Obituario

Satur Napal Lecumberri, urólogo y escritor

Satur Napal Lecumberri, en 2014 en la presentación de un libro
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Satur Napal Lecumberri, en 2014 en la presentación de un libro
Satur Napal Lecumberri, en 2014 en la presentación de un libro

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Juan Cruz Alli Aranguren/Daniel Ramírez García-Mina

Publicado el 03/07/2024 a las 08:07

El viernes 28 de junio falleció Saturnino Napal Lecumberri (Murillo el Fruto 1955-Pamplona 2024). A su viuda María Jesús y demás familia expreso mi condolencia.

Su vida y obra han sido la de un médico escritor, practicando la medicina en el Hospital Universitario de Navarra, investigando y publicando estudios de su especialidad en urología. Napal optó por compaginar la vocación profesional con la afición, como Marañón o Laín, mientras Conan Doyle, Maugham, Celine o su admirado Pío Baroja renunciaron a ejercer la medicina.

Formó parte del elenco de médicos que, a lo largo de la Historia han practicado la literatura. La inmensa mayoría de sus compañeros, que no han redactado obras literarias, sostienen, con razón, que las historias clínicas que elaboran son la forma de relatar la vida de los pacientes, cuya acumulación refleja una sociedad y su tiempo. Cuando, además, se realizan estudios de las experiencias clínicas, se hace literatura científica. Flaubert, que fue miembro de una familia de médicos, sostuvo que la escritura debía estar tan próxima a las personas como los médicos, ejerciéndose con “mirada médica”, reprochando a Lamartine que carecía de la “visión de aquello que realmente importa, y que es el único medio para conseguir los grandes efectos de la emoción”.

La obra científica y literaria de Napal lo acreditan como un científico humanista con vocación literaria. Sus investigaciones y estudios son aportaciones a su especialidad médica en seis libros y ocho artículos sobre urología.

Su primer libro literario recogió su Viaje por Navarra y entierros en el campo (2004). Fue coautor con Raquel Ruiz y Jesús Tanco de la obra Ujué. Historia y tradición (2011).

En la obra basada en hechos reales, Un caserón en Castilfrío. Aventuras de una familia catalana en Soria, prologada por Sánchez Dragó, (2021), plasmó la vida rural en una localidad de la España vaciada y de sus tramas de relaciones.

Fue entusiasta lector y profundo conocedor de la vida y obra de Pío Baroja, conocido por algunos como “el hombre malo de Itzea” o “el impío D. Pío”. Se integró en el “barojianismo”, que forma una “secta constante de lectores que se afirma con el paso del tiempo”, como la describió Cecilio Alonso en la edición de un Epistolario 1933-1955.

ENTUSIASMO BAROJIANO

Inició su obra sobre el novelista con Itinerarios barojianos por Navarra (2006) y continuó con Baroja, siempre Baroja. Pío Baroja 1872-1956 (2019). En esta recogió sus vivencias buscando su “alma” a través de su hermana Carmen y su sobrino Julio Caro, considerándole un soltero romántico y sentimental que siempre vivió con su madre que le marcó.

El artículo Barojianos y antibarojianos (Pregón, 68, 2023) expresó su identificación con el escritor de Itzea: “En unos tiempos en los que la corrección política se ha adueñado de la vida, son imprescindibles la mordacidad de Baroja, su irreverencia intelectual y su recelo frente a todo y frente a todos.

Baroja siempre fue un heterodoxo y muchas de sus inquietudes conservan plena vigencia en la actualidad”.

En D. Pío Baroja y Pamplona (Pregón, 71, 2024) describió la infancia del escritor en la casa de la calle Nueva, el ambiente y personajes de la ciudad amurallada, buscando su fondo sentimental y los ecos de las experiencias adquiridas, sobre las que realizó observaciones y paralelismos con sus vivencias de niño libre en su localidad.

En su Visita a Itzea (Pregón, 66, 2023) fue recibido, con su amabilidad característica, por Pío Caro, su esposa Josefina Jaureguialzo, sus hijos Carmen y Pío, fieles custodios de la casa, las tradiciones familiares y la editorial Caro Raggio. Consideró la casa de D. Pío como “un lugar de peregrinación. Tolstoi posee su Yasnaia Poliana y James Joyce, su Dublín natal. De la misma manera Baroja tiene el suyo, Itzea, el caserón que compró y rehabilitó en Bera, en la montaña de Navarra. Como todo buen barojiano, también presumo de mi visita a Itzea, la romería a La Meca de todo buen amante de don Pío.”

A pesar del entusiasmo barojiano de Satur Napal, no tengo constancia de que se adhiriese a la propuesta de D. Pío de crear un país del Bidasoa “limpio, agradable, sin moscas, sin frailes y sin carabineros”. Debió pensar con el proponente que una “nación del Bidasoa, libre y amable es una cosa bella para un chapelaundi, pero es perfectamente utópica”.

