La rojilla María Blanco confiesa cómo ha salido del pozo de la ansiedad y la depresión
La jugadora rojilla, de 21 años, abre su corazón para contar cómo ha superado un duro trastorno ansioso depresivo del que ha salido con la ayuda de su entorno y de un psicólogo, una ayuda que estima prioritaria


Actualizado el 20/03/2021 a las 09:01
Lo que van a leer ahora no es una entrevista. Es una conversación. Es una revelación. Y también, una prueba de vida. Quizá, sobre todo, esto último. Las enfermedades mentales siguen siendo tabú. Las personas que las sufren, estigmatizadas. La sociedad no sabe cómo afrontarlas, tratarlas ni acogerlas. María Blanco Armendáriz (Pamplona, 15-8-1999) ha decidido dar el paso, porque quería contar su historia, que es suya, pero también la de muchos otros seres humanos. Depresión, ansiedad, vivir en un pozo, no saber cómo salir de él. Y todo eso, con 20 años. Y María, jugadora internacional de Osasuna (que también ha estado en el Mulier y el Athletic), que tocó el cielo desde muy jovencita al jugar un Europeo y un Mundial, ha decidido dar el paso y explicar, con todas las letras, lo que le ha pasado, ahora que, por fin, es feliz.
¿Por qué quiere hablar, qué le ocurre?
A ver cómo empiezo...
¿Le resulta difícil?
Ahora no. Soy la primera persona que antes no quería hablar del tema, que no me abría como me abro ahora. Era la primera que estigmatizaba la enfermedad. Ahora no me da miedo. Quiero dar este paso. Es algo de lo que no se habla, que muchísima gente no habla y que no se puede permitir tratarse. Ir al psicólogo no debería ser un privilegio, debería ser algo a lo que todo el mundo pudiera acceder. A través de la federación, me pusieron en contacto con la Fundación Induráin y he estado un año yendo al CEIMD con Alfredo Úriz. Yo tuve la suerte de que me lo podía permitir, pero tengo mucha gente que no, y pasan del tema. En la Sanidad Pública, dicen que les darán cita no sé cuándo y volverán cada no sé cuántos meses. Y si estás mal pero no puedes ir, ¿qué haces?
Ha hablado de la ‘enfermedad’. ¿Le quiere poner nombre?
Sí. Empezó hace tiempo, a raíz de las lesiones.
¿Qué lesiones?
Me rompí en el Mundial de Jordania el cartílago de la rodilla, cuando estaba tocando con las yemas de los dedos el cielo. Había llegado al Athletic, había debutado en Primera... En un partido me cambió la vida. Tuve la suerte de tener el mejor readaptador que se puede tener y me operó también el mejor, pero me rompí otra vez. Fue una putada. En ningún momento tiré la toalla, pero parecía que tenía un gran futuro y me vi bajo tierra.
¿Cuántos años tenía?
En la primera lesión, 17, y en la segunda, 19. Me recuperé y volví, pero escaseaban los minutos y vine a Osasuna. Aquí explotó el problema. Me costó todo. Me tuve que cambiar de universidad, de Deusto a la UPV, y había muchas asignaturas que no me convalidaban. Tenía que ir a Vitoria todos los días, en vez de pasar a tercero volví a empezar en primero, con asignaturas de segundo que te coinciden en horario. Entré en un bucle y estaba muy triste. Empecé a perder interés en todo lo que hacía, comenzaron los dolores de tripa, el nerviosismo, una angustia continua. Llegué un día a casa y les dije a mis padres que necesitaba ayuda. Que no era feliz. Era una persona de 20 años sin ganas de vivir.
¿Y cómo reaccionaron?
Ya lo sabían. Habíamos hablado de pedir ayuda, pero lo dejas pasar. Y no se arregló. No me quería levantar, quería dormir continuamente. Era el único momento del día en el que no pensaba, porque estaba dormida. Mis padres me ayudaron. El primer día, me acuerdo de lo primero que me preguntó Alfredo: “¿Quién es María Blanco?” Y me rompí. Le conté toda la historia y me dijo que estaba en un momento depresivo y con trastorno de ansiedad. Le puso nombre a mi problema, aunque costaba escucharlo.
¿Se quedó tocada con el diagnóstico?
Por un lado, choca, porque es algo de lo que no se habla. Y menos en el deporte, que parece que nuestra vida es idílica. Salí muy mal, pero era esencial ponerle nombre a lo que sentía.
Y en clase, ¿lo contó a alguien?
