Desde la solana

Nuestras fiestas patronales

Román Felones.
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Román Felones en una foto de archivo
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Román Felones

Publicado el 22/07/2023 a las 06:00

En el imaginario navarro, nuestro calendario festivo tiene dos momentos estelares: los sanfermines y las fiestas de nuestro pueblo. El primero, nos vincula como Comunidad. Es nuestra fiesta mayor, en la que se siente representada la ciudad y la cuenca, la montaña, la zona media y la ribera. Convendría recordarles a nuestros irreductibles laicistas un dato no menor, que habla mucho de nuestras raíces y de nuestro modo de ser y de sentir: nuestras fiestas tienen un inequívoco origen religioso y se han articulado históricamente en torno a un patrón o patrona, que ha condicionado, en buena medida, el programa y desarrollo de las mismas. Por otro lado, que los copatrones sean San Fermín y San Francisco Javier, y ambos ocupen el más alto rango festivo, siendo el segundo no solo el patrón religioso sino el paradigma del navarro universal, merecedor de celebrar el día 3 de diciembre el día de Navarra, indica hasta qué punto esas raíces religiosas y culturales permanecen vivas, pese al vendaval que en materia de ritos y tradiciones han supuesto los cambios sociales y la secularización en la que estamos inmersos.

¿Y cómo ha afectado esto al desarrollo de nuestras fiestas en los restantes núcleos de población de Navarra, periodo en el que viviremos hasta la segunda semana de septiembre con dos momentos culminantes en torno a las fechas marianas del 15 de agosto y del 8 de septiembre?

Recordemos el programa tipo que ha estado en vigor hasta no hace muchos años en buena parte de nuestros pueblos: una novena en honor del patrón o patrona, que todavía hoy es parte fundamental del calendario festivo, sobre todo para las personas mayores; el día grande, con aurora, procesión y misa solemne; encierros y vacas en buena parte de la zona media y la ribera; música, mucha música en la plaza con conciertos antes de comer, tras la comida y a la noche; y cenas en cuadrilla que terminaban con una salida al baile nocturno y la retirada a dormir a una hora prudente.

Pero los cambios se han dejado notar en todos los órdenes a partir del año 2000, por poner una fecha de fácil recuerdo. Las novenas se han reducido drásticamente; la procesión y la misa mayor ya no tiene la solemnidad y la afluencia de antaño; la noche ha ganado la partida al día para buena parte de los jóvenes, que tienen su propia ruta y calendario festivo con el “voy y vengo”, -un programa ampliamente extendido y propiciado por las instituciones, con un horario que va de las 12 de la noche a las 7 de la mañana para el viaje de ida y vuelta-, y que indica claramente el cambio drástico experimentado. No hay duda de que hemos ganado en seguridad, pero este rito iniciático a muy temprana edad en alcohol y otras sustancias es un peaje que convendría tener muy en cuenta, porque pesa y mucho en los hábitos que se detectan en las encuestas de comportamiento de nuestros jóvenes.

No son fáciles los cambios, porque la inercia nos puede, pero estamos obligados a intentarlo, porque las fiestas cumplen una función salutífera en nuestra vida social. Hacen comunidad, propician el encuentro, relajan tensiones y enraízan familias. La navarra sigue siendo una sociedad urbana de corazón rural y la vuelta al pueblo, la participación en el día grande las fiestas, el encuentro con la familia y la cena con la cuadrilla no son gestos rutinarios, sino que forman parte de nuestro modo de ser y sentir y están marcados a fuego en el calendario anual. Pero para ello es fundamental la participación de todos, en especial de los jóvenes, que son nuestro futuro. Animarlos a vivir la fiesta de día, implicarlos en programas participativos, motivarlos en el sano orgullo de ser ciudadanos de una determinada localidad que tiene su propia idiosincrasia es una tarea en la que debemos implicarnos todos, en especial los nuevos responsables municipales.

Si los vecinos no propiciamos los cambios en la vida de nuestros pueblos, otros no lo van a hacer por nosotros. Y las fiestas son momentos de orgullo sano y de reconocernos en lo que valemos. Aunque en general las diferencias entre un pueblo y otros son mínimas, a los ojos de los vecinos afectados, las suyas son inigualables, y no les falta razón.

¡Que las disfruten!

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