Su obra taurina la inició Napal con Navarra tierra de toros. La casta navarra (2001). Con Koldo Larrea redactó El encierro de Pamplona y sus protagonistas (2005) y con Alberto Pérez de Muniain Euskal Herriko betizuak: europako azken base-behiak (2006). En una obra colectiva coordinada por Antonio Purroy aportó la Historia de la casta navarra (2001). Siguió investigándola En busca de los míticos Carriquiris: ganadería Reta de Casta Navarra (Pregón, 56, 2020). Recogió la práctica del Traslado a pie del ganado bravo desde la Ribera de Navarra a las plazas de toros (Pregón, 60, 2021).

Con este texto reconozco a un navarro barojiano, que ha sido un buen profesional de la medicina y un humanista amante de su tierra, cultura y etnografía. Descanse en paz.

Juan Cruz Alli Aranguren, lector y admirador del fallecido

Evidencia médica y pasión por Baroja

Cuando la muerte de alguien llega de repente, como una catástrofe natural, como un árbol que se cae sin motivo aparente, tendemos a releer los últimos mensajes que le enviamos. También los últimos mensajes que el muerto, estando vivo, nos envió. Los leemos como si ahí pudiéramos encontrar algo. Como si todavía pudiésemos hablar con esa persona.

No podía creer que Satur Napal se hubiera muerto y me puse a leerle. A leernos. Todavía no he tenido problemas en la tubería principal, así que sólo conocí al Satur lector, al Satur escritor, al Satur hacedor de libros.

Igual que su admirado Baroja, Satur fue primero médico -urólogo- y luego hombre de libros. Es difícil definir a Satur con una palabra porque en él anidaban, como si fuese una Volkswagen de la literatura, todos los engranajes de la cadena: autor, editor, impresor, diseñador…

Hablo de mis mensajes con Satur porque estoy seguro de que son los mensajes que tantos y tantos pamploneses tienen en el teléfono. Todos sobre libros, todos sobre un folio en blanco que está empezando a escribirse. Todos con ese cariño, todos con ese aliento del gigante salido de un valle que, con sus manos grandes, arriesgando su dinero y su tiempo, procuraba acercar al fascinante mundo de los libros a todo el que pasaba cerca.

‘BAROJA, SIEMPRE BAROJA’

Satur me sacaba varias décadas y desde que lo conocí hará diez o quince años, un día en la biblioteca del Casino, supe que era uno de esos personajes literarios que uno sueña en su ciudad cuando todos sus sueños son de escritor. Ahora que Satur se ha muerto, esta ciudad, Pamplona, es un poco menos habitable para los libros. Si tuviera que contestarle a Satur a uno de los mensajes, le diría: “Joder, Satur, tengo muchas dudas de que vaya a aparecer alguien como tú”.

De primeras, Satur imponía. Alto, grande, de verbo grave. Pero era una vez más un parecido, no impostado, con su querido don Pío. Nunca conocí a nadie que amara tanto a Baroja como Satur. Lo dejó escrito en un libro que guardo con muchísimo cariño: Baroja, siempre Baroja. Eligió como cubierta la lápida del escritor y unas flores. “Satur Napal, siempre Satur Napal”, pienso mientras llevo con estas letras un par de flores a la suya.

En Satur, la pulsión literaria era incontenible. De tan generoso, brindó más tiempo a editar a los demás que a editarse a sí mismo. Reconvirtió su editorial, Evidencia Médica, en una editorial de libros literarios. Tenía su gracia. Evidencia Médica daba a las librerías títulos radicalmente literarios. Era desde luego, ¡otra vez, Satur!, una cosa muy barojiana.

En uno de sus últimos veranos en Bera, andaba don Pío leyendo las páginas de sucesos en el periódico. Miró a las sobrinas de Salvador de Madariaga negando con la cabeza: “Ya no quedan crímenes como los de antes”. De ahora en adelante, en Pamplona, tendremos que decir: “Ya no quedan urólogos como los de antes”.

Satur Napal ha muerto y lo imagino como a Silvestre Paradox, resucitado, escondido en alguna buhardilla del Casco Viejo de la ciudad, conspirando para hacernos más cultos, más lectores, más sanos, menos ajenos a la vida. En el fondo, la evidencia médica de Satur Napal puede definirse con el proverbio de Terencio: nada de lo humano le era ajeno.

Ojalá, la muerte de este hombre de libros que tanto hizo por su ciudad tampoco nos sea ajena a los demás. Que le den una calle, que le hagan un homenaje, que le brinden los honores que merece. Si no, no necesitaremos un urólogo, sino un psiquiatra.

Baroja, siempre Baroja, tituló él. Satur Napal, siempre Satur Napal. Adiós, Satur, ya estás en la Isla Misteriosa con la que tanto soñó don Pío.

Daniel Ramírez García-Mina es periodista y escritor

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