RESTAURACIÓN
132 años escondido tras el barniz
Su estado era deplorable y el vecino de Barañáin se arrepintió un instante de haberlo comprado por Internet. Hasta que ha visto el resultado tras haberlo restaurado un taller de Pamplona. Hoy posee un cartel de Sanfermines de 1884, el tercero más antiguo de la Historia


Actualizado el 04/11/2016 a las 10:30
Un año más, Pablo Sarasate iba a regresar a Pamplona por San Fermín, para participar en los conciertos matinales de la sociedad Santa Cecilia. Como intérprete internacional, la agenda del músico navarro estaba apretadísima, pero siempre encontraba hueco para volver a las fiestas de la capital navarra y que sus paisanos le disfrutaran. Y es que lo había hecho sin interrupción desde 1876. Hasta que llegó la excepción, julio de 1884.
“Sarasate era la estrella, pero la aparición del cólera cerró las aduanas, no dejaron pasar de Francia a España y no vino”. La anécdota la cuenta el vecino de Barañáin Josetxo Ollo Jaurrieta, de 51 años. La conoce porque investigó sobre aquel julio, que le interesó al comprar hace dos años a un anticuario de Madrid el cartel de los Sanfermines de 1884 en el que se anunciaba la presencia del maestro. Ollo habla de esto mientras mira el cartel. Y es que hubo un momento, cuando lo compró, que dudó de si la adquisición no había sido una locura: el cartel estaba tan estropeado... Pero hoy, cuando ve el resultado tras pasar por las manos de la restauradora pamplonesa Susana Leoné Eguaras, sonríe: no se equivocó. La suya es, que se sepa, la segunda copia que existe -el Ayuntamiento de Pamplona no lo posee- junto a la que se guarda, catalogada, en la Biblioteca Nacional, en Madrid, “impecable” y perteneciente al patrimonio nacional. Ollo aporta otro dato para conceder valor histórico a la litografía: en 1881 comenzaron a hacerse carteles de manera oficial, “así que éste es el tercero más antiguo de la Historia de los Sanfermines”.
“CARTEL MUY ESTROPEADO”
Tiene una altura de algo más de 2,60 metros y una anchura de 1,30 y está dividido en seis cuadrantes. ¿Por qué es tan grande? Porque los carteles se pegaban en las paredes para ser vistos y llamar la atención desde la distancia, como hoy los anuncios en calles y carreteras. “La mayoría de aquellos carteles se tiraban. Pero está visto que alguien guardó por lo menos éste”, puntualiza Ollo. Está firmado por Marcelino de Unceta, un dibujante, ilustrador, cartelista y pintor zaragozano al que le encargaron hacerlo. A Unceta -que decoró la cúpula central de El Pilar de Zaragoza- se le atribuye haber realizado el primer cartel de toros, en 1879.
Ollo cuenta además que en las publicaciones sobre las fiestas de Pamplona apenas figura este cartel como el anunciador de los Sanfermines de 1884, sino que lo hace en su lugar la ilustración del programa de aquel año. No obstante, él supo enseguida que lo que aquel anticuario estaba vendiendo era el cartel, ya que había visto en un coleccionable la copia que está en la Biblioteca Nacional. Más que carteles, antes de esa fecha se realizaban “anuncios de corridas de toros”, como uno de 1841 que tiene un pariente o los que pueden verse en el Archivo de Pamplona.
El vecino de Barañáin dio con el anticuario de Madrid a través de la web milanuncios.com. Aficionado a “todo lo que tenga que ver con los Sanfermines”, explica que heredó de un pariente tres programas de 1894, 1895 y 1900 y que ha ido ampliando su colección. Le cuesta “mucho esfuerzo” porque, como dice, no es un millonario, sino un trabajador de la cadena de una fábrica.
Buscando en esta web si algún anticuario poseía material interesante, halló el anuncio del madrileño: “Cartel de San Fermín muy antiguo. Está muy estropeado pero puede valer para restaurar”. Ollo se decidió y lo compró. 600 euros. Era febrero de 2014.
Y se asustó cuando llegó a su casa por correo: el anticuario había sido sincero sobre su estado. El cartel estaba entelado -“imagino que en su día se hizo para que aguantara más”-, casi troceado, “hecho polvo”, “muy barnizado, muy sucio”. “¿Dónde me he metido?”, se preguntó, contemplándolo extendido en el suelo del salón de su casa. “Pero enseguida vi que estaba entero”.
