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Dionisio Muñoz, ex haltera: “Yo pude encauzar mi trabajo, pero hay mucha gente que se queda tirada”
Sólo 16 navarros han competido en al menos dos Juegos Olímpicos; uno de ellos es este hombre sencillo que tiene un diploma de Los Ángeles-84 y desde hace 30 años ejerce de monitor en la AD San Juan entre el anonimato general


Publicado el 27/03/2022 a las 06:00
Le gusta la puntualidad y llega antes de la hora a la Asociación Deportiva San Juan, donde a las 5 de la tarde empieza su jornada vespertina como monitor de musculación. Tiene a su cargo a 150 personas. Muchas de ellas, sobre todo las más jóvenes, no tienen ni idea de que él, Dionisio Muñoz Berrio, Dioni, ha sido dos veces olímpico, en Los Ángeles-84 y en Seúl-88. El ex haltera navarro, hombre sencillo, risueño y hablador, una caja de sorpresas que va desgranando en forma de palabras, es el paradigma de deportista español que alcanza lo más alto y después cae en el más absoluto anonimato. Como tantos, lo pasó mal psicológicamente tras ver que una lesión le impedía participar en Barcelona-92 y debía dejar el deporte, con sólo 30 años. Regresó a casa y, desde entonces, ha trabajado en el mismo lugar, empezando con un grupo pequeño, y pasando por un monitor más. Alumnos, ya sabéis, el hombre que os está enseñando cómo mejorar vuestro cuerpo es una leyenda, de los poquísimos navarros -12- con al menos dos Juegos Olímpicos a sus espaldas, y sabe de qué va esto.
A pesar de su bagaje deportivo, arranca a hablar Dioni con su verborrea natural de lesiones, de dolor, de cómo tuvo que dejar su carrera. “Es que ya no era deporte salud... Le sometes al cuerpo a unas cargas. ¡30.000 kg al día! La halterofilia son kilos y series. Y la espalda se resintió. Me aparecieron en la zona lumbar tres protusiones discales. Era 1989, tenía 28 años. Estuve unos meses parado, con médicos y fisios, con rizólisis, pero no mejoré”.
¿Dionisio o Dioni?
Dioni.
Dioni, me llama la atención que antes de empezar esté hablando de estas lesiones. ¿Es lo que recuerda cuando echa la vista atrás de su carrera?
No, ni mucho menos. Gracias al deporte, soy lo que soy. Empecé muy jovencito, 14 años, en Anaitasuna. Fue casual. A esa edad yo estaba trabajando de aprendiz de mecánico de coches en Doria Automóviles, un servicio oficial de SEAT de la calle Aralar. Estaba Joaquín Garde, que luego fue presidente de la federación, y solía arreglarle el coche. Me invitó a ir a Anaitasuna. A mí ya me gustaba la halterofilia, lo había visto en la tele en los Juegos de Montreal y Moscú.
¿Recuerda que era fuerte de niño?
Sí, vivía en Huarte y éramos un montón de hermanos y con 10 y 12 años iba a la serrería a cargar la leña para la cocina. Iba yo y subía los sacos al hombro a un tercer piso.
¿Cuántos hermanos eran?
Once, y yo era de los más pequeños. Pero los demás estaban trabajando y me tocaba a mí. Y empecé a entrenar de muy joven brazos y piernas. En cuanto empecé en Anaitasuna, cogí el nivel de los veteranos que estaban allí. Vino un entrenador de Vitoria con conocimientos y me fui allí en 1978. Estuve un año y echaba de menos a mi ciudad, mi familia y amigos. El taller cerró y me llamaron justo de la selección nacional para ir a la residencia Blume. Y me quedé allí, desde los 18 a los 30 años.
¿Y cómo lo recuerda?
Siempre me había gustado estar en Madrid. Hice amigos de Valencia, Barcelona, andaluces... Y todavía guardo esas amistades gracias a las redes sociales y a veces estamos juntos. Fueron mis mejores años.
