Navarros que dejaron huella
Sancho VI,un rey sabio y valiente
El rey Sancho, tomó un reino lastrado por un vasallaje hacia Castilla y transmitió a su hijo un reino soberano, después de haber acometido una renovación institucional de amplio calado


Publicado el 21/03/2022 a las 06:00
Para evaluar a las personas y a los reyes hay que tener presente de donde partieron y hasta donde llegaron. Es la forma sensata de calibrar su aportación, más allá de la propaganda o de los desenfoques que pueden nublar nuestra visión. Si aplicamos esta regla a Sancho VI el Sabio, que reinó en Navarra entre 1150 y 1194, el balance no puede ser más positivo. En 1150 heredó un reino que había recuperado su independencia en 1134 de forma precaria, lastrado por un vasallaje hacia Castilla, con un territorio impreciso y carente de coherencia interna. Por el contrario, en 1194 transmitió a su hijo un reino soberano, reconocido como tal por sus vecinos, con una sociedad cohesionada en torno a una identidad definida.
Además, fue quizás el monarca navarro dotado de mayores cualidades personales, porque en el se conjugaron la valentía de un brillante guerrero, las habilidades negociadoras de un diplomático y la sabiduría de un monarca que legisló en abundancia y transformó la monarquía. Si Navarra ha subsistido como comunidad política diferenciada y precisamente con ese nombre, en buena parte se debe al rey Sancho VI el Sabio. Por eso crónicas y leyes de su tiempo o posteriores no escatiman elogios a la hora de denominarle. El Cronicón latino anejo al Fuero General le denomina “varón de gran sabiduría” (vir magne sapientie) y dice que “al ser alzado, juró y confirmó y amejoró el fuero”. El fuero de la Novenera lo recuerda como “el buen rey Sancho”, calificativo que reproduce el Fuero General de Navarra, al llamarle “el rey don Sancho el Bueno”. Fray García de Eugui en su Crónica dice que “este fue mucho buen rey en Navarra y sabio”. La Crónica del Príncipe de Viana lo llama “don Sancho el Sabio, el quoal, como su nombre denotó fue hombre de grant sabiduría… e bien querido e amado, buen catholico como dicho es, de todos los de su regno et de todos los reyes sus vezinos”.
Pero, paradójicamente, ni el balance positivo de su reinado ni sus cualidades personales le han granjeado un adecuado reconocimiento en la actual sociedad navarra. Pamplona, que incluye en su callejero a varios monarcas navarros, no recuerda a Sancho VI el Sabio. Sólo intentó dar ese nombre a un trecho de su variante, pero, más allá de algún acuerdo municipal, la vía acabó denominándose avenida de Navarra. Sin cambiar denominaciones ni apear a nadie del callejero, bien merecería que alguna vía se dedicara a este monarca egregio.
Legitimidad y supervivencia de la monarquía pamplonesa
Separada de Aragón, a pesar de los beneficios recogidos durante la unión, y afanosamente restaurada en 1134, la monarquía pamplonesa era presa de una contradicción. Si la restauración se fundamentaba en la herencia, la familia de García Ramírez provenía de un bastardo y el rey castellano Alfonso VII tenía mejores derechos dinásticos para ocupar el trono de Pamplona. Si se aceptaba la tesis de una instauración de nuevo, fruto de la decisión de los magnates del reino, Sancho VI sólo tenía derecho a ser “dux”, título genérico de jefatura que le asignaba la Santa Sede en sus bulas. Para asentarse en el trono García Ramírez recurrió a prestar vasallaje al rey castellano, como también hizo Sancho VI.
La precariedad de la dinastía afectaba a la dinámica interna del reino. Los magnates podían considerar al rey simplemente como un primero entre iguales. La realeza navarra quedaba expuesta a los vaivenes vasalláticos de los barones del reino, que podían ser atraídos por los reinos vecinos mediante el ofrecimiento de amplios señoríos o riquezas superiores a las que poseían en origen. Navarra era para Castilla era una baza diplomática, para Aragón era una tierra irredenta. La monarquía pamplonesa necesitaba una transformación que permitiera salir de una situación que amenazaba su cohesión interna y su supervivencia. Esa fue la gran obra de Sancho VI el Sabio.
Vasallaje a Castilla y desamparo (1150-1159)
El tratado de Tudején (1151) que preveía el reparto de Navarra entre Castilla y Aragón, como varios que se sucedieron durante medio siglo, convenció a Sancho VI de la necesidad de plegarse ante Castilla y lo hizo rápidamente. A los pocos días Sancho VI prestó vasallaje a Alfonso VII y se casó con su hija Sancha de Castilla, mientras que el heredero castellano, Sancho, casó con la infanta navarra Blanca.