A mi tutor y a una amiga. Paso muchas horas en Vitoria. También eran una carga todas esas horas en coche. Me preguntaba por qué tenía que ir todos los días. Por qué no era una persona normal, que se levanta, va a la uni, por la tarde estudia, se toma un café con los colegas y se va a dormir tranquila. Yo me decía: “¿Por qué no soy feliz?” No quería estar así.
Ha dicho que no tenía ganas de vivir. ¿Puede explicarlo?
Sí, en el sentido de que no tenía ganas de hacer lo que antes me encantaba. Y me empecé a preocupar mucho. No tenía ganas de estudiar, ni del fútbol... Es una angustia continua y sólo quieres dormir.
¿Tuvo pensamientos destructivos?
No, pero siempre estaba triste. Se me hizo muy, muy duro. Era insegura hasta niveles extremos. Tengo en mi cuarto camisetas y me quedaba mirándolas y pensaba: “Qué desgraciada soy”. En vez de sentirme orgullosa de todo lo que había conseguido, pensaba que no me merecía lo que estaba pasando, que el fútbol me debía una.
En Osasuna, tenía pocos minutos y estaba mal. ¿Causa y efecto?
Nadie sabía que yo estaba así, aunque se hicieran una idea de que no estaba en buen momento. Era un bucle continuo. Las personas nos creamos inconscientemente unas expectativas muy altas sobre nuestro futuro. Pero en un segundo te cambia la vida. Yo he jugado con futbolistas que ahora están en lo más alto. Pero el 7 de octubre de 2016 me cambió la vida, cuando me lesioné. También me ha servido para aprender. El fútbol está genial, pero dices: “Baja a la realidad, que mira lo que te ha pasado”. Tenía en la habitación un cuadro de mi debut con el Athletic y le decía a Alfredo: “Voy a quitar ese puñetero cuadro de ahí”. Y me dijo que no. Que tenía que ver que debía superarlo, porque siempre iba a estar en mi vida. Que era una afortunada. Con 8 años estaba en la puerta del colegio, vi una estrella fugaz y pedí jugar en Osasuna. Y se cumplió mi sueño.
¿Cómo ha sido el proceso?
Lógicamente, ha habido días malísimos. Hay gente que no sale de esto, o que está años. Yo he tenido suerte, porque me ha acompañado la cabeza, el cuerpo, la gente de mi alrededor y un psicólogo que era mi ángel de la guarda. Yo exteriorizaba cosas que él entendía al completo. Lo más difícil es que la gente entendiera mis comportamientos.
¿Físicamente qué notaba?
Me dolía la tripa y tenía unos nervios que no eran normales, en la boca del estómago. Tenía pánico a que me preguntaran qué tal estaba, porque llevaba la careta de una persona feliz.
¿Le ha pasado factura ocultarlo?
Lo que sé es que no hay que hacerlo. La gente de verdad sí que lo sabía. Les escribí una carta muy dura y se la mandé. Fue un antes y un después para que mis amigas y mi pareja lo entendieran.
¿Le apetece contar lo que escribió?
Les decía que me levantaba sin ganas de nada, que iba a Vitoria en coche con una angustia extrema, pensando en que todo era una mierda. Mi vida era una mierda. Y hasta que me iba a la cama llorando y llorando hasta que me quedaba dormida.
¿Y por qué se sentía incomprendida hasta el punto de escribir esta carta?
Porque hasta que no vives tú este problema no lo entiendes. Tenemos una idea de que hay que estar bien, el Mister Wonderful de los cojones, de que hay que ser felices... No. En esta vida nos pasan cosas tristes y tenemos que permitirnos llorar, tener un día entero malo, o una semana. Tenemos que vivir todo lo que hay que vivir. Yo cuando me lesioné, no me permitía estar triste. Ahora no. Si estoy triste, lo estoy. Y mañana será otro día.
Así que piensa que la sociedad está dirigida por campañas de márketing que obligan a una felicidad impostada.
Sin duda. Al margen de Mister Wonderful, yo también me obligaba a ser feliz cuando tenía un montón de problemas. Nos tenemos que permitir tener días malos y hay cosas que hacen daño, como crear miedo a pedir ayuda. Si te rompes la rodilla vas al traumatólogo, pues cuando te sientes mal, vas al psicólogo.
¿Notó en algún momento que cansaba a su entorno?
Sí. Parece que estás contando siempre la misma historia. Mi pareja me ha ayudado, siempre ha estado conmigo. Yo sentía que le estaba aburriendo. Pero he tenido la fortuna de tener gente que no se ha separado de mí. Yo me imaginaba la imagen de un pozo, tú sola no puedes salir, pero si te tienden muchas manos, es más fácil.
Ha estado en un pozo...
Sí, pero ya he salido.
¿Había más cosas además del fútbol?
