LA DIÁSPORA
La navarra María Salsamendi, con los refugiados en Chad
Esta ingeniera industrial pamplonesa de 29 años es coordinadora de Educación Secundaria del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en plena frontera con Sudán


Actualizado el 18/12/2017 a las 06:00
El día que la pamplonesa María Salsamendi Urra aterrizó el 3 de octubre en Chad quedó en “shock”. Esta ingeniera industrial de 29 años llevaba tiempo planeando un viaje de este tipo. “Siempre me ha llamado mucho la atención trabajar en ayuda humanitaria. Cada vez que podía me escapaba en verano en mis vacaciones a trabajar en países en vías de desarrollo. No sé, es algo que siento desde dentro. Lo que me llena es trabajar directamente con las personas”, explica.
Lo que nunca imaginó la navarra es lo que se encontraría al pisar suelo chadiano. “Había visto documentales, fotos del lugar y aún así me chocó muchísimo”, evoca sobre el momento del aterrizaje. La avioneta la dejó en una carretera, en mitad del desierto. “Y cuando llegamos al pueblo, lo primero que pensé fue que me iba a resultar muy difícil vivir allí. Todo es arena y las casas no siguen un orden. En realidad, no parecen casas, sino construcciones de adobe muy humildes”, describe. “Y cuando entré en la mía, a la vez que un burro cargado con el agua que acumulamos en bidones para lavarnos, me pregunté: ¿pero quien me habrá mandado a mí a venir aquí?”.
Salsamendi trabaja como coordinadora de Educación Secundaria del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en dos campos de refugiados con casi 20.000 personas en cada uno. La mayoría sudaneses, de la zona de Darfur. Su labor consiste en llevar la supervisión de las escuelas. “El objetivo principal es que los alumnos no abandonen y los profesores tengan mejores competencias para lograr una mayor calidad en la educación”, escribe desde la distancia. “Estamos trabajando también en que las niñas vayan a la escuela, ya que es un sector más vulnerable. Este año ya tenemos un 30% más de chicas que de chicos. El año pasado, por ejemplo, abrimos una guardería en cada escuela porque muchas adolescentes son mamás y, si pueden dejar al niño en la clase de al lado bien cuidado, se pueden permitir ir a clase”.
Vive en Guéréda, un pueblo a 20 kilómetros de los campos de refugiados. “Los primeros días dormía con tapones porque oía las ratas por el tejado y era imposible dormir”. Aunque le costó un mes aclimatarse, se siente feliz. “Me costó sobre todo no poder salir mucho de casa”, dice. “La zona no es muy segura y nunca puedo salir sola, igual a comprar algo a la esquina, pero no mucho más lejos, y cuando se hace de noche, a las cinco de la tarde, es mejor no salir de casa. Soy la única blanca del pueblo y eso no facilita mucho pasar desapercibida”.
La primera vez que los visitó se quedó sin palabras, confiesa. “Pensé que era imposible que viviéramos en el mismo mundo. El primer día acompañé a un equipo de EEUU para promover un proyecto”, prosigue. “La gente no tiene electricidad ni agua corriente. Como ayuda humanitaria reciben harina, aceite y leche... y en los últimos siete años esa ayuda se ha reducido un 50%”.
CON ESCOLTA MILITAR
La tasa de escolarización es del 15%. “Los medios con los que cuentan son muy escasos y tenemos becas para unos pocos. No encuentran motivación para ir al colegio.Las perspectivas de trabajo son muy pequeñas”, lamenta. “Y la pregunta que te hacen a veces y te derrumba es: ¿estudiar para qué, si no hay trabajo y no tengo medios para ir a estudiar fuera?”.
Además del acceso y la calidad de la educación, desde el JRS trabajan en promover la autonomía de los colegios. “Llevamos a cabo acciones que permitan dar un retorno de inversión al colegio porque no sé cuánto tiempo más vamos a estar las ONGs en esta zona”, revela con preocupación. “Cada año la ayuda humanitaria se va reduciendo”.
Su jornada arranca al amanecer y finaliza al anochecer. “Para las 7.30 ya estoy en la oficina y salimos en todoterrenos hacia los campos de refugiados. Vamos todas las ONGs juntas con escolta militar”, sigue contando. “Allí trabajo toda la mañana en una escuela de Secundaria. Los refugiados hablan árabe y un poco de inglés, así que siempre tengo que ir con algún compañero que me ayuda a traducir, aunque cada vez me manejo mejor sola. A las 15.00 horas normalmente volvemos de los campos, como algo y vuelvo a la oficina hasta las 21.00”. María comparte vivienda con un camerunés. “Por la noche vemos algo en la televisión o charlamos, aunque siempre acabamos hablando de trabajo porque también trabaja conmigo”. Los fines de semana aprovecha para relajarse. “Suelo ir con algún compañero a tomar una cerveza a un bar que hay a diez metros de casa. Llevo una vida social muy tranquila, pero mi trabajo me compensa”. En esos días también da clases a niños de preescolar en una escuela del pueblo. “Los niños más pequeños están mezclados con los mayores. Me dedico a los pequeños y trabajamos los números, las letras, colores, canciones… Al principio algunos lloraban porque nunca habían visto a una persona blanca pero ahora ya nos hemos cogido cariño y ya no llora ninguno. Esta escuelita es un ejemplo de esperanza”, expresa. “También creo firmemente, y lo constato cada día, que la educación es la única manera de poder cambiar todo, ya que vivimos en un mundo que se mueve por intereses políticos y económicos... y hay muchas personas olvidadas”.
Esta Navidad la disfrutará con los suyos. “Estoy deseando estar con mi familia, hablar con mis abuelos, correr por mi ciudad, tomarme un buen café con amigos en una cafetería y darme una ducha de agua caliente. Y comer rico”. Después volverá a Chad.
Nombre: María Salsamendi Urra.
Lugar de nacimiento: 23-6-1988, Pamplona.
Hermana: Beatriz (27 años).
Padres: Gabriel y Mª Jesús.
Estudios: Ingeniería Industrial por la UPNA.
Lugar de trabajo: Servicio Jesuita a Refugiados.