Olga Martínez, Estrella García y Julia Pérez fueron tres de las primeras mujeres que entraron a trabajar en la cadena de VW.
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Olga Martínez, Estrella García y Julia Pérez fueron tres de las primeras mujeres que entraron a trabajar en la cadena de VW.

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Las mujeres que callaron bocas en Volkswagen Navarra

Hace poco más de treinta años entró en los talleres de la fábrica de coches un primer contingente femenino que luchó por demostrar su valía

Carlos Lipúzcoa

Publicado el 07/03/2022 a las 06:00

María Pilar Tarazona Baquedano, María Teresa Jiménez Galarreta, Julia Pérez Pascual, Olga Martínez Barandalla, María Monserrat Palomo Mateos y Estrella García Delgado son seis mujeres que tienen algo en común. 

Todas ellas formaron parte de los primeros contingentes femeninos que entraron a trabajar en la cadena de lo que ahora es Volkswagen Navarra. Ya han pasado más de 30 años desde que aquellas pioneras demostraran ser capaces de desempeñar con igual destreza que sus compañeros, cuando la factoría de Landaben todavía era propiedad de Seat, una labor que hasta la fecha se suponía exclusivamente de hombres.

 Fueron recibidas en la fábrica con la expectación de quienes no estaban acostumbrados a compartir un espacio en el que las bromas, el lenguaje y las formas se caracterizaban por una cierta rudeza que ellas terminaron por asimilar.

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Hubo algunos que las rechazaron, aunque también muchos otros las acogieron. El clima general reinante era una mezcla de paternalismo y resignación, como bien pudieron comprobar aquellas mujeres que no esperaban otra cosa que trabajar en pie de igualdad y sin privilegios.

Las primeras pisaron los talleres de producción en 1989. Según recuerdan, era relativamente fácil entrar en la fábrica, que vivía un momento dulce por los constantes incrementos de producción y una gran necesidad de incorporar mano de obra. 

Llegaban por recomendación de algún familiar que estaba ya empleado y atraídas por unos salarios y una estabilidad laboral que no encontraban en otros sectores. Entonces tenían veintitantos y ahora, en la horquilla entre 51 y 57 años y todavía en activo, echan la vista atrás para recordar con orgullo sus inicios.

María Teresa Jiménez, de 55 años y residente en Villava, se incorporó en 1991 al taller de montaje, aunque posteriormente pasó por pintura, volvió a montaje de nuevo y, en la actualidad, se encuentra en revisión final, donde se comprueba que los coches no tienen defectos y están listos para enviarse a los concesionarios. 

Antes de comenzar en Landaben había trabajado nueve años en una tienda de alimentación: "Estaba encantada. Era mucho cambio de estar el sábado trabajando a pasar a una empresa que pagaba mucho mejor y que tenías los fines de semana fiesta". 

Su buena experiencia es común al resto de sus compañeras que, como Estrella García Delgado, de 51 años y que vive en Mendillorri, decidió dejar los estudios al verse "con un sueldo majo". "Se ganaba bien y era como tener la vida resuelta", recuerda esta operaria de montaje que ahora está asignada a un equipo para trabajos especiales (warenfilter) debido al desgaste físico. 

En el caso de Julia Pérez, de 52 años y residente en Burlada, dejó su anterior puesto en Porcelanas del Norte en 1991, donde ganaba 72.000 pesetas al mes, porque quería comprar un piso y en Landaben "casi" duplicaba su salario.

UNA FÁBRICA "INMENSA"

Julia no guarda ningún recuerdo especial de su primer día en la factoría de coches ya que estaba acostumbrada a trabajar en la industria, pero el resto de sus compañeras reconocen que quedaron impresionadas por las enormes dimensiones de las naves y las inmensas máquinas que albergaban. "Estaba muy nerviosa. El suelo estaba lleno de mangueras y tenía miedo a troperzarme. Me acompañó un hombrecico mayor que no le gustaba que le hubieran puesto a una mujer a aprender. No quería enseñarme porque le rompía su rutina, pero era muy buena persona", relata María Pilar Tarazona, de 55 años y que vive en Pamplona, nada mas comenzar en 1990. 

Ahora en revisión final, recuerda que, tales eran las distancias dentro de la factoría, no lograba encontrar el puesto que le habían asignado después de ir al baño. Olga Martínez, de 57 años y residente en Burlada, vivió una anécdota similar cuando entró en marzo de 1990: "Me parecía inmenso y me perdí cuando fui al servicio. No sabía volver. Los compañeros me preguntaban lo que hacía y me gritaban ¡por allá! El recuerdo es bueno".