Y va dando pasos hasta ser olímpico.
Me lo tomé en serio, entrenaba mañana y tarde tres días, nueve sesiones a la semana, con Juan José González Vadillo, y mejoré muchísimo. Entre 1980 y 1981 me quedaba entre los diez primeros en los Europeos y Mundiales. En la federación llamaba la atención mi progresión. Me dieron una de las becas más altas de halterofilia.
¿Con qué deportistas recuerda haber coincidido en la Blume en aquella época?
Con las gimnastas Marta Bobo y Marta Cantón, los atletas Colomán Trabado, José Luis González, José Manuel Abascal... Nos juntábamos con los de baloncesto, Romay, Fernando Martín... Había mucho compañerismo.


¿Y cómo recuerda el momento de ser incluido en la selección para Los Ángeles?
Empecé a destacar en el grupo de mi categoría y viendo el ránking internacional tenía posibilidades de ser finalista. Me hizo mucha ilusión ver que iba a ir. Fuimos sólo 4 o 5 a Los Ángeles y yo era el más destacado. A pesar de que me habían operado en 1982, me recuperé y tenía esperanzas de quedar bien. Nos favoreció el boicot soviético, porque era la mayor potencia. Pero estaban los chinos, los rumanos, polacos, búlgaros... y me clasifiqué sexto. Muy contento.
Han pasado 38 años y no hay muchos navarros que ha conseguido repetir experiencia olímpica. ¿Es consciente de ello?
Por supuesto. Cada vez lo valoro más. Fíjate, en los siguientes Juegos, estaba mejor entrenado y tenía más posibilidades, a pesar de que no había boicot, pero no me salió bien la competición. Viajamos dos días antes desde Madrid, todos juntos, y no me adapté ni al cambio horario y ni a la alimentación. Competí el segundo día y no pude descansar. Perdí mucho peso y el hombro operado se me había debilitado. No podía sujetar la barra. Pero con la marca que yo tenía, habría sido cuarto.
¿Cuánto pesaba y cuánto levantaba?
Competí en 60 kg. Yo pesaba 2 o 3 más, pero los bajaba el último día a base de no comer y casi no beber, y meterme en la sauna. Tomábamos diuréticos, que luego se prohibieron por ser enmascaradores de dopaje. Y si no había sauna, nos metíamos en la bañera con agua caliente, te costaba meter el pie. Sacábamos sólo la cabeza hasta que aguantábamos, 15 o 20 minutos. Nos secaban, nos envolvían como momias y volvían a echar agua caliente. Y así perdíamos el peso. Como te calentaban las articulaciones, me favorecía muchísimo.
Vaya movida para entrar en el peso. Bueno, ¿y levantaba?
En Los Ángeles competí en 56 kg, y levanté 110 en arrancada y 132,5 en dos tiempos, total olímpico 242,5. En Seúl me pasé a los 60, y levanté 125 en arrancada y 152,5 en dos tiempos. Esa marca aún no se ha batido. Por el tema del dopaje, han cambiado las categorías para eliminar los récords. Pero los míos no los ha batido nadie.
La sombra del dopaje, siempre.
Nosotros tomábamos nuestras vitaminas, minerales, cosas legales. Nosotros ya sabíamos lo que hacían los países del Este, porque nos ofrecían anabolizantes y cosas. La gente se buscaba la vida como podía. Pero en España la tolerancia era cero. Pedro Valls, que estaba de presidente de la Federación Española de Halterofilia, hizo que nos hicieran controles por sorpresa, también de la internacional. Para nosotros era imposible. Una vez que estás metido quieres competir en igualdad de condiciones, pero...
Es tentador.
Es tentador, es tentador. Pero nosotros sólo tomábamos cosas para recuperarnos, vitaminas, proteínas.
