Una enfermera, confinada en su bajera para no poner en riesgo a su familia


Publicado el 20/04/2020 a las 11:27
Isabel Garde Etxeberria es enfermera en un centro de atención a personas con discapacidad en la Txantrea, que en el momento en el que se desataron en Pamplona los primeros casos de coronavirus y se confirmó el primer positivo en su centro de trabajo decidió confinarse en su bajera, en el barrio de Mendillorri.
“Lo vi venir”, admite, cuando recibía noticias desde China o Corea del Sur. Por ello esta enfermera nacida en Mélida empezó a movilizar su lugar de trabajo y también su vida personal.
Volviendo del trabajo en el coche tuvo que tomar una decisión rápida: volver a su casa, con sus dos hijas, o recluirse en una bajera. Optó por lo segundo, ya que no quería poner en riesgo a su familia. “Lo tuve claro”, afirma, al tiempo que recuerda que lleva ya un mes allí.
“La decisión me costó, estaba en el límite porque quería estar con mis hijas en momentos difíciles, pero todo me rulaba por la cabeza, por si me contagiaba, mis hijas se quedaban solas…”, aporta.
“Lo más importante en este caso fue la prevención”, señala en una entrevista concedida a EFE, acompañada de su perro Kai. Isabel tenía en mente la prevención de “este virus, que ha llegado así, como una bomba, y que se expande muy fácilmente”.
Además llegó sin equipos de protección suficientes, por lo que hubo que idear formas de trabajo muy distintas. “Había que tener la mente abierta, despierta, y tomar decisiones muy rápidas”, señala.
Tan rápidas como cuando decidió romper las escrituras de su casa para fabricarles unas pantallas de protección a dos usuarios de su centro. Tenían que acudir al centro médico a una visita ordinaria, cuando aún estas no habían sido canceladas. “No podía exponerlos, así que con los plásticos de la documentación de mi casa y dos cordones de zapatos se las fabriqué”.
“Estaba en casa viendo noticias sobre cómo avanzaba el virus en otros países y pensé que al llegar al trabajo tenía que pedir a la dirección más equipos de protección”, recuerda, “y no lo dije”.
“Esa milésima de segundo pudo cambiar bastante la situación”, lamenta la enfermera, aunque cada día llevaba una cosa nueva al centro. “Siempre pensaré que pude hacer más”.
Los primeros días fueron difíciles, con material de protección “tan solo para los trabajadores que estábamos en contacto con los positivos o con personas con síntomas”.
Sin embargo, los hilos de solidaridad desatada en este confinamiento llegaron también a su centro. Isabel pidió ayuda y desde Mélida, su pueblo, respondieron con el envío de una caja con 120 mascarillas.
“Una maravilla, ahora trabajamos con mascarillas fabricadas por las mujeres de mi pueblo”, agradece, y reconoce que sintió “mucha emoción porque ese material estaba hecho también por familiares”. “Quiero mandar un aplauso para ellas”, comenta.
Apunta que trabajar en un centro para personas con discapacidad tiene un componente de dificultad añadida porque “no entienden qué es el confinamiento, tampoco expresan si tienen dolor y algunos no pueden ni toser”, por lo que el riesgo es elevado y las medidas “son muy drásticas para nosotros y también para ellos”.
Aunque la situación “es difícil”, dice, intenta estar “siempre arriba, siempre animada y tiro del carro”, pero al llegar a la bajera cada día y pensar en todo se derrumba. “Es una situación súperdura”, dice, mientras aflora alguna lágrima por encima de su mascarilla. “Pero al día siguiente vuelvo a estar animada, como si fuera Sanfermines”.
Son sus hijas quienes le acercan la comida cada día, en una bandeja y después se retiran para tener unos minutos de conversación “a distancia para saber qué tal estamos”.
Señala que, de no haber tenido bajera, se hubiera quedado confinada en el cetro. “Lo tenía muy claro, es muy importante no contagiarse para no contagiar”. De hecho propuso como medida voluntaria que los trabajadores pudieran quedarse en el centro confinados durante este periodo.
Los hospitales medicalizados con habitaciones para personal médico están disponibles solo para aquellas personas que han dado positivo, por lo que califica de “suerte” tener esta bajera para poder estar, aunque confinada, cerca de su casa.
Cree que sería necesario habilitar espacios para personal médico no contagiado, porque “tan importante es cuidarse cuando has sido contagiado como mantenerte sin contagiar”, alerta. “Yendo a un supermercado, o tocando el botón del ascensor al salir de casa uno se puede contagiar, es muy fácil”.
Ella trabaja “sin descanso”. Es la única enfermera de todo el centro y señala que tanto el personal médico como de enfermería “es esencial en este caso”, y aunque su horario de trabajo es de lunes a viernes, ahora trabaja también fines de semana para cubrir las demandas de su centro.
Considera que ante el coronavirus “toda prevención es poca, así como la gripe común la conocemos, ésta es desconocida y no hay vacuna”. También cree que no hay pautas de educación sanitaria, como toser al codo o no estornudar sobre las manos. “Ahora todo ha llegado y las medidas han sido impuestas a machete”.
“Nos ha costado darnos cuenta de lo que se nos venía encima”, afirma, y cree que el confinamiento estricto es “necesario”. Ahora llama a que cuando esto acabe “nos reunamos, pensemos qué hacer y así, cuando venga otra, no nos pille como esta”.