Temeroso de estropearlo aún más, volvió a enrollarlo como si fuera una alfombra persa -igual que como lo había recibido-, lo metió en una caja y lo llevó a una tienda de cuadros cercana para colocarlo tras una placa de metacrilato y tratar de preservarlo, algo. El propietario del comercio se quedó “alucinado porque no había visto un cuadro tan grande en su vida”.
Precisamente por su tamaño decidieron utilizar metacrilato en lugar de cristal, más ligero el primero, ya que el cristal hubiera complicado mucho su traslado por el peso.
Fue a través de un anticuario de Pamplona que contactó con el taller de conservación y restauración Erpa y su especialista en papel, Susana Leoné Eguaras. “Para algo bueno que tengo de antiguo, voy a intentar que se restaure”, pensó Ollo antes de dar el paso. Al tener que compaginar este trabajo con otros, el cartel ha estado en las dependencias de Erpa algo más de un año. No obstante, para poder imaginar cuál era su estado, la experta señala que “de haber trabajado en él con dedicación exclusiva hubieran sido necesarios seis meses tranquilamente”.
EL DESCUBRIMIENTO
Susana Leoné explica que el mal estado del cartel era comprensible precisamente por haberse empleado papel para realizarlo, con el objetivo de pegarlo en la pared y quitarlo después sin problemas, lo propio en la época. “Si ya entonces el papel era muy malo, para esto se utilizaba de lo malo lo peor”.
La cuestión es que quien poseyó este cartel lo había entelado y había pegado después la tela con cola blanca a una madera, para que fuera más fácil enmarcarlo. Respecto de la litografía, estaba recubierta de barniz, “que no era lo habitual, ya que los carteles eran efímeros, para los días que anunciaban las fiestas”.
Tenía varias capas de goma laca, “muy gruesa y heterogénea”, un material que, con el paso del tiempo, afecta más al papel, lo va oxidando y se va volviendo más oscuro. “Por eso no se veían casi los colores”. Así, conforme fue eliminando la goma laca rascando con un bisturí, el cartel, “de lo frágil que era, se rompía en trocitos, como un mosaico”. La buena noticia: la goma laca había protegido los colores.
Tras retirar la tela, la restauradora se quedó con los seis cuadrantes que componían el cartel, lo que le facilitó poder intervenir en cada uno. “Con ese tamaño, si el cartel hubiera estado en una sola pieza, habría sido más complicado trabajar con él”.
Las hojas se lavaron en agua para quitar suciedad y restos de cola blanca que tenía en la parte de atrás por haberlas pegado a la tela. “Las tintas que se utilizaron son muy estables, y en las zonas donde no había era porque se las había comido la goma laca”.
A partir de entonces comenzó el trabajo de consolidación. Por ejemplo, organizar como si fuera un puzzle los trocitos que se habían ido desprendiendo en el proceso de eliminación de la goma laca. Además, en aquellos sitios donde había grietas, la experta empleó papel japonés a modo de tiritas, mismo material con el que laminó la litografía, colocándolo por detrás para reforzar el cartel. Y en las zonas en las que directamente faltaba el papel, injertos de otro similar.
Leoné pasó después a trabajar el color, pintándolo con lápices y pastel -un material similar al carboncillo pero no negro- en aquellas zonas en las que faltaba. Fijó a continuación la litografía con un barniz, que además lo protegerá. Y finalmente lo montó sobre un cartón, pero sin pegarlo, para evitar bolsas en el futuro y para poder separarlo sin riesgo a dañarlo.
La limpieza y restauración permitió descubrir el dibujo del entonces Teatro Principal (ahora Teatro Gayarre) que estaba en la Plaza del Castillo y el paso delante de él de calesas, toreros y caballos -sin peto- montados por los picadores. Ollo relata que también un encierro “algo sui generis” y que iban a celebrarse corridas de toros cuatro días “y uno de prueba” el 7, 8, 9 y 10 de julio -“como los caballos no llevaban protección aquel año murieron 50”-; que los toreros serían Currito, Gallito y Valentín, y que “1884 fue también el primer año que no hubo toros de Carriquiri, cuyo ganadero había muerto ese mismo enero”. Y que el cartelista no conocía muy bien el escudo de Pamplona: lo dibujó sin cadenas, con fondo azul y con el león mirando al otro lado. “Pero, aunque raro, es el escudo de Pamplona”.