferentes sectores (docencia, agencia de comunicación y emprendimiento) rememoran en primera persona qué fue de ellas en aquellos últimos Sanfermines, qué sintieron y cuántas cosas han amontonado en el cajón de las quimeras por recuperar. Y de la misma manera que el grueso de la sociedad, dejarán la faja y el pañuelo en el trastero. Aunque no su latir hacia un instante especial de principio a fin. Desde la playa o de camping en mitad de una montaña aislada. Cualquier sitio será excelente para abstraerse y guiñar un ojo a San Fermín. A sabiendas de que, al igual que nosotros, nos esperará con los brazos abiertos. El 6 de julio nos vuelve a hacer vibrar. Aunque, esta vez, de manera comedida.
CHRISTINA LÓPEZ MOVELLÁN GARLIC & WATERS
“El día antes del chupinazo se vive algo especial, es como la Noche de Reyes”


Es de las tradicionales. De las que son incapaces de arrancar el día sin esa taza de café con leche humeando entre las manos. El 6 de julio de 2019, Christina López Movellán fue fiel a sus costumbres. “Me levanté temprano y, antes de reunirme con un grupo de amigos para el almuerzo, me hice mi propio previo sanferminero”, recuerda la socia y directora de Comunicación y Marketing de la agencia de comunicación Garlic & Waters.
Con la cafeína en el cuerpo y ese nerviosismo inherente, Christina, con doble nacionalidad (francesa y española) celebró el chupinazo en la Plaza del Castillo “esquivando manchas”. Y como el resto, sin presagiar que aquel sería su último 6 de julio en el modo en el que estábamos acostumbrados, esta periodista de profesión tiene claro que, pese a no ser de Pamplona (su familia reside en San Juan de Luz), el ‘gusanillo’ se contagia fácil. “Tengo que reconocer que el que más que gusta es el día 5. Es un ambiente especial, distinto... Te pones nerviosa”, admite. Y llega a compararlo con la emoción desmedida que nace la Noche de Reyes.
REFLEXIÓN
Tras dos años de paréntesis, su empresa sigue siendo noble a las vacaciones de San Fermín. “Cerrar una agencia de comunicación siempre es complicado, pero preferimos hacer un descanso en las mismas fechas, como siempre hemos hecho”, señala. De ahí que este año, por responsabilidad y por esas ganas irrefrenables de volver a casa (“he pasado de ir a Francia una vez al mes a no desplazarme en cuatro meses”), Christina pasará este 6 de julio en la playa de San Juan de Luz. “Estaré con mis padres, mi hermano, mi cuñada y mi sobrina”, dice quien tiene claro que, pese a la distancia, no se olvidará del calendario.
Y mientras sucede, esta responsable de Marketing aventura que la pandemia puede que nos ayude a alcanzar unos Sanfermines ‘más sanos’. “Creo que este año se dan más posibilidades, pero alguna cosa ha venido para quedarse, como los desinfectantes”, intuye. “Quizá sea un punto de inflexión para que esa ciudad sin ley acorte”, expone hacia a esa sensibilización ya conseguida tras las graves agresiones de La Manada. “La pandemia será algo a valorar”, confía. Y dentro de esa seña de agotamiento, San Fermín le encanta. “Es así”.
JOAQUÍN SOLANO HERMOSO DE MENDOZA DE NUESTRA TIERRA NAVARRA
“Solamente una vez en 44 años me he ausentado por San Fermín. Nunca más”


Cuando la casualidad llama a la puerta, dicen, tiende a hacerlo con insistencia. Él, tan apasionado a sus Sanfermines, a Pamplona y a Navarra. Él, quien llegó a montar en pleno confinamiento su propia iniciativa para promocionar el producto local. Él, que para nada lo imaginaba, se perdió su último 6 de julio. En 44 años, nunca se había ausentado. Sin embargo, 2019 hizo que Joaquín Solano Hermoso de Mendoza apostara por un paréntesis; donde la camarera de un bar le vio llorar mientras el chupinazo desataba la euforia. “Me faltaba algo, sentía que no estaba en el lugar correcto”, se sincera.
Corredor del encierro durante ocho años y también macero, Joaquín se mantiene firme. “Siempre he vivido San Fermín, lo he palpado desde niño, y quizá cuando se suspendieron las fiestas eché el resto”, reflexiona. De ahí que involucrarse en su proyecto ‘De la Tierra Navarra’ le ayudara a crear una burbuja relativamente paralela. “El sentimiento que podía haber echado de menos lo suplí tratando de promocionar nuestro producto”, asume quien está convencido de que existen miles de rincones autóctonos que “nunca vamos a llegar a conocer”.
DESDE DENTRO
Puede que por ese sentimiento de compromiso pamplonica que late en su interior, Joaquín sabe que es el momento de ‘exprimir’ la Comunidad foral. “Todo lo relacionado con Navarra me atrapa y creo que puede ser una oportunidad para apoyarnos y plantear las vacaciones de otra manera”, se sincera, no sin permitir escaparse a la playa de vez en cuando.
Y mientras la conversación fluye, Joaquín sonríe tras la mascarilla. Tiene una teoría: “Cumplo a rajatabla con las restricciones, pero hablar más o menos del tema no va a repercutir en cómo tengan que ir las cosas. No merece la pena machacarnos”. Y así, con su mantra en positivo, promete no volver a pederse unos Sanfermines. “Jamás”.
SHEILA MARTÍNEZ PEJENAUTE PROFESORA DE EDUCACIÓN INFANTIL
“Si hubiera sabido que los de 2019 eran los últimos, algo habría cambiado”


Es su sonrisa, ese gesto amable que te acoge desde el primer instante, es el que caracteriza a Sheila Martínez Pejenaute. Profesora de Educación Infantil en el colegio Luis Amigó de Mutilva, se confiesa ‘cautiva’ por la magia que emana de San Fermín. Quizá por eso, mientras su memoria regresa a aquel 6 de julio de 2019, sus rostro, oculto tras la mascarilla, denota penetrante alegría. Una mezcolanza de nostalgia y felicidad risueña. Son recuerdos que hoy suben en la escala. Valen más, se sienten más. La tradición es fija: almorzar en cuadrilla y ver el chupinazo desde la Plaza del Castillo. Y aunque Sheila se ha planteado intentar formar parte de la marabunta de la plaza Consistorial, el intento sigue etiquetado como ‘pendiente’. “Lo íbamos a hacer el año de la pandemia pero no pudo ser”, admite con ese guiño de quien sabe que lo conseguirá. Todo sigue, como la rutina tras el estallido: frito de huevo y, sin rumbo definido, exprimir todo lo que representa un 6 de julio convencional.
AÑORANZA
Y bajo ese géiser de emociones en ebullición, llega el coronavirus y, como al resto, pone la vida de Sheila patas arriba. El tiempo se detiene entre los adverbios de ‘no’ y ‘tampoco’. Se suspenden las grandes fiestas y la pena alcanza su cénit. “Era difícil, pero un mínimo de esperanza existía. Quizá nos permitieran algo controlado, pequeño...”, recuerda. Pero el miedo, el confinamiento, la fragilidad de la familia... y un importante sentido de la responsabilidad empujó a esta profesora a quedarse en casa el 6 de julio. “Estaba tan triste”. Y salvo un vermú con sus padres, la balanza se inclinó hacia la sensatez. “Fue muy raro”, expone. Por ello, entre los recuerdos de hace precisamente un año, la docente atesora una foto en la escultura ‘Los viviremos’ que el Ayuntamiento ubicó en el corazón de la plaza del Castillo. “Creo que si hubiera sabido que los de 2019 eran los últimos Sanfermines, algo hubiera cambiado. Ir más días a los toros, quedar con algunas personas...”.
Hoy, tras superar un curso escolar más que digno, el 6 de julio asoma de nuevo. “Estoy ya vacunada y es un aliciente, se va viendo la luz poco a poco...”, opina quien, con cautela, sonreirá al almorzar en el bar de siempre con los amigos. “No serán normales, pero ya no sentiremos esa pena y ese miedo”. Volverán.