Descubren que un joven de Sagüés (Cizur) fue el segundo navarro de los Últimos de Filipinas

Una sola letra ocultó durante décadas que José Sanz Veramendi era navarro

Diego Val Arnedo, junto a algunas de las vitrinas que forman parte de la exposición sobre el 125 aniversario del sitio de Baler
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Diego Val Arnedo, junto a algunas de las vitrinas que forman parte de la exposición sobre el 125 aniversario del sitio de Baler
Diego Val Arnedo, junto a algunas de las vitrinas que forman parte de la exposición sobre el 125 aniversario del sitio de Baler

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Jesús Rubio

Publicado el 10/11/2024 a las 05:00

Julián Galbete Iturmendi, de Morentin, ya no es el único navarro entre los últimos de Filipinas. Hubo otro. Se llamaba José Sanz Veramendi, murió en febrero de 1899 de beriberi después de resistir durante ocho meses el sitio de Baler, el terrible asedio al que insurrectos filipinos sometieron a un destacamento español durante 337 días. La presencia de Galbete Iturmendi entre los llamados héroes de Baler se conocía. De hecho, fue el primer soldado español que cayó en el sitio, abatido por un disparo mientras vigilaba desde la torre del campanario de la iglesia donde se refugiaban los españoles. Sin embargo, que Sanz Veramendi fuera navarro no se descubrió hasta hace apenas dos años y prácticamente no se había hecho público hasta que ahora, cuando se cumplen 125 años de aquel sitio que ha dado lugar a libros y películas, y que fue un episodio que marcó a españoles y foráneos de su tiempo, el Archivo de Navarra le dedica una microexposición en la que aparecen los documentos que dan cuenta de la participación de Sanz Veramendi.

Una sola letra ocultó durante décadas que Sanz Veramendi era navarro, de la pequeña localidad de Sagüés, en la cendea de Cizur. “Las dos fuentes sobre el asedio, el diario del teniente que mandó el destacamento al final, Saturnino Martín Cerezo, y el relato que escribió uno de los tres religiosos franciscanos que estuvieron con los soldados le mencionan como Sanz Meramendi, y no Veramendi. Eso hizo que pasara desapercibido inicialmente”, explica Diego Val Arnedo, jefe de negociado de coordinación archivística y encargado de montar la microexposición que se puede ver durante todo el mes de noviembre. “Hubo además una suma de circunstancias”, añade. Los dos navarros de Belar habían nacido el mismo año, 1876, y pertenecían al mismo reemplazo del servicio militar, el de 1895. Sin embargo, el de Morentin era el segundo hijo y cuando murió a los 22 años, sus padres seguían vivos. “Y quienes nos recuerdan fundamentalmente son nuestros familiares”, apunta Val. En cambio, el de Sagüés era el pequeño de siete hermanos. Cuando marchó al servicio militar, su padre ya había muerto, y cuando murió con 23 años, su madre ya era muy mayor. Además, se daba la circunstancia de que este soldado, José Sanz, tenía un hermano mayor, llamado José Manuel, con el que fue fácil confundirse.

No ocurrió hasta hace más o menos dos años cuando dos investigadores, Miguel Ángel López de la Asunción y Miguel Leiva Ramírez, que revisaban las pensiones que se dieron a los familiares de los soldados fallecidos en el asedio de Baler, descubrieron que una se había concedido a una tal Juana Veramendi, de Sagüés, en Cizur. “Fueron hilando las pistas y se dieron cuenta de que ese hermano mayor, José Manuel, no podía ser, porque en época del asedio debía de haber tenido más de cuarenta años, demasiados para un soldado raso ”. Fue entonces cuando pensaron que ese José Sanz Meramendi de las crónicas podría ser en realidad Sanz Veramendi, un hijo más pequeño de Juana. Después, con los datos que les dieron los dos investigadores, en el Archivo pudieron encontrar el libro de registro que “efectivamente en el cupo de Cizur de 1895 aparece José Sanz Veramendi”.

HAMBRE Y ENFERMEDADES 

Los dos navarros formaban parte de los 57 soldados que resistieron en una pequeña iglesia y sus aledaños las embestidas de los insurrectos filipinos incluso más allá de que España se rindiera y cediera las islas a EE UU. Sobrevivieron 33, pero más de veinte murieron. Unos pocos cayeron por las balas de sus enemigos, como ocurrió con Julián Galbete, pero a la mayor parte les pasó lo que a José Sanz, que fallecieron por enfermedades como el beriberi, que aparece cuando falta la vitamina B1. Los soldados, durante gran parte del sitio, comiendo solo arroz pulido, que carece de este compuesto.

En varias ocasiones les pasaron periódicos para convencerles de que la guerra había terminado, pero no les creyeron. Sólo cuando el teniente Martín Cerezo leyó una noticia sobre un conocido suyo, que los insurrectos nunca podrían haber inventado, se dieron cuenta de la realidad y decidieron aceptar una “rendición honrosa”. “Y aún así, los soldados no querían. Les tuvo que convencer uno de los religiosos. Eso habla de su sentido del cumplimiento del deber”, señala Diego Val.

La microexposición que ha puesto en marcha en el Archivo habla de estos hechos y también de cómo afectaba a las familias que uno de sus hijos salieron como soldado. Por eso, aparecen documentos sobre las pensiones con los que les compensaron después. En las vitrinas aparecen, por ejemplo, el documento en el que el propio Julián Galbete, antes de partir, acepta las 75 pesetas con las que las autoridades locales compensarían a la familia por su ausencia. También el documento que firma la madre del soldado de Morentin, “porque dice que el padre no sabía firmar”, aceptando la pensión ordinaria que le correspondía tras el fallecimiento de su hijo, o la petición para que se les concediera también otra pensión añadida, la que el Poder Legislativo aprobó expresamente para los soldados de Baler por su heroicidad. Porque en aquellos tiempos, en España y también en EE UU y otros países, los militares que vivieron ese asedio de once meses se les conocía como los héroes de Baler. “Sólo fue a partir de 1945, cuando hicieron una película sobre ellos y la titularon Los últimos de Filipinas, cuando todo el mundo les conoce así”.

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