Me quedo en el pueblo
Aritz Larequi, un pastor veinteañero en Aranguren
Aritz Larequi estudió electricidad, trabajó en una fábrica hasta que le tocó apostar. La salud apartó a su padre del rebaño en 2013 y el hijo decidió que seguiría el oficio que venía del abuelo. Es uno de los pocos pastores en la comarca de Pamplona


Actualizado el 19/07/2020 a las 06:00
"En quince años van a quedar cuatro ovejas en Navarra”, sostiene Aritz, apoyado en su vara, junto al rebaño. Le mira atento su perro ‘Lagun’, detrás queda el paisaje horizontal de Aranguren; al fondo la ciudad, Pamplona, arrebujada en su anillo comarcal, ese perímetro que se acercó durante años como si se tratara de una conquista. Pero el valle aún es una atalaya donde hay quien conserva modos de vida añejos y quien anidó allí para dormir lejos del bullicio.
Aritz Larequi Apesteguía tiene 28 años y el suyo es uno de los escasos rebaños de ovejas en el valle de Aranguren. “Hay dos en Labiano de unas 300 y no más. El pastor más cercano estará en Torres de Elorz y por el otro lado, en Ilurdotz, Esteribar”, evidencia que contar ovejas no daría hoy ni para una noche de insomnio.
Su abuelo Romualdo fue pastor en Aranguren, el concejo que da nombre al valle. Siguió el oficio su padre, Fernando. Aritz dormía en Villava, donde se asentó la familia y vivía en la granja. Siempre le gustó aquello. “Mi padre se pasaba el día aquí, y yo le ayudaba”, explica que estudió en Atargi y en Askatasuna para completar luego un Grado de Electricidad. Con 17 años empezó a trabajar en una fábrica. “Pero me llamaron para ir de electricista y salí”, hilvana la historia, que tiene un punto de inflexión cuando a su padre le conceden una incapacidad laboral después de distintas lesiones en las rodillas. “No podía seguir, así que era o dejar el rebaño o cogerlo yo”, sus ojos traducen que no le costó mucho elegir el camino. Su padre nunca le presionó, más bien al contrario. “No me decía que no, pero no me lo recomendó. Sabe lo que es y las cosas están cada vez más difíciles, pero a mí me gusta esto”, no oculta que, a veces, cuando se reúne “con los colegas” y escucha lo que ganan en la fábrica, “lo de las ocho horas y olvidarte”. Él ya contaba con que en la granja no hay reloj, marca las horas el ganado, los partos, los corderos, la luz, el sol, el frío...
El pico de trabajo llega en primavera, con los primeros partos. Aritz tiene cerca de mil ovejas, un rebaño de tamaño medio, dice. No quiere más, porque eso supondría escorarse hacia la ganadería intensiva y él prefiere la extensiva, la de siempre, con el ganado en los prados, en el pasto. Es como vivir más despacio, aunque los beneficios también son más exiguos. Un sueldo pequeño. “Ahora estamos dos pastores en la granja, necesitas al menos 600 ovejas para obtener un sueldo, tenemos 900”, no hace falta sacar la calculadora. Eso, contando con que el año vaya bien. Su ganado es para carne, vende Cordero de Navarra, aunque “todo va fuera”. “Aquí se consume poco, a mí me los compra uno de Vitoria y luego creo que llevan mucho a Castilla”, explica que los corderos se retiran con 30 días o 35, si han nacido dos en un parto.
Las ovejas, de raza Rasa Navarra, están aún con los corderos y hay mucha tarea. Ahora empiezan a recoger las pacas con el tractor, alimento para el invierno. Desde agosto estarán más tranquilos y en invierno es cuando menos tiempo demanda el rebaño, pero el ganadero siempre encuentra qué hacer. “Que si arreglar una alambrada, que si reparar otras cosas...”.
Aritz recuerda cuando había dos rebaños en cada pueblo. Las trabas ahogan a los ganaderos, que acaban por no tener relevo. “Tanto que hablan los políticos, pero ahora todo tira a lo grande y los pequeños nos quedamos arrinconados”, sugiere. Él seguirá “mientras pueda”, avanza que su órdago va en serio. “Lo que tampoco puedo hacer es perder dinero”, subraya.
Como los horarios, las vacaciones tampoco entran en el vocabulario de un pastor. “Pero al estar dos, cuatro o cinco días con la cuadrilla en agosto me suelo ir. Eso y ya, no se puede mucho más”, describe un viernes a mediodía. Acaba de salir de la nave en Aranguren y ha ido a Laquidáin, donde el valle gana altura, a unos 660 metros. Descansará hasta las cuatro y vuelta. Le visita y le echa una mano ese día un amigo de Villava.
Aritz Larequi es presidente del concejo de Aranguren. Son 68 habitantes censados, divididos en dos núcleos de población separados por la carretera que une Tajonar con el valle de Egüés. “El año pasado nos metimos, somos cinco y bueno, hacemos lo que podemos”, entiende que alguien tiene que trabajar por el pueblo.
Él ya no duerme en Villava, prefiere las noches sigilosas del valle, amanecer en la naturaleza, acunado por el canto de los pájaros. Ha recorrido el camino a la inversa de sus padres. De la ciudad, al pueblo.