Arquitecturas singulares
Agustinas en Aranzadi, el convento de triste final
Abandonado a su suerte desde que en 2011 salieron las monjas de clausura, el edificio de Aranzadi es una creación de Fernando Redón


Actualizado el 02/04/2022 a las 08:06
Es bastante improbable que a un arquitecto le toque diseñar en algún momento de su carrera un convento de clausura. Quizá por éso esta tipología ha llegado con cierto misterio hasta nuestros días. Los conventos de clausura están a medio camino entre las residencias y los edificios religiosos y comparten algunas características con las prisiones. Tienen algo de monumental y también de doméstico; y son en realidad miniciudades, que fragmentan su programa como un puzle que extiende sus piezas en el paisaje.
En un meandro del río Arga, entre huertas y vergeles, hay un edificio que apenas tiene ventanas, que se protege y refugia como una ciudad fortificada, entre lo medieval y lo monástico, lo poético y lo primitivo y que es una obra maestra de Arquitectura, aunque ahora está camino de convertirse en un montón de escombros.
La historia del convento de las Agustinas (1967) es triste y con final vergonzoso. Las agustinas de San Pedro, “las Petras”, vivían desde el siglo XIII en el monasterio viejo de San Pedro, donde permanecieron siglos en la máxima austeridad, pobreza y rigurosa clausura. A mediados del siglo XX la ciudad comenzó a crecer rápido, y las monjas, que vivían de cara a Dios pero de espaldas a Pamplona, se encontraron rodeadas sin darse cuenta, lo que convirtió su pobre y ruinoso convento en un codiciado solar para todo tipo de promotores. Como el convento se caía, se morían de frío y culpaban de su falta de vocaciones a esta desdicha, decidieron vender todo al mejor postor y contactaron a Fernando Redón para construir uno nuevo.
El nuevo edificio fue a parar al mejor meandro de Pamplona, a un solar aislado y repleto de alusiones, con las murallas y la catedral como telón de fondo. Hacia la calle, el convento muestra un hermetismo algo anti-urbano, impuesto por las exigencias del orden de clausura, que hacen que la relación con el exterior funcione a través de filtros.
Por ello, el conjunto se organiza entorno a un patio con forma de “U”, que crea un atrio abierto de acceso, con el claustro y la iglesia unidos al brazo central y el resto de estancias y espacios de servicio en los extremos. De especial interés es la pieza del claustro aterrazado, formado por tres niveles que se escalonan en altura para introducir luz al interior y entorno al cuál se colocan las celdas de las religiosas. El edificio se abre al sur para mejorar el soleamiento y se cierra a norte, mediante altos muros de ladrillo ciegos que zig-zagean y se pliegan, generando un volumen rotundo que recuerda a cierta arquitectura fabril y a la arquitectura de los recintos amurallados.
En su libro fantástico dedicado a la obra de Redón, Luis Férnandez Salido asemeja la imagen del convento a la de un silo y la asocia a la larga tradición de monasterios encastillados, que a lo largo de la historia cumplieron el papel de proteger la cultura. Los muros sólidos, el juego de cubiertas y el uso imaginativo de materiales tradicionales -teja y ladrillo-, crean un edificio original pero sin afán de notoriedad, con ese carácter propio de los conventos, que parece invariable a lo largo de los tiempos.
En 2015 Caja Navarra y el Ayuntamiento de Pamplona llegaron a un acuerdo urbanístico pasando a ser el edificio propiedad del consistorio, después de que la entidad bancaria lo adquiriera años antes, lo que provocó en 2011 la salida de las monjas. Desde entonces, ninguna de las propuestas para su nuevo uso han prosperado -la última, la de Hub audiovisual, está todavía pendiente de financiación-. El edificio está abandonado a su propia suerte y su deterioro es progresivo, a lo que contribuyen las continuas ocupaciones, el vandalismo y pillaje.
Uno se pregunta en qué sociedad nos convertimos, si no sabemos apreciar nuestro propio legado cultural. Lo que fue un edificio original y de valor, es hoy una amalgama de pintadas mal hechas, ventanas tapiadas y amasijos de tejas. Lo que fue un lugar cargado de estímulos, es ya sólo una ruina cutre entre vegetación selvática. Prefiero no imaginar lo que pensaría nuestro “Leonardo foral”, al ver como su fortaleza atemporal se desmorona ante la pasividad de todos a ritmo indecente.
CLAVES
Autor: Fernando Redón Huici. Pamplona. (1929-2016). Premio Príncipe de Viana de Cultura 2004.
Referencias. “Fernando Redón Huici. Arquitecto”, de Luis Fernández Salido (†).
Revista Nueva Forma No.100. 1974