Arquitecturas singulares
Las pirámides de la Txantrea: una cordillera para el juego


Publicado el 23/04/2022 a las 06:00
En el barrio de la Txantrea hubo hace tiempo una plaza de topografía inverosímil, de geometrías minimalistas, de recorridos inesperados y formas provocadoras; un lugar insólito e imprevisto en el que creció y jugó una generación entera de pamploneses.
La construcción de la Plaza Eroski (1972) -actualmente llamada Plaza de las Pirámides-, estuvo vinculada a la apertura del supermercado que todavía la preside, concebido en su origen como un economato de la cooperativa Eroski. Lo que hoy en día es una tienda de barrio, fue en su momento el hipermercado más frecuentado de Pamplona al ser uno de los primeros de la ciudad. El proyecto lo llevó a cabo el arquitecto navarro Francisco Javier Biurrun, que además de ocuparse del diseño del establecimiento, proyectó el acceso urbano con el propósito de que tuviera una marcada vocación social y recreativa.
Es Biurrun uno de esos “arquitectos de culto”, no conocido para una gran mayoría pero muy admirado por los que le conocen, y al que persigue cierto aura de mito. Es quizá el arquitecto español que más se ha acercado a una verdadera “arquitectura minimal”, de formas tan contundentes como aparentemente autónomas, y que dejó en Navarra durante los años 70 obras sorprendentes algunas por desgracia desaparecidas.
La plaza surgía de un vacío existente definido por dos bloques de vivienda paralelos y sus bajos comerciales que creaban un fondo de saco. Como si fuera una cordillera de pequeñas formaciones montañosas, un grupo de construcciones poliédricas ordenaban este patio de la barriada, creando un sistema de recorridos para el escondite y el juego. Aparecían como una intervención de arte urbano, un encuentro inesperado, entre lo espontáneo y lo surreal pero a la vez lo reconocible y lo popular, como “objetos encontrados” que invitaban al juego.
Desubicados y desposeídos de una función o lógica aparente, parecían remitir sólo a sí mismos, como esculturas en una galería de arte, buscando establecer con cada viandante una experiencia espacial y sensorial propia. Estaban construidos con muros armados de ladrillo y tableros revestidos de baldosas de acera estriadas, lo que les daba una imagen familiar y a la vez sobria y económica.
El desconcierto inicial por su falta de propósito aparente quedó olvidado con la presencia infantil, porque de sobra se sabe que no hay mejores ni más originales intérpretes de la Arquitectura que los niños. Alrededor de estas estructuras se jugaba al escondite y al pilla-pilla. Eran a la vez un circuito de bicis y un skate-park. Se podían recorrer por la “cumbre”, o por la base y servían de asiento, pared escalable y tobogán. Mientras los padres hacían la compra los niños jugaban en un parque infantil de orografía ficticia; un espacio recreativo inimaginable, sin columpios ni artilugios, sin tiovivio ni montaña rusa, pero que dejaría en mantillas a Port Aventura.
En 1993 la plaza fue reurbanizada debido a su mal estado fruto de ese uso intensivo. Lo que fue en su día un lugar de éxtasis lúdico, de poliedros desafiantes, escaladas incompletas y pantalones rotos es hoy una triste y anodina plaza, donde sólo hay unos cuantos bancos y árboles perfectamente alineados. Lo que fue un catalizador urbano es hoy un representante distinguido de la “ciudad museo” donde nunca pasa nada, de ese urbanismo preceptivo para el que cualquier forma de improvisación y comportamiento inesperado tiene que ser rápidamente eliminado.
En una barriada de la Txantrea, entre bloques de vivienda obrera, un arquitecto fascinante, transgresor y no suficientemente estudiado, diseñó una plaza atemporal e improbable, que quedó en el recuerdo de una generación de pamploneses para siempre.
¿De dónde había sacado la inspiración para diseñar estas pseudopirámides?, le preguntaba a posteriori ya hace muchos años el gran crítico Santiago Amón. Discurría Biurrun y se acordaba de la imagen de la “lucera” -las claraboyas y tejadillos a dos aguas acristalados comunes en los patios de manzana del Ensanche-, elemento lúdico y prohibido en el que jugaba durante su niñez. Y es que quizá las diseñó su subconsciente rebuscando en lo más hondo de sus recuerdos. Y es que quizá sea cierto que todos llevamos un niño dentro.
Autor: Francisco Javier Biurrun Salanueva
Educación: Escuela Arquitectura de la Universidad de Navarra. Primera promoción.
Universidad de Columbia. Nueva York. Master en Arquitectura.
Referencias: Nueva Forma 95. “Lo moderno, lo popular y lo didáctico en la arquitectura de Biurrun”. Santiago Amón.