¿Tiene recuerdo de haberse encontrado con alguien conocido en las dos villas olímpicas?
En Los Ángeles, los deportistas éramos los reyes del mambo. Como hubo boicot, nos mimaron mucho a los que fuimos. En la villa, eran comedores grandísimos abiertos durante las 24 horas del día. Había máquinas que funcionaban sin echar dólares, de chocolatinas, de coca-cola, de patatas fritas, de perritos... Todo libre y muy americano. Después, a la salida nos esperaban para enseñarnos la ciudad, nos invitaban a sus casas, nos llevaron a Hollywood, los estudios Universal.
Lo recordará toda la vida.
Por supuesto. Los americanos vivían fuera de la villa. Estaban en hoteles. Nosotros podíamos ir a todas las competiciones con la credencial y yo vi la final de baloncesto entre Estados Unidos y España, y desde cerca, porque teníamos buen sitio. Y ahí estaban Jordan y los españoles, que hicieron un partidazo. También fuimos al estadio a ver las finales de atletismo, a Carl Lewis, a Florence Griffith, a Ben Johnson... Que luego volvimos a ver en Seúl.
La villa olímpica de Seúl sería totalmente distinta.
Sí. Los asiáticos tienen otra cultura. Estaba el tema del sida en auge y los trabajadores coreanos llevaban mascarilla y tenían miedo de que les contagiáramos. Por su carácter, no nos trataron como en Los Ángeles. Pero me sorprendió por lo avanzado que estaba, los edificios, las autopistas, las tiendas, las heladerías... Me quedé encantado con los helados coreanos.
Qué cosas más curiosas cuenta.
Es que eran buenísimos, mejor que los italianos. Los cogí con muchas ganas porque estuve mucho tiempo cuidándome. También íbamos a los mercadillos y me sorprendió lo barato que estaba el cuero. Yo me compré tres o cuatro cazadoras. También vi gente vendiendo cachorritos de perro, con una carita, muy mimosos... Y luego nos enteramos de que los vendían para comer.
Estamos hablando de 1984 y 1988. ¿En qué momento acaba su carrera y empieza su vida como persona normal? En España, ser olímpico no significa nada.
Cuando me lesioné en 1989, estuve intentando recuperarme. Me ofrecieron operarme en Estados Unidos, las hernias se me salieron por delante, pero no me daban garantías de quedar bien para el deporte. Así que decidí dejarlo. Me ofrecieron quedarme allí para llevar a los paralímpicos, pero no podía realizar movimientos de halterofilia, que era mi vida. Como comprenderás, caí en una pequeña depresión.


¿Y tuvo a alguien al lado en ese momento?
Mis amigos, pero pasé unos meses mal. Tenía ganas de volver y emprender una nueva vida. Me vine en 1991 y me surgió la posibilidad de trabajar en San Juan como monitor. Yo encantado porque iba a seguir en el mundo de las pesas. No era halterofilia, pero sí musculación, empecé con poca gente porque entonces no había tanta afición. Había un gimnasio pequeño y pocas máquinas. Fui poco a poco y se fueron ampliando los horarios.
¿A cuántas personas tiene a su cargo ahora?
Sobre 150. Entreno de forma personalizada. Ahora ya no hay tantos competidores, pero sí que fuimos durante 2010 y 2012 a hacer press de banca y se quedaron campeones de España. Ahora es porque hay chavales jóvenes que quieren hipertrofiarse. Es una mezcla. También tengo un grupo de cierta edad que viene por las mañanas y entrenamos todos los grupos musculares: piernas, core, tren superior... Es mantenimiento, con pocas cargas y más repetición, cuidando las articulaciones.
¿La gente sabe que su monitor es Dionisio Muñoz, dos veces olímpico?
