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CICLISMO
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La cabeza del ultrafondista

Javier Iriberri Villabona, de 46 años, casado y padre de dos hijos, trabaja en Diario de Navarra. Corrió en el Club Ciclista Villavés, donde más tarde fue director deportivo durante 16 años. En 2000 comenzó a disputar pruebas de ultrafondo. La última, la Race Across América en la que fue 3º

20/03/2019 a las 06:00
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  • Javier Iriberri
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El año pasado tuve una espada láser que, con el movimiento, se iluminaba con un rojo vivo y simulaba el mismo zumbido que la de Darth Vader. Era una pasada. Bromeamos mucho con ella, tanto que, al volver de mi pequeña Race Across América, pensé en llevarla conmigo, más que nada para que me echase una mano a la hora de explicar que el ciclismo de larga distancia no es cuestión de cabeza.

Después de preparar toda la logística que lleva una prueba con su equipo de apoyo, todo el entrenamiento para una contrarreloj individual de más de cinco días, diez o uno, me da igual, después de trabajar todas las noches con ejercicios de core, trx y demás, una de las preguntas que más me chirría cuando me la hacen es: “¿Eso tiene que ser mucho de cabeza, no?” En ese momento, sacaría la espada láser a pasear.

La pregunta es normal, también hay que reconocerlo. Uno cuando ve la carrera a miles de kilómetros de distancia se imagina al deportista en la tesitura de que no puede más y piensa en acabar con el sufrimiento con una retirada y nada más. Piensa en que en ese momento la fortaleza mental del corredor hace llevar su cuerpo hasta el límite y terminar pase lo que pase. Suena bien, vende mejor, pero no es así.

La manida “cabeza” se trabaja desde meses antes de la prueba y en una sola dirección, en un único pensamiento. En mi caso se parece a “es la carrera la que elimina al corredor”. Es decir, el abandono no es una opción después de bajar la rampa de salida. La única opción para el abandono es el fuera de control, nada más. Que sea la propia carrera la que te mande para casa. Siempre se sigue, con cuidado, pero nunca se para. No hay otro planteamiento. Así la retirada no es una opción en carrera.

Claro que hay ratos malos, pero deben ser los menos y desde luego aprender de ellos. Los malos ratos se generan por errores, generalmente por un ritmo mal llevado, una alimentación incorrecta o una deficiente gestión del sueño, que se debe corregir sobre la marcha. Si se tarda mucho en rectificar y retomar la carrera, estaremos fuera de ella. La carrera nos habrá echado. No nos hemos ido nosotros y tomaremos buena nota de estos fallos para la siguiente prueba. Aquello de que lo malo se olvida y uno se queda con lo bueno es como para volver a sacar la espada láser a pasear.

Pero vamos a ponerle un porcentaje, que eso también suele ser una pregunta típica. Me voy a mojar: 80% físico y 20 % cabeza. ¿Estáis de acuerdo?

Mirad, cuando hice la Race Around Austria estuve todo el año dándole vueltas al tiempo que podía hacer allá por los Alpes y el Tirol austríaco: puertos a más de dos mil metros y bajadas tremendas a los valles y así sobre 2200 kilómetros día y noche. La lluvia es lo peor que me puede pasar. Comenzó a llover en la rampa de salida de la carrera y no paró en los dos primeros días. En ese momento, tiras de cabeza, claro, pero sólo para recordar lo que te ha llevado allí, el entrenamiento realizado. Miras al equipo de apoyo y su ilusión y te acuerdas de la familia. Buscas razones y las encuentras porque las tienes y sigues hacia adelante. Eso es tirar de cabeza.

O busco la felicidad en estas carreras y la de mi equipo de apoyo. ¿Por qué tenemos que asociar el “ultrafondo” a algo agónico? ¿Quién quiere un sufrimiento extremo hasta límites insospechados? Que sea Egan Bernal el que busque sus límites en el próximo Giro de Italia, que por cierto pinta muy bien para él.

Tranquilos, que nadie se cruce de acera cuando me vea y que sigan las preguntas. La espada láser era de juguete y además se la devolví a Daniel, su dueño, un niño de 5 años, hijo de unos buenos amigos, que me mandó el siguiente audio: “Que sí, que sí, que la fuerza es intensa en ti, pero devuélveme la espada que es mía y quiero jugar”. Y me quedé sin espada, claro.

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