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Cine

El último videoclub abierto

Un documental estrenado en TCM descubre el único local de la cadena Blockbuster que sigue funcionando en EE UU

El último videoclub abierto
El último videoclub abierto
    Actualizado el 06/06/2021 a las 08:49
    El último Blockbuster es a la cultura de videoclub lo que Cinema Paradiso a las salas: una elegía por una forma de consumir películas que dominó el mundo durante dos décadas. En 1989, Giuseppe Tornatore conjugó un registro desvergonzadamente sentimental al contar el despertar a la cinefilia de un chaval en la Sicilia de los años 40, pupilo de un desengañado proyeccionista. Cinema Paradiso era una cabalgata nostálgica por la memoria colectiva de varias generaciones crecidas en las salas de barrio, que a finales de los 80 ya cerraban en masa.

    Los cines, defendía el director italiano, albergaban el espíritu de una comunidad. Lo mismo que los videoclubes, sostienen Taylor Morden y Zeke Kamm, autores de El último Blockbuster, que acaba de estrenar en España el canal TCM. Cuando empezaron a rodar hace dos años, todavía quedaban locales de la cadena de videoclubes más poderosa que ha existido en Alaska y Australia. Al terminarlo, solo permanecía abierto uno en Bend, una ciudad de Oregón de la que son originarios Morden y Kamm.

    El documental cuenta la historia de una compañía que nació en Dallas en 1985 y que en 2004 tenía más de 9.000 establecimientos a nivel mundial (en España llegó a haber casi un centenar). La puntilla, al contrario de lo que se piensa, no se la proporcionó Netflix, sino la crisis financiera de 2008 y unas malas decisiones empresariales. Blockbuster, que también mantenía una división digital, tuvo la posibilidad de comprar Netflix, pero no le vio futuro a una firma que había empezado enviando DVD por correo.

    Morder y Kamm recuerdan que en los inicios del magnetoscopio las cintas costaban 100 dólares. A algunos comerciantes avispados se les ocurrió que podían adquirir cintas para alquilarlas, amortizando el coste de compra. Los estudios de Hollywood intentaron impedirlo y acudieron al Tribunal Supremo, que desestimó su demanda. Nacían los videoclubes, que se fueron adaptando a los cambios tecnológicos y a los diferentes sistemas (Vídeo 2000, Láserdisc, Beta, VHS, DVD) hasta fenecer por culpa de la tele de pago y el streaming.

    El último Blockbuster se detiene en la liturgia de los establecimientos. El carnet que convertía en afortunado socio; el carácter tangible, físico, de las películas; el placer de perderse en las estanterías, disfrutando de las portadas y la lectura de sinopsis; la labor de asesoramiento de los dependientes, origen humano del algoritmo de Netflix; el anaquel de las cintas porno, responsables de una importante parte de la facturación de los locales; el olor a plástico, moqueta, chucherías...

    La heroína de El último Blockbuster es Sandi Harding, la gerente del videoclub de Bend, convertido en lugar de peregrinación al que acuden cinéfilos de todo el mundo. En su tienda han trabajado todos sus familiares y muchos clientes han acabado siendo amigos tras décadas alquilando películas. Ella se ocupa de comprar los estrenos en grandes superficies o incluso en Amazon.

    “La codicia corporativa fue el verdadero asesino de Blockbuster”, defiende Zeke Kamm, guionista y productor del documental. “A medida que investigamos y aprendimos más, nos quedó claro que todo era más complicado que culpar de la desaparición de la cadena a Netflix y las plataformas de streaming”. Minusvalorar la importancia de Netflix no fue el único error de la compañía, pionera en informatizar su método de funcionamiento. No cobrar los recargos por no devolver las cintas a tiempo también causó estragos. La posterior venta de la compañía a Paramount significó el principio del fin.

    El director Kevin Smith vaticina en el documental que los videoclubes pueden resurgir, como ha ocurrido con las tiendas de vinilos. La tienda de Bend, con 4.000 socios y 25.000 títulos (a 3,99 euros los tres días de alquiler), se beneficia de su condición de aldea gala de Astérix. “La gente me pregunta cómo compito con Netflix”, se sincera Harding. “Yo les respondo que no competimos con las plataformas de streaming. Nosotros damos un servicio de atención personal al cliente que no puedes disfrutar desde tu sofá”.
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