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Londres

'El Ritz' de los sintecho, el comedor social que ofrece menús con estrella Michelin

La carta de Reffetorio Felix se diseña cada mañana en vase a los desechos que donan los supermercados y otros proveedores

Doto del comedor social Refettorio Felix, en Kensington.

El comedor social Refettorio Felix, en Kensington.

Refettorio Felix
Actualizada 13/06/2019 a las 10:18
  • Efe. Londres
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Las personas sintecho o que están solas y sin recursos en Londres pueden disfrutar de un menú de alta cocina, a menudo servido por chefs con estrellas Michelin, en un comedor social que se conoce ya como 'el Ritz' de los indigentes.

El Refettorio Felix, parte del proyecto 'Food for Soul' del galardonado chef italiano Massimo Bottura, acoge a diario a unas setenta almas necesitadas de calor y compañía, lo que reciben en un lugar que ofrece además duchas, peluquería, terapia y cursillos varios para prosperar en la vida.

Michel Roux, de Le Gravroche; Brett Graham, en The Ledbury; Angela Harnett, de Murano, o Clare Smyth, de Core son algunos de los grandes cocineros que ofrecen voluntariamente sus servicios en este local del oeste de la ciudad, donde la carta se diseña cada mañana en base a los desechos que donan los supermercados y otros proveedores.

Situado en Earl's Court, el Refettorio está gestionado por el Centro de St. Cuthbert, una organización benéfica que existe desde hace 30 años pero que hace dos se reformó para acomodar la visión de Bottura.

"Siempre hemos tenido banco de comida, pero desde que ofrecemos estos menús de categoría no damos abasto, muchas más personas vienen a comer y tenemos lista de espera tanto de chefs como de voluntarios para servir las mesas", explica el director, Alistair Kingsley.

"Cualquier persona necesitada puede venir aquí y se le trata con respeto y le presentamos tres platos y café como si estuviera en un restaurante de lujo. Se nos conoce como 'el Ritz' de los centros de día", afirma sonriente.

El día de la visita, se ocupa de los fogones el chef argentino en ascenso Martín Milesi, que ha improvisado un delicioso menú aprovechando los kilos de manzanas, tomates, aguacate, pollo y arroz donados como sobrantes por las grandes superficies.

"Inmediatamente supimos que íbamos a hacer de postre un pastel de manzana con una crema batida, sencillo y rico, que te deja perfecto para una siesta", explica.

Con los tomates demasiado maduros entregados por la furgoneta de reparto, él y su equipo elaboran "un gazpachazo" con cubos de sandía templada y, de segundo, "un seco de pollo al estilo peruano", macerado y guisado con hierbas.

A mediodía, empiezan a llegar los comensales, recibidos personalmente en la puerta para comprobar que no han consumido ni drogas ni alcohol, lo que se prohíbe para garantizar la paz en el centro.

Algunos ancianos solitarios y muchas personas sin hogar de Europa del Este -que no encontraron empleo al llegar y carecen de subsidios sociales- se sientan en mesas largas, donde un grupo de jóvenes voluntarios les sirven el menú con acento latinoamericano.

Todos han podido asearse y, aunque primero se muestran taciturnos, a medida que llenan el estómago van levantando la mirada, se relajan e inician conversaciones. Para el café, algunos hasta sonríen.

Entre las personas que acuden "en busca de compañía" está la británica Jean Usher, exsecretaria de 80 años, que viene casi cada día para encontrarse con su amiga Fidela Ortega, de origen filipino y 70 años, que no tiene familia en Londres tras dejar hace años a su marido por violencia doméstica.

"Aquí hacemos muchas actividades, como costura, arte y club de lectura, y desde hace un tiempo también disfrutamos de estas comidas especiales", dice Ortega, que trata de explicar a su compañera que, a diferencia de una sopa a la inglesa, "es normal que el gazpacho esté frío".

Andrew Ank, un exadicto de 61 años que vende en mercadillos, viene al centro para "refugiarse" del ajetreo urbano y colecciona en su móvil fotos de todos los chefs que por ahí pasan, así como de sus platos. "Aquí todos aprendemos vocabulario de cocina y probamos cosas que antes desconocíamos. Ha habido veces que nos han cocinado hasta tres chefs con estrellas Michelin, y yo he pensado: estoy mejor que la Reina (Isabel II)", manifiesta.

John Swaby, de 40 años y casi dos metros de altura, es reacio a hablar de su historia, pero confiesa que su pareja le echó de casa y, sin dinero ni empleo, acabó en la calle: "poder comer aquí es genial", declara.

Tras el ágape, que culmina con una ronda de aplausos para la cocina, varios sintecho, entre ellos el universitario rumano Marcu Petrescu, echan una cabezadita en un rincón de la sala, antes de aventurarse de nuevo a las calles londinenses.

Además de ayudar a los desfavorecidos, el Refettorio, que tiene centros hermanos en otras partes del mundo, sirve de plataforma para emprendedores como Milesi, que planea abrir su propio restaurante en Londres.

"Para los chefs es también un reto. A las 7.30 horas llega el furgón, escogen los ingredientes, deciden el menú y a las 12.30 horas deben servirlo a 70 u 80 personas a la vez", explica Kingsley.

Para el argentino, fue una conexión inmediata: "ver la cara de la gente que come aquí es muy diferente a la de un cliente, te pasan cosas muy lindas por dentro", dice.

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