La inquietud es norma durante el primer día en un nuevo trabajo para cualquier mortal y María Monserrat Palomo, de 54 años y que vive en Barañáin, no fue una excepción cuando se incorporó tras el verano de 1992. 

Confiesa que acudió "con muchos nervios", pero que, una vez en su puesto, se relajó al encontrarse con mucha gente conocida de su entonces barrio, San Jorge. "Muchos hombres no estaban de acuerdo con que entraran las mujeres. Por suerte, no me tocó tener de compañero a alguien que me pusiera pegas", explica. 

Durante los primeros días fueron el centro de todas las miradas, pero, en general, se encontraron con personas que les ayudaron y les trataron "con cariño".

No obstante, el machismo también estaba presente y, sobre todo, reinaba una cierta condescendencia. Como por entonces eran muy pocas, se juntaban entre ellas durante los descansos "para hacer piña".

MÁS VALE MAÑA QUE MAÑO

La escasa confianza inicial en la habilidad manual de estas novatas provocó que les asignaran las tareas más simples. "Me dieron un pequeño recipiente con tapones para colocarlos en los bajos y me dijeron: tú vete poniéndolos aquí y tira p'arriba", cuenta Estrella García. 

Pero no tardaron en darse cuenta de que eran capaces de hacer con eficacia los montajes más complicados, como recuerda Julia Pérez: "Se sorprendían de que fueras capaz de poner una abrazadera o una pedalera. Yo pensaba, a ver, chico, que no eres mecánico de Fórmula Uno. Te hacían de menos y sentir que el mundo del motor era de hombres. La actitud era que tú no ibas a poder hacer eso. Y después se sorprendían de que fueras capaz de llevar una fase. ¿Y por qué no la iba a poder llevar?". Y aunque admite que sigue "sin entender de coches" presume de desempeñar su trabajo con profesonalidad indiscutible.

"Las mujeres somos más frágiles en algunos aspectos, pero tenemos mucho amor propio y somos más habilidosas para buscarle la vuelta a un trabajo duro. Hay algunas tareas en las que damos mejor resultado", afirma María Pilar Tarazona. 

Esa capacidad para sobreponerse a la contrariedad es, según recalcan, uno de los principales activos del que hacen gala estas mujeres, que han demostrado durante tres décadas su valía en pie de igualdad tal como sostiene María Monserrat Palomo, que observa que "muchos hombres en seguida se frustran ante la adversidad", mientras que ellas son "más constantes". "No es maño, sino maña", simplifica Estrella García con un dicho popular.

No se cansan en repetir lo orgullosas que están de su trayectoria en Volkswagen Navarra, aunque también admiten que se ha ido perdiendo buena parte del clima de camaradería que existía cuando comenzaron en la fábrica. 

También cargan con cierta amargura debido a las escasas posibilidades que tuvieron en origen para promoción interna a puestos de responsabilidad, una situación que achacan a los prejuicios machistas entre la plantilla que costó años eliminar más que a una política sistemática de la empresa. "Decías: me voy a presentar a carretillero. Y te contestaban los compañeros: ¡Túúúú, si no llegas a los pedales! Esos ramalazos siempre los ha habido y todavía alguno sigue quedando. La empresa no nos impedía presentarnos, para nada. Era el entorno y los compañeros", lamenta Olga Martínez.

Según insisten, el problema no era que hubiera una oposición abierta a que se presentaran a las pruebas que se convocaban periódicamente, sino que faltaba un mayor respaldo institucional que las animara a promocionarse. 

Julia Pérez señala que existía un clima poco propicio en el que abundaban frases como "para qué te vas a presentar si te vas a casar el año que viene y vas a tener hijos". "Era la mentalidad de la época y no solo pasaba en nuestra fábrica", admite con resignación. Aquello representó un freno que costó mucho tiempo eliminar y que solo empezó a desaparecer cuando ellas demostraron día a día su profesionalidad. Fueron años "dando el callo" hasta que los encargados de la cadena comenzaron a acercarse en ellas para sugerirles que optaran al ascenso.

Pero ese cambio llegó demasiado tarde para buena parte de las primeras trabajadoras, tal como lo ve Estrella García. El resultado fue que, de aquellas pioneras, muy pocas lograron la promoción: "Se pueden contar con los dedos de una mano". Una espina clavada que va más allá de la experiencia laboral y que también salpica al ámbito sindical en la empresa, según incide con algo de desazón Olga Martínez, que lleva cinco años como liberada de CC OO. Ella fue una de las primeras mujeres en entrar en el comité y vive con pesar la falta de vocaciones, incluso entre las jóvenes, para implicarse en estos menesteres. "Tenemos otra forma de ver la vida. No sé qué es, tal vez la empatía. Dentro de las organizaciones sindicales se han dado cuenta de que aportamos otra visión y poquito a poco va cambiando", comenta. María Teresa Jiménez percibe que los sindicatos continúan siendo "un mundo de hombres" con demasiados obstáculos para las mujeres, aunque admite que, en los últimos tiempos, "empiezan a abrirse".

