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Abierto de Australia

Nadal se convierte en el tenista más grande de la historia

El español logra la mayor remontada de su carrera para imponerse a Medvedev en la final del Abierto de Australia y conseguir el Grand Slam que le coloca por delante de Djokovic y Federer

Ampliar Rafa Nadal besa la copa tras proclamarse campeón del Open de Australia 2022
Rafa Nadal besa la copa tras proclamarse campeón del Open de Australia 2022REUTERS
  • Enric Gardiner. Colpisa
Actualizado el 31/01/2022 a las 08:29
Nunca hay que dejar de creer en Rafa Nadal. Ni con 35 años, ni aunque esté en la lona, ni si un ruso diez años más joven le está sometiendo. Nunca. Ni aunque vaya dos sets abajo y su rival esté a tres juegos de ganarle el partido. No debería estar permitido poner en duda el potencial de superación, recuperación y resiliencia del que ya es el mejor tenista de la historia, por competitividad, por lucha, y por Grand Slams. Porque Nadal ya tiene el número 21, el que le pone por encima de Novak Djokovic y Roger Federer, el que le eleva a un olimpo y un trono que ya no tiene que compartir. Ahora solo gobierna él
El de Manacor completó la mayor remontada de su carrera, la más importante, para imponerse a Medvedev, por un increíble (2-6, 6-7 (5), 6-4, 6-4 y 7-5) en cinco horas y 28 minutos. Quince años después, Nadal volvió a remontar dos sets en contra en un Grand Slam. No lo conseguía desde los octavos de final de Wimbledon en 2007, precisamente contra otro ruso como Mikhail Youzhny. Y, tras trece intentos fallidos desde entonces, se guardó la bala para el partido más importante de sus últimos tiempos.
Porque Nadal estaba muerto, eliminado para muchos, cuando Medvedev cogió una ventaja imposible de levantar para muchos. El robot ruso, inexpresivo y sin emociones, emergió en la Rod Laver como un huracán, llevándose por delante a un Nadal que solo tiraba error no forzado tras error no forzado. Estaba irreconocible. Incluso perdió un punto de set en el segundo parcial para empatar. Dejó escapar con vida al de Moscú y este le castigó en el desempate. 2-0 para Medvedev. ¿Irremontable? Según la historia sí, según Nadal, no. Nadie en la Era Abierta había levantado dos sets en contra en la final de Australia.
El último en lograrlo, en la época amateur, fue Roy Emerson contra Fred Stolle en 1965. Era inimaginable pensar que se podía lograr. Nadal estaba a merced del llamado a ser el sucesor del 'Big Three', del probable próximo número uno. Este se adelantó hasta el 3-2 y ahí estuvo el encuentro. Dispuso de tres bolas de 'break'. Tres oportunidades para colocarse 4-2 y saque y estar a dos juegos de sumar su segundo Grand Slam y terminar con el cuento de hadas del español.
Pero no se puede enterrar a Nadal. Con el físico en el alambre y con su tenis ampliamente superado por el del ruso, la cabeza de Nadal hizo la diferencia. Igualó el encuentro. De la nada. Aprovechó cada resquicio de un Medvedev enfrentado con la grada, los recogepelotas y el juez de silla, para desgastarle hasta el extremo. Fue resurgiendo, contra todos los elementos. Con semblante serio en todo momento, porque sabía que el triunfo estaba muy lejos. Apenas hacía amagos de celebración, guardando fuerzas para aplicarlas a la raqueta. Se apuntó el tercer set, el cuarto y forzó un quinto que elevaba este encuentro hasta el top tres de sus mayores animaladas. Y eso es poco más que una locura.
Nadal entró en el parcial definitivo con una ventaja moral enorme y con un Medvedev aparentemente fuera. Su cara le delataba, pero su juego no. Aguantó lo que pudo, cedió su servicio pronto y dio alas a que Nadal tirara del carro. Pero este no se pudo relajar. Cuando sacó para torneo, estando a dos puntos del título, Medvedev rompió e igualó a 5. Otra vez a ponerse el mono de trabajo, a remar, a quebrar al ruso al juego siguiente. A volver a soñar con el 21, que estaba a un juego de distancia. No hubo más drama. Nadal selló el 21 en la red. Se rio mientras su banquillo estallaba, empezó a llorar. No se lo creía. Normal.
El español ya tiene 21 Grand Slams, más que nadie en la historia. Uno más que Djokovic y Federer. Siete más que Pete Sampras. Nueve más que Roy Emerson. Diez más que Rod Laver y Björn Borg. Auténtica locura para el que ya posee argumentos suficientes para ser considerado como el mejor de la historia.
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