Sancho VI tuvo que contemplar la castellanización de La Rioja, encomendada como “reino de Nájera” al heredero de Castilla, el futuro Sancho III, entre 1143 y 1158. De puertas a dentro, la situación también era complicada. La reina Urraca Fernández, madrastra de Sancho VI, había recibido en arras Artajona, Larraga y otros lugares, sobre los que decía “reinar”. Se había retirado a Asturias, pero había encomendado sus posesiones, incrementadas por Miranda de Arga y Olite, que estaban controladas por guarniciones castellanas y formaban un enclave en el centro del reino. Además, importantes barones como el conde Ladrón, García Almoravid o Pedro de Arazuri se habían pasado al servicio del rey castellano. Sólo el obispo y el cabildo de Pamplona ayudaban económicamente. No es de extrañar que Sancho VI se sintiera desamparado, “sólo protegido por Dios y por Santa María”.
Pero lejos de resignarse, Sancho VI se rehízo y, en una demostración de su valentía y sus dotes militares, atacó a Aragón, quebrantando las treguas que había negociado el obispo de Pamplona, Lope de Artajona, que tuvo que entregarse como rehén al aragonés. Sancho VI prefirió enemistarse con el obispo pamplonés a retroceder ante Aragón. Ante la consistencia del soberano pamplonés, Ramón Berenguer IV recurrió a Alfonso VII de Castilla y ambos monarcas firmaron el tratado de Lérida (1157), que era un nuevo plan de reparto de Navarra. Medio año le bastó a Sancho VI para aprovechar el fallecimiento del rey castellano. Sus dotes diplomáticas le permitieron llegar a un acuerdo con su cuñado Sancho III de Castilla, que le permitió recuperar Artajona y las plazas de la reina Urraca.
Intento de recuperación territorial y mutación de la realeza (1159-1169)
Sancho VI supo aprovechar la nueva coyuntura que sendas minorías de edad produjeron en sus poderosos vecinos. La inesperada muerte de Sancho III de Castilla (1158) sumió a su reino en una prolongada minoría. Las luchas por el poder de Castros y Laras, dos familias de la alta nobleza, debilitaron la política exterior de Castilla. Por el contrario, León, Portugal y Aragón firmaron una alianza anti-castellana. A la debilidad castellana se unió la aragonesa. La muerte de Ramón Berenguer IV (1162) dio paso a una minoría en el trono aragonés. Sancho VI, con visión diplomática, aprovechó la coyuntura y firmó unas treguas con Aragón por un tiempo de 13 años. Era tanto como las manos libres para que Sancho VI se lanzara al rescate de antiguos territorios del reino navarro.
Pero antes Sancho VI acometió una transformación institucional de amplio calado, en el plano político e identitario. Entre febrero y septiembre de 1162 se produjo un cambio esencial, Se abandonó el viejo título de “rey de los pamploneses”, que hacía hincapié en una concesión personal de la monarquía, según la cual el rey era ante todo el caudillo de sus barones, de cuya fidelidad dependía, y que estaba lastrada por el vasallaje a Castilla. Se sustituyó por el título de “rey de Navarra”, que acentuaba la proyección territorial y no personal de la soberanía y definía un proyecto de integración social y fortalecimiento de la autoridad regia. El rey dominaba sobre un territorio cohesionado -Navarra- y, en consecuencia, proyectaba su autoridad sobre todos los grupos sociales que lo poblaban, ya fueran ricoshombres e infanzones, clérigos, francos o campesinos. El nuevo título repudiaba de forma implícita el vasallaje debido por el rey de los pamploneses a Castilla y hacía olvidar los orígenes bastardos de la familia real. Se alumbraba una nueva monarquía dotada de plena soberanía, sion cortapisas exteriores ni grietas internas.
Al rearme ideológico siguió la ofensiva militar sobre Castilla (octubre 1162-marzo 1163) para recuperar territorios que habían pertenecido al reino pamplonés. En la Rioja se ocupó Logroño y localidades de la cuenca del Cidacos (Resa, Autol, Quel, Ocón). Fracasó el ataque sobre Calahorra y Nájera, pero se ocupó la cuenca del río Oja y el Bajo Tirón. El retorno al vasallaje del conde Ladrón permitió recuperar Álava y el Duranguesado. Incluso se penetró en Castilla (Miranda de Ebro y Briviesca). La ofensiva incluso se prolongó a la frontera musulmana. Un magnate navarro, Pedro Rhiz de Azagra, ocupó Albarracín (1168) y lo convirtió en un señorío familiar independiente durante un siglo.
Resistencia ante Castilla y reconocimiento de la soberanía navarra (1169-1179)
Desde que Alfonso VIII llegó a la mayoría de edad (1169) se fraguó la reacción castellana, que estuvo precedida de una alianza con Aragón (1170). En esta situación dificultosa para