Sí, pero sobre todo haberme visto tan arriba y de repente tan abajo. Y te afecta en todos los planos de la vida, en los estudios, en estar con mis amigas... Siempre estaba riendo y haciendo reír y lo perdí. Detrás de una sonrisa, puede haber muchas cosas. Hay que mirar más allá.
¿Y sus padres le decían que dejara el fútbol?
Fue un momento de desesperación. Vivieron una odisea conmigo. No querían verme así, pero yo les dije que no quería dejarlo. Mi padre me escribía mensajes y se me quedó grabado cuando me decía al final de cada parrafito “Hasta la victoria siempre”. Y fue así. Estaba fatal pero siempre tuve un hilito de esperanza.
Nadie tiene que pasar por todo esto, pero a cualquiera persona le puede pasar, aunque no lo crea.
Yo era la primera que creía que no podía pasarme. Pero vivirlo encendió un interruptor. No hace falta tener un problema. La mente es un mundo. Y no nos enseñan a gestionar nuestras emociones, tendría que educarse en las escuelas.
Y a cualquier persona le podría venir bien un/a psicólogo/a.
Hay gente que no cree que está mal, otros estando mal no van, y otros no pueden porque no se lo pueden permitir. Esta enfermedad la tiene cualquier persona, también las que no tienen recursos, y es algo que requiere un tratamiento continuo.
¿Toma medicación o le han dado otras herramientas?
No tomé medicación para la depresión, lo solucionamos hablando. Me ha ido genial. Entiendo que la gente se tenga que medicar, pero en mi caso hablar, crear unas pautas, es lo que me ha llevado a estar feliz.
¿Qué ha aprendido de usted misma?
Que me creía que era capaz de todo, hasta que me di cuenta de que sola no podía.
Eso demuestra mucha madurez con 20 años...
Sí, pero tuve que caer muy bajo. También me di cuenta de que el fútbol es lo más importante de mi vida, porque aun estando así, no lo dejé. He vivido desde pequeña con un balón y hasta que me muera voy a estar así.
Y esta nueva María segura, confiada, ¿en qué medida influye en la temporada que está haciendo?
Este verano hice cambio de chip, empezaba a ser feliz y a disfrutar. Tenía ganas de todo. Durante el confinamiento le di vueltas y descubrí que tenía mil planes que hacer, volvió mi ambición. Y he tenido la suerte de que Kakun y el cuerpo técnico cayeran en Tajonar. Son personas muy cercanas y eso me ayudó mucho. También las compañeras. Leyre Fernández sabía todo y no se separó de mí. Todas me han apoyado, sabían que estaba mal, aunque no hasta este punto. Ahora confío en mí un montón. Pensaba que se había acabado todo y ahora tengo muchos sueños.
Cuéntenos esos sueños.
Yo estoy muy a gusto aquí y ojalá hablemos en junio y estemos en Primera. Y jugar en El Sadar. Empecé en Osasuna muy pequeña, mi abuelo (Miguel Blanco) entrenó al primer equipo, mi padre también fue entrenador. Y defender esta camiseta es para mí lo máximo. Le diría a las personas que están pasando por esto que se sale, que luchen lo que puedan. Quiero que lo que he contado sirva para intentar ayudar a la gente a comprender sus sentimientos y a visiblizar que esto también pasa en el deporte. Tengo muchos sueños, para el fútbol para la vida, y puedo decir que soy una persona plenamente feliz. Con sus días malos, pero feliz.
María luce numerosos tatuajes, pero el que se imprimió en el brazo izquierdo el jueves es el más simbólico. Al contar su significado le tiembla la voz. “Lo llevaba pensando mucho tiempo. Es la historia de mi vida. Son unas escaleras que suben hacia la puerta de los sueños, que está abierta. Esta niña soy yo. Tiene el 17 a la espalda y un balón. Está subiendo las escaleras, que están un poco rotas, se caen a trozos. Y simbolizan mi vida, he subido escalones, he cumplido muchos sueños, he superado uno de los más duros que voy a vivir, pero la puerta de los sueños sigue abierta. Las nubes y el cielo simbolizan los sueños. Y los cuatro pájaros, mi padre, mi madre, mi hermano y mis amigos. Ellos, desde arriba, han estado conmigo, cuando llegué lejos y cuando he estado abajo”, explica la versátil rojilla. “La idea es mía y Garazi Facila (compañera de equipo) me hizo un boceto. Yo dibujo fatal y ella plasmó esa idea. Viene a decir que empecé el camino de niña, que el camino ha sido muy difícil, que en un momento pensé que se había acabado pero no es así. Tengo muchos sueños y voy a luchar por conseguirlos, gracias al apoyo de mi gente”, dice emocionada.
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