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Hendaya

Buceo a la luz de la luna

Se escucha el redoble de unos tambores. Huele a sardinas asadas. Son las 20.30 horas. Once buceadores navarros aparcan sus coches en el embarcadero de Hendaya, se visten con trajes de neopreno, cargan el material en un barco y se pierden en la inmensidad de la oscuridad. Toca bucear a 20 metros de profundidad. En el cantábrico. De noche

Buceo a la luz de la luna

Toca bucear a 20 metros de profundidad. En el cantábrico. De noche.

Buceo en el Cantábrico 13 Fotos
Buceo en el Cantábrico

Vídeo de buceo en el Cantábrico

08/10/2017 a las 06:00
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Cargada con los equipos de buceo, la legendaria furgoneta verde de Buceo Mistral arranca en dirección a Hendaya. La carrocería emite un leve quejío, similar al de las tablas de un pesquero al zarpar. El crepúsculo espera en la N-121-A. En hora y media se pondrá el sol y lo aconsejable es llegar al puerto con los últimos rayos.

En esta ocasión, la inmersión -organizada por este centro de buceo de Berriozar- se va a realizar de noche y cuenta con un nutrido grupo de navarros, ocho alumnos que forman parte de un curso avanzado y tres instructores. Según lo planificado, el descenso se hará hasta alcanzar los 19 metros de profundidad, frente a la costa de Hondarribia, en una zona conocida como El Belén. Un enclave frecuentado por buceadores, donde hace años se depositaron en el fondo unas figuritas de belén.

Aunque bucear de noche no es fácil e implica cierto riesgo, los submarinistas lo saben y se comportan prudentemente. No todo el mundo que bucee puede realizar este tipo de experiencia. Es necesario el título de avanzado y un seguro. “El mayor peligro es la desorientación”, señala Ángel. “Por eso es tan importante prestar atención al compañero...”. El kit de iluminación mínimo lo conforman una linterna encendida y otra auxiliar apagada y guardada en el bolsillo del jacket (chaleco).

La afición al submarinismo en Navarra es una realidad que crece vertiginosamente. Sólo durante este verano, en Mistral, setenta nuevos alumnos han sacado algún título de buceo. Según datos del Recreational Scuba Training Council of Europe crece cada año a un ritmo de un 5%. ¿Por qué bucear? “El mar es diferente y engancha”, explica Ángel. “Y como es lógico, en esta tierra, al igual que en otras, se busca lo que no se tiene. En este caso el mar”. A los alumnos también les acompañan tres instructores y un divemaster (acompañante de instructor).

Dentro de la furgoneta van Jorge ‘Girotti’, Josu Gaztambide y José Manuel. Este verano han sido unas cuantas veces las que les ha tocado cubrir juntos esta ruta Berriozar-Hendaya. Y a pesar de la experiencia que acumulan, la noche sigue generando en sus estómagos, al menos en alguno, cierto hormigueo.

De camino a Hendaya, a ritmo de rancheras, los ocupantes de la furgoneta intentan explicar los motivos que pueden llevar a una persona a sumergirse de noche en el Cantábrico. “Una vez que se supera el miedo inicial -describen- uno sólo siente paz. La misma inmersión cambia completamente de noche y de día. Hay que tirar de brújula para orientarse porque no puedes tomar ningún punto de referencia. La situación de oscuridad es total e incluso se puede llegar a sentir claustrofobia”.

Los temas de conversación se encadenan hasta entrar en la villa costera y detener el vehículo en el aparcamiento del embarcadero. Huele a sardinas asadas y se escucha el redoble de tambores desde el otro lado de la costa. El monte Jaizkibel ha derretido como un helado de naranja el último suspiro de luz. Girotti se acerca al barandado del pantalán, enciende un cigarrillo y suelta una bocanada de humo. “Ha quedado una noche magnífica”, susurra. “Eso sí... vamos algo tarde”. Son las ocho y aún falta por llegar el grueso de los alumnos del curso. “Convendría salir ahora y echar el ancla antes de que oscurezca del todo”.

CLAUSTROFOBIA Y PAZ

El barco zarpa a las 20.30 horas, con Ángel Gómez al timón. Las botellas de aire han quedado aseguradas con cinchas a un botellero, a los pies de cada buceador. La oscuridad envuelve todo. El único referente trepida en naranja, en el horizonte. “Son las luces del paseo marítimo de Hendaya”, comenta Josu Gaztambide. “Controlad el equipo, todo bien organizado”, observa Ángel desde popa. El barco busca el Faro de Higer al salir de la bocana. “¡Cuidado, una boya! , avisa Girotti. La calma es total. En realidad, no es más que un espejismo, porque al día siguiente se esperan olas de más de dos metros.

La brisa relaja los rostros de los integrantes del curso, entre los que hay una buceadora, Joana, que ha dejado a su bebé en el puerto en brazos de su hermano. Los instructores, conscientes de la tensión del momento, rompen el hielo con alguna que otra broma. “¡Cuánto radar hay suelto esta noche por aquí!”, dice Ángel al sentirse cegado por el flash de la cámara de fotos del periodista de Diario de Navarra que les acompaña. “Y otro flash! ¡Y otro!... Me están empapelando!”, ríen.

Diez minutos después de salir del puerto, la tensión del grupo queda fondeada a poca distancia del faro. Girotti echa el ancla. En esta ocasión, el ancla carga con una luz estroboscópica que facilita la localización al emitir unos destellos cortos y continuos. “Aseguraos que las botellas estén abiertas”, recuerdan los instructores, antes de hinchar sus chalecos y lanzarse al mar. A bordo se queda Ángel ayudando a los alumnos.

Los focos de las linternas prenden en blanco y azul la superficie del agua. El faro barre la zona desde la costa. El escenario se descubre fantasmagórico. De momento no hay luna. Y el silencio es total. Sólo se escucha el aire de los jackets (chalecos) al hincharlos y el chapoteo de las zambullidas. “Si alguien pierde al compañero, hay que esperar un minuto, y si no aparece se asciende”. Es la consigna antes.

Se desciende por el cabo, en pareja, muy lentamente. La primera sensación se asemeja a la de circular sin luces por un túnel. El nerviosismo hace que las aletas toquen el fondo arenoso y el mar se revuelva respondiendo con una nube de arena. Uno parece estar atrapado en una cueva. Hay que serenarse, pero ocurre todo lo contrario. Al menos, de momento. La respiración se acelera y la linterna no encuentra foco. Los compañeros se alejan. O eso parece. Por detrás tampoco queda nadie. Más oscuridad. Los granos de arena recuperan su posición y con ellos la calma. El temblor de la linterna también desaparece. El compañero está a un metro de distancia. Con el índice y el pulgar dibuja la señal de ‘ok’. “Todo bien”. Hay que seguir.

El grupo continúa, en fila, disfrutando del ecosistema: pulpos, congrios, centollos, torpedos (similares a las rayas)... Los peces nadan curiosos hasta el haz de luz. Ahora se siente la propia respiración, pausada y cadenciosa. El buceador comprueba el manómetro (instrumento que indica el aire). Han pasado 40 minutos y se ha bajado 19 metros. En el ascenso hay que practicar una parada de seguridad. El tiempo se detiene ante tanta inmensidad. Y al salir, una luna casi plena y rojiza. “¡Venga, que en el puerto nos esperan unas tortillas!”, se escucha a Ángel en el barco.

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