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Me quedo en el pueblo

Larragueta envuelve sus fiestas

Con algo más de cien vecinos, en la Cendea de Berrioplano se encuentra uno de los concejos más animados. La pandemia ha arrancado varias hojas a su abigarrado calendario festivo, pero no pierden la sonrisa y diseñan entretanto otras citas

Ampliar Desde la izquierda, Iñigo Landibar Goñi, María Pilar y María Jesús Beraza Huarte, Ainhoa Azkue Mínguez, Cruz Oteiza Bustingorri, Maritxu Irure Recalde, y María Manso Montes, frente a Casa Fructoso, ejemplo de la arquitectura de la zona.
Desde la izquierda, Iñigo Landibar Goñi, María Pilar y María Jesús Beraza Huarte, Ainhoa Azkue Mínguez, Cruz Oteiza Bustingorri, Maritxu Irure Recalde, y María Manso Montes, frente a Casa Fructoso, ejemplo de la arquitectura de la zona.
Actualizado el 12/07/2020 a las 06:00
"Aquí se vive dos veces”. sentencia a bote pronto Cruz Oteiza Bustingorri, 78 años, chándal de Osasuna y 40 vueltas al frontón después, acomodado en una silla al sol de una tarde que amenaza tormenta. Entonces, unos y otros bromean con “el microclima” de Larragueta. El clima es micro, el ambiente entre los vecinos, macro. Son algo más de cien, casi un 25% menores de 18 años. La natalidad ha coloreado las calles de este concejo de la Cendea de Berrioplano, a escasos diez kilómetros de Pamplona, pero lo mejor es que ha aligerado la curva demográfica. Las cifras son gruesas y hablan rápido: en 2000 había 35 personas empadronadas; una década después eran 80. “Estoy encantada de haber venido”, confiesa María Manso Montes, presidenta concejo. Criada en el centro de Pamplona tenía claro que quería vivir en un pueblo sin alejarse mucho de la capital, donde trabajan. Buscó con su pareja, Iñigo Landibar Goñi, y les indicaron un terreno en Larragueta. Nunca habían oído hablar de aquel lugar. Se instalaron hace ocho años y medio, llegaron con el pequeño de sus tres hijos en el capazo, hoy tienen 15, 13 y 8 años y exprimen las horas sin fin de los veranos en el pueblo.
“Larragueta engancha, a mí me enganchó”, desenvuelve Ainhoa Azkue Mínguez su historia “mixta”. Ella es de Hernani y su marido, Javier Aldaz, el único agricultor de Larragueta. Se conocieron en un máster en San Sebastián. Él estudió Sociología, pero tenía claro que labraría las tierras de la familia. Ainhoa, profesora, encontró trabajo en un colegio en Pamplona y cruzó la muga. Al año se casaron. “La familia de mi marido está aquí, mis tres hijos, ahora de 15, 14 y 12 años, han nacido aquí y ahora mi hermana también vive en Larragueta”, destaca Ainhoa la implicación del pueblo en tantas actividades y sostiene que dinamizar no es necesariamente sinónimo de grandes núcleos. Su suegro, Demetrio Aldaz, es ahora el decano en el concejo. Desde allí la vista alcanza holgada la silueta de las torres de la catedral de Pamplona, y con ella los edificios altos de la ciudad. “Se escucha la campaña María, somos Cuenca”, ríen.
“¿Cuándo son las fiestas?, Uf, todo el año”, sorprende María Manso. Todavía guardan el regusto del carnaval. A final de febrero, fue el último día en rojo en su abigarrado calendario festivo. Este año la pandemia le ha arrancado muchas hojas, pero ellos no pierden la sonrisa ni las ganas de planear futuros encuentros, siempre cobijados en las medidas de seguridad e higiene y en el sentido común. “Somos pocos y nos podemos permitir algunas cosas”, razona Iñigo Landibar. Disponen de escaso presupuesto y entienden que esto dispara la imaginación y subraya el trabajo en auzolan. “Tenemos que hacer que la gente salga y no darles respiro para que no vuelvan a casa”, sonríen a las fiestas de verano, el primer fin de semana de agosto. Este año será distinto, pero rememoran la intensa ronda copera que pasó a ser tripera. “Lo otro con niños no nos parecía adecuado”, apuntan algunos cambios, sin acabar con las tradiciones del pueblo, como el día de San Isidro y otras citas que perduran, las romerías con los pueblos vecinos, Oteiza o Añézcar. Innovar no es destruir.
Larragueta es rico en juegos de palabras: Larrafest, el día de la música; Larracleta, el día de la bicicleta, y así unos cuantos. “No nos falta de nada, los niños preparan ahora una súper producción de video con un vecino, una familia que vino para una temporada, como un tiempo puente, y han decidido quedarse”, descubren otra historia local.
En marzo, el sábado del cambio de hora, iban a celebrar el día de la sidrería, el txotx. No pudo ser, pero se encontraron virtualmente, cada uno con su chuletón y su botella de sidra. Destacan el empuje de los vecinos en las actividades. “Yo estoy muy orgullosa de mantener el espíritu de auzolan y de que haya niños en el pueblo, cuando teníamos 14 o 16 años éramos las únicas. Y toda la gente que ha venido se ha integrado muy bien”, sostiene Mª Pilar Beraza Huarte, 57 años, junto a su hermana Mª Jesús, cuatro años más joven. Nacieron en el concejo y en él se quedaron.
EN AUZOLAN
Anexa al frontón, construido en auzolan y cubierto en 2008, se encuentra la sociedad. El panadero pasa a diario, también les visitan el frutero, el afilador o el tapicero. Pero el más esperado por los niños y no tan niños es el heladero. Llega a la una de la mañana y hasta le incluyen en el programa de fiestas. “Buen apuro tenemos...”, acaba el reportaje como empezó, con otra sentencia de Cruz Oteiza. Vuelve de casa feliz, nada más posar para la foto el jueves 2 de julio: “¡Gol de Osasuna!".
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