"Nos hemos vuelto un poco verdes"

La cantidad de vivencias que acumulan las primeras trabajadoras de la cadena de Volkswagen Navarra por el choque entre sexos daría para escribir una enciclopedia. Ellas llegaron a la fábrica hace treinta años y se encontraron un ambiente en el que el humor, las formas y el lenguaje eran totalmente masculinos y, con frecuencia, machistas. Fue necesaria una lenta adaptación, que todavía no está completamente culminada, en la que estas mujeres tuvieron que asimilar parte de aquella cultura y ellos fueron dando espacio a otros usos y costumbres menos rupestres. "Como eras mujer, al principio había muchas bromas y chorradas de temas sexuales, pero nunca me han hecho sentir mal. Es más, luego le dabas la vuelta y les dejabas sorprendidos de lo que podíamos cambiar en dos días. Al final, los llevabas", comenta María Monserrat Palomo Mateos, de 54 años, que entró en la fábrica después del verano de 1992.

Olga Martínez Barandalla, 57 años, se incorporó a la factoría en marzo de 1990 y reconoce que acabó haciéndose a las circunstancias: "No te dabas por aludida con las bromas machistas. Al contrario, jijí, jojó. Tuvimos que hacernos un poco verdes. Ya estamos acostumbradas a ese tipo de humor y no le damos más importancia de la que tiene". 

La clave, según entiende Julia Pérez Pascual, de 52 años, es acudir al trabajo "con la mentalidad de llevarlo lo mejor posible" y crear un clima llevadero para todos dejando espacio para el humor. "Con los chistes y las verdulerías, yo estoy agusto. Nos reímos de la mujer, del hombre, del negrito...", admite con naturalidad.

Y como en todos los lugares, también han tenido que soportar a compañeros que no saben medirse y que son fuente de conflictos. "Siempre ha habido gente maleducada. Pero lo eran con nosotras y con el chaval que cometía algún fallo. Esos continúan y continuarán", afirma María Pilar Tarazona Baquedano, de 55 años. 

Ella misma junto con un grupo de compañeras lanzaron una iniciativa para que la empresa les proporcionara pantalones azul marino para las chicas, ya que "por los horarios y las posturas" podían manchar cuando tenían la regla. "Que si se nota, que si no se nota. Pasabas un gran estrés porque no podías irte al baño cuando tú querías. No se consiguió", lamenta.

La adaptación de la infraestructura de la fábrica a la presencia femenina también causó algunas fricciones. El problema era que el ritmo de la cadena dejaba poco margen para ir al baño y, aunque los había para mujeres, estaban demasiado lejos para ir y volver sin retrasarse.

Ello les obligaba a meterse en los de hombres, mas cercanos, donde en más de una ocasión saltaba el conflicto. "Eran unos servicios que había en unos vestuarios con urinarios de pared y placas turcas en el suelo con el agujero. Costó al principio que se acostumbraran a que entraran mujeres y soltaban maldiciones", recuerda Olga Martínez.

Estas ya veteranas de Volkswagen Navarra consideran que las nuevas generaciones se han vuelto más intransigentes y tienen menos cintura a la hora de lidiar con la realidad de la fábrica. 

Muchas de las jóvenes incorporaciones "se lo toman todo al pie de la letra" y, ante cualquier comentario, "en seguida saltan con sus derechos". "Ahora parece que te dicen guapa y contestas ¡eh! La gente joven no se ríe. No se les puede decir nada", pone como ejemplo Olga Martínez con la aprobación del resto de este grupo de trabajadoras. 

Para María Teresa Jiménez Galarreta, de 55 años, hay un exceso de celo frente al que ella preferiría que la gente simplemente "colaborara en la broma y ya está".

A lo largo de tres décadas, estas mujeres han compartido muchas horas de su vida con sus colegas hombres a pie de cadena, a muchos de los cuales les tienen en alta estima. "He tenido compañeros de chapó, muy buenos, casi familia. Cuando estas con ellos ocho horas, compartes más tiempo que con los de tu propia casa. Eran los primeros en echarte una mano cuando tenías problemas. Me quedo con eso, no con lo otro", termina Estrella García Delgado, de 51 años.

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