La resaca rojilla

Las paradojas de El Sadar

Un gran rival y ese riau-riau final que emocionó a todos

Estampa general de las gradas de El Sadar durante el partido del sábado contra el Villarreal
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Estampa general de las gradas de El Sadar durante el partido del sábado contra el Villarreal
Estampa general de las gradas de El Sadar durante el partido del sábado contra el Villarreal

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Fernando Ciordia

Actualizado el 07/03/2022 a las 08:28

No deja de ser curioso que en la temporada del estreno del nuevo Sadar con el público en la grada, Osasuna haya llegado a ser hasta esta jornada el segundo peor local del campeonato. Quién lo diría. Bien por la mística de fortín que ha alumbrado tradicionalmente a este estadio, bien por la clasificación global tan favorable. Supo mejor la celebración del sábado. Un gran rival y ese riau-riau final que emocionó a todos.

Tampoco deja de serlo que, en el día en se habían quitado las restricciones de aforo, no quedara claro si se podía entrar comida al estadio. Se generó cierta confusión en familias y cuadrillas. Muchos aficionados lo preguntaban en las horas previas. Algunos accedieron con su bocadillo sin problema. Otros se lo comieron fuera a toda prisa y no pocos se organizaron para almorzar en bares próximos a El Sadar como si de un 6 de julio se tratara. Sensación de normalidad y ganas de sentir un partido de fútbol en plenitud con previa incluida. La hostelería interior también funcionó con todo. Para el siguiente partido, no estaría de más que las autoridades decretaran el fin de esta supuesta prohibición de comer y beber en un recinto al aire libre, y evitar contradicciones.

Curioso es igualmente que cada semana que juega Osasuna en El Sadar, LaLiga proponga una sanción al club por insultos o palabras malsonantes por parte de un sector de Graderío Sur. Ocurre en cada campo, pero ¿qué responsabilidad tiene una entidad si un grupo de aficionados corea ‘Simeone cornudo’? Se hace el ruido con la noticia, pero la amenaza de este tipo rara vez se convierte en castigo. El informe va a Antiviolencia, de ahí a la Delegación del Gobierno y de ahí al club, con un plazo para alegaciones. Generalmente, todo se queda en papel mojado. La pregunta es si merece la pena hacer semejante publicidad de lo que se canta. Efecto no tiene. Otra cosa son los cánticos ofensivos graves.

En este Sadar de paradojas, se hace difícil entender que siga habiendo aficionados de una parte del campo, aunque sean dos, que hagan peinetas al Chimy cuando marca un gol.

O que la realidad de este mundo tan incomprensible que rodea al fútbol impida a un chaval de 19 años acceder con la camiseta del Atlético de Madrid si no es a la zona visitante. Se hace por seguridad para evitar incidentes mayores. Nunca tendría por qué haberlos. Pero es así de triste. Les pasa a rojillos cuando se desplazan.

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