Me quedo en el Pueblo
La villa de las 21 letras
Eugenio Barbarin junto a un busto del rey Sancho Garcés. Está enterrado en Villamayor.


Actualizado el 25/10/2020 a las 06:00
En el anecdotario queda anotado que Villamayor de Monjardín es el pueblo más largo de Navarra, si se atiende a su nombre: 21 letras. Y que es Monjardín desde 1905, para diferenciarlo de los otros 21 municipios homónimos de España. Tomó el apellido del monte que arrulla el entorno, coronado por el castillo. Y ahí comienza el trazo grueso, la historia con mayúsculas de esta enclave entre viñas de 120 habitantes, que Eugenio Barbarin Luquin “y Etayo de tercero”, 21 años alcalde, describe como un escolar su asignatura preferida.
“Bueno, este domingo habría que escribir me quedo en la villa”, aclara la categoría histórica del municipio en el que nació hace 56 años. Prejubilado de banca, se define como “comercial de su pueblo”, porque considera que tiene lo mejor a lo que se puede aspirar: tiempo. Nació en una familia de cinco hermanos, todos varones. Entró y salió en el seminario, estudio Empresariales y comenzó a trabajar en una sucursal bancaria. Ha pasado por muchas oficinas, pero todas situadas a una distancia que le permitía regresar a dormir a casa. “Por eso he podido quedarme en el pueblo. La gente solo se mueve de su tierra por trabajo, por guerras o por amor”, valora. “Mi pareja, Gotzone Jauregi, es de Tolosa, de Guipúzcoa, sus padres compraron una casa en Guesálaz y venían mucho, de ahí nos conocimos”. Tienen dos hijos, Mikel y Zuriñe y de 14 y 12 años. Estudian en la ikastola de Estella. Y aquí llega una de las “desventajas” de vivir en el pueblo. “Es algo con lo que contamos y lo asumimos. Pero les tienes que llevar y traer y lo mismo a las extraescolares, el balonmano y la música, en su caso”, subraya por otro lado que están muy bien comunicados, “Estella a ocho kilómetros” y dos capitales, Logroño y Pamplona a poco más de media hora en coche. La silueta apaisada de Villamayor se ve reconoce bien desde la autovía, con su bodega y con su arquitectura cuidada. “Tenemos una normativa severa para preservarla, es importante rehabilitar viviendas y que la nueva mantenga la idiosincrasia de la zona. Aquí no pegarían unos adosados, de repente una urbanización”, sostiene mientras muestra en el despacho de alcaldía dos cuadros con imágenes de Villamayor, una tomada hace 50 años, otra más reciente. La diferencia, “hay 21 casas nuevas o rehabilitadas”.
Villamayor discurre más triste en la primera semana con las nuevas restricciones. Como volver de un golpe seco a la primavera más amarga. El bar municipal, al abrigo del frontón, está cerrado, como la tienda. Hay dos albergues de peregrinos y una casa rural. “Pero esto no tiene ya color, antes pasaban 400 ó 500 peregrinos al día, ahora ni 20”, descubre otro de los zarpazos de la pandemia.
Las vistas desde Villamayor son como terapéuticas, y aunque el cielo esté plomizo, el sol intenta casi siempre atravesar las nubes. “Estamos a 700 metros, en el castillo 200 más, desde allí tienes el Moncayo y el Aizkorri”, apunta que el lugar es panteón real de Sancho Garcés. Lo explica en la plaza, donde se levantó un busto del monarca navarro. Al fondo unos albañiles trabajan en la reforma de una vivienda municipal como centro cultural. Al lado está la iglesia, románica, aunque destaca en envergadura la torre que se levantó más tarde. Tres jóvenes peregrinos cruzan la calle y el autobús de la Estellesa se detiene. Llega martes y jueves, con servicio ida y vuelta. Al tiempo suena robusto un claxon, como para que le oigan bien. Es el panadero, que lleva, además, la prensa del día: “Nunca fallan, esto es básico”. Y lo que Eugenio considera “imprescindible” para quedarse en el pueblo en el siglo XXI es la fibra óptica. “Hay tres o cuatro agricultores, varios jubilados y el resto, sector servicios”, anota, sin olvidarse de los diez niños. “Y todos ellos necesitan buena conexión”.