Algunos sí, pero otros no. La gente joven no tiene ni idea. Ahora, con las redes sociales, internet, están siguiendo a youtubers... Y todo no es bueno. Están siempre mirando qué hace uno y otro. Es un poco triste y penoso, porque se hacen auténticas barbaridades, hay gente joven que no se ha adaptado a este tipo de deporte, no tiene las articulaciones preparadas, y empiezan a meter peso.
Así que hacen más caso a lo que ven en el móvil que a lo que les dice usted.
Por supuesto. Porque hay mucha gente que desconozca quién soy yo. No me gusta presumir, soy una persona sencilla.
¿No le da rabia que se tenga en consideración a los deportistas olímpicos cuando lo dejan?
Yo he conocido deportistas que han llegado a niveles altísimos, medallistas, que acabaron muy mal. Conocí a Blanca Fernández Ochoa y es una grandísima pena. En los Juegos de Tokio, Italia sacó un montón de medallas porque después de su carrera se meten de funcionarios, policías, bomberos... Reciben un apoyo. Y las apoyos económicos son el doble.
¿Cuánto le dieron a usted por ser finalista olímpico?
Nada, el diploma. Ni un céntimo. Es una pena. Yo pude encauzar mi trabajo pero hay mucha gente que se queda tirada. Me gustaría que se cubriera las espaldas de los deportistas de élite, como hacen los políticos.
¿Qué les diría a sus alumnos, si leen esta entrevista?
Que me pidan consejo, que para eso estoy -dice sonriendo-.


El niño que iba a por leña y se hizo gigante
Nació en una familia numerosa, muy numerosa. El pequeño Dionisio era el octavo de once hermanos, siete chicos y cuatro chicas, nacidos del matrimonio entre un albañil de Unzué y un ama de casa de Pamplona. Le tocó ir con 10 años a la serrería para conseguir la leña necesaria en su populoso hogar de Huarte, donde vivió la primera etapa de su vida, porque estaba muy fuerte y cogía con gran facilidad los sacos. El navarro, que a los 14 años ya estaba trabajando en un taller como aprendiz de mecánico, Doria Automóviles, tenía claro que lo suyo era el deporte. Un diamante en bruto así tenía que explotar en una especialidad que necesita gente con fuerza: la halterofilia.
Sus inicios fueron en la sección de Anaitasuna, pero no tardaron mucho en ficharle. Se marchó a Vitoria en 1978, aunque regresó un año después al echar de menos a su gente. Pero no estuvo mucho tiempo. El taller en el que trabajaba cerró y un año después se marchó a Madrid. Desde entonces, formó parte de la selección y su casa fue la residencia Blume, desde los 18 a los 30 años.
Como buena familia numerosa, los Muñoz han apoyado a su miembro más ilustre. “No han sido deportistas pero siempre me han admirado y respetado por dónde he llegado. Mis sobrinos se sienten muy orgullosos de que su tío haya competido en los Juegos Olímpicos”, dice sonriente.
Muñoz fue considerado el mejor haltera de su generación y de las posteriores, ya que durante muchos años nadie igualó su diploma olímpico y sexta plaza en menos de 62 kg en Los Ángeles (en la actualidad, en hombres, Andrés Mata ha sido tres veces finalista, la última en Tokio, y en mujeres, el palmarés de Lydia Valentín está a años luz del resto, con cuatro Juegos, tres medallas, una de cada color).
Al margen de su legado olímpico, con esas dos participaciones, el navarro fue oro en los Juegos del Mediterráneo de 1987, disputados en la localidad siria de Latakia.
Pasado mañana cumple 61 años y ahora no deja de ser una persona anónima, pero en su día fue un gigante.
DNI
Nombre Dionisio Muñoz Berrio
Fecha de nacimiento Huarte, 29-3-1961
Familia Soltero, sin hijos, tiene diez hermanos
Empleo Monitor de musculación en la AD San Juan
Palmarés Sexto en Los Angeles-84, olímpico en Seúl-88, oro en los Juegos del Mediterráneo Latakia-87