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Manomanista

Erik Jaka superó a un Altuna sin confianza en la final

El partido quedó marcado por las diferencias iniciales y la ausencia de emoción hasta el final

Actualizada 30/11/2020 a las 12:53

 

 

Hay gestos que van más allá del propio gesto. Cuando Erik Jaka escondió la pelota con una volea al txoko y vio que Altuna no llegaba, explotó. Apretó los puños, sacudió seis veces los brazos al tiempo que sacaba un grito ronco desde dentro y que retumbó en un Bizkaia vacío. 22-20. Erik Jaka, nuevo campeón manomanista. Aquel era el grito de un currante de la pelota al que nunca nadie le ha regalado nada, y que por méritos propios abría la puerta y entraba en el Olimpo de la mano profesional.

Y otro gesto. Ya en la contracancha alzó los brazos y miró al cielo del frontón para dedicarle a su madre -fallecida hace algo más de un año por un cáncer- el campeonato de los campeonatos.


Se presumía una final extraña por lo extemporáneo y la frialdad insoportable de un frontón vacío. Y lo fue. Se esperaba más de un partido con dos delanteros que habían mostrado mucho hasta la final, con el añadido de ser viejos conocidos, buenos amigos y pelotaris sin secretos. Pero no resultó lo esperado. La final se rompió enseguida. Creció rápido Jaka, decreció aún más rápido Altuna, que partía como favorito indiscutible para la cátedra (cienes a 40 por él).

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EL MÉRITO, DE JAKA


La palabra mágica de cualquier final es confianza. La tuvo Jaka, le faltó a Altuna. El de Lizartza saltó al negro del Bizkaia con un plan claro en la cabeza. Se atrevió a ejecutarlo, se empeñó en no dejar jugar a Altuna, en impedir que desplegara sus artes y le llevara a su terreno. Se jugó de inicio con un ritmo intenso, y desde un primer momento Erik mostró sus armas. Le hizo daño con el gancho y la dejada, con el pelotazo atrás si hizo falta. Pero también mostró unas piernas tremendas. Jaka llegaba a todo lo que le mandaba su amigo y compañero diario de entrenamientos. Y una vez alcanzada la pelota, contraatacaba. Todo, con una frescura apabullante.


A Jokin Altuna el 5-0 de salida le sorprendió en un primer momento, después le hizo dudar y más tarde perder la confianza. Porque no fue algo momentáneo -llegó a acercarse con un 6-4 pero sin convencer-, pero Jaka se colocó después con un 14-7. Quien duda, pierde las finales. En la primera mitad del partido Altuna no estuvo cómodo, nunca pudo hacer su juego; Jaka le superaba en todo; Jokin se notaba espeso, sin brillo e intentaba terminar con prisas.


REINVENTARSE Y EL APURO FINAL


En un frontón frío, en un ambiente de no final, sin el consejo de los botilleros, Jokin Altuna trató de buscar soluciones parando dos veces el juego. Fue en el 16-8 y el 17-10. Trató de encontrar la vía de la supervivencia que tan buen resultado le dio con Darío. Fue un sí pero no. Con Irujo antaño, con Oinatz, aquellas misiones no parecían imposibles. Pero el guipuzcoano no transmitía la misma confianza, tampoco el carácter.


Altuna trató de buscar una salida con el juego en largo, dándole altura a la pelota con la derecha y obligándole a Jaka a recular. Pero el delantero de Lizartza estaba convencido de que estaba ante la oportunidad de su vida, que era el momento de reivindicarse. Nunca nadie le había regalado nada. Ayer tampoco se lo iba a poner fácil Jokin. Apretó los dientes. Se defendió todo lo bien que supo, en cuanto podía pasaba al contraataque. Sin el brillo y la genialidad habituales Altuna se acercó primero con un 17-14 e incluso tuvo la final en su mano.

En una final atípica, neutralizado su juego, Altuna solo podía encontrar una salida en el riesgo al límite. Dibujó un dos paredes de tiralíneas en el 21-15. Se agarró al saque. Uno largo, mal restado a bote por Jaka. Un segundo, idéntico, que hizo que empezaran a temblarle las piernas. Fue a restar de aire. Cayeron un tercero y un cuarto. Soltó un derechazo Altuna que sobrepasó a Jaka, con un 21-20. Todo o nada. No acertó Jokin al sacar, dibujó Jaka la volea de su vida. La que le llevó al 22, la que le hizo gritar como campeón.

Algunas claves
FRIALDAD. Que la final más grande del año se celebre a puerta cerrada le quita todo el encanto. Los pelotaris están desubicados.
RITMO Y ADELANTE. Hubo 14 tantos con más de 10 pelotazos (el 17-10 con 24 fue el más peloteado) y la mayoría se jugaron en los cuadros delanteros.
LA CABEZA DE JAKA. Pareció que el veterano en la final era Jaka, y no Altuna. Sorprendió su claridad de ideas y su determinación en el juego.
ALTUNA DESDIBUJADO. El genio de Amezketa no fue capaz de desarrollar su juego, ni mostró la magia de otras ocasiones por mérito de Jaka.

 

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