Dejó Volkswagen para entrar al seminario: Un cura para 33 pueblos
Dejó su trabajo en Volkswagen para entrar al Seminario. Salió con 53 años. Es feliz en Igúzquiza, donde le acogieron “como uno más”


Actualizado el 08/11/2020 a las 06:00
Dicen que tuve vocación tardía, y yo matizo que fue no contestada. Vivía bien, trabajaba en Volskwagen, en fin, hasta que un cura me abrió los ojos: “El que tiene vocación y no le da salida está frustrado”. Con 46 años Germán Martínez Laparra se presentó en el despacho del jefe de personal. Dejaba la fábrica para entrar en el Seminario. Se ordenó con 53. “Desde que sales cada día es una fiesta en el ministerio de Dios. Si yo supiese que iba a ser tan feliz...”.
Ayegui, Ázqueta, Urbiola, Igúzquiza, Labeaga y Villamayor fueron su primer destino, a éste se sumaron más y más parroquias y así hasta las 33 que atiende ahora. “Pero son poco más de 6.000 habitantes, a veces digo que más que párroco soy gestor inmobiliario, todo el día arreglando tejados”, bromea en una mañana con el cielo enmarcado en azul intenso, en Igúzquiza, donde reside “porque era la casa más fácil de arreglar” y que ahora le parece “un lugar mágico”, con la carretera que es un paseo entre encinas, con la sierra de Lokiz desde la ventana de la cocina: “Es acogedor, las tertulias a la fresca con los vecinos, maravillosa, que cohesionan tanto el pueblo y donde siempre nos trataron como a uno más. Basta con sacar la silla”.
Cuenta Germán que su despacho parroquial está en el bar de Urbiola. Parece una broma. Pero no. “Porque hay luz y taquígrafos, la primera entrevista en el bar, luego ya Igúzquiza”, avanza. Y su teléfono móvil, en la puerta de las iglesias. “Te gastarán bromas, me decían. Ni una”, valora. “En todas las parroquias hay personas que se dedican de manera especial”, como en Igúzquiza Luisa Acedo, aliada que hace las veces de sacristana. “Sin la colaboración de los laicos tampoco sería posible llevar esto”, sostiene.
Mantienen el culto, subraya Germán, por el esfuerzo de la Diócesis que cada fin de semana envía a la zona sacerdotes “volantes” que predican aquí y allá. El cuentakilómetros de su coche marca unos 35.000 al año. Pero el viaje más largo es a Pamplona. A Falces, a su pueblo, no va tanto. Cosas de la pandemia, tiene a su madre mayor, y a hay que protegerla. Con Germán vive un sobrino de 18 años. “Vino para un fin de semana y lleva seis años. Le enamoró esto”, incide el tío.
Las iglesias se vacían, pero asegura el sacerdote que con la pandemia han ganado en recogimiento. “La gente viene más centrada, se nota, el que llega lo hace más libre, ha desaparecido el costumbrismo”, reflexiona y apunta el caso de Igúzquiza: “Celebro misa diaria, a las 9 de la mañana. Venían dos personas. Ahora 16, también de otros pueblos”.
A pesar del azote del coronavirus, subraya que no tienen muchos funerales: unos 50 al año; bautizos, bastante menos, entre diez y doce y bodas, unas quince. “Pero muchas parejas no son de aquí, eligen el entorno”, desvela y enumera de memoria sus 33 pueblos: Larraona, Aranarache, Eulate, Ecala, San Martín, Galdeano, Echávarri, Amillano, Muneta, Aramendia, Larrión, Eulz, Zubielqui, Arbeiza, Zufía, Arteaga, Metauten, Ollogoyen, Ollobarren, Ganuza, Villamayor, Labeaga, Igúzquiza, Urbiola, Ázqueta, Ayegui, Luquin, Barbarin, Arróniz, Muniáin, Aberin, Morentin, además del Monasterio de Irache y la virgen de Mendía.
Tras su momento de oración y la misa de 9, Germán emplea la mañana en las gestiones para conservar las iglesias. La tarde transcurre tranquila, atiende citas, reuniones... hasta la misa de 7 que rota en distintas parroquias. Y el fin de semana, dos misas el sábado, y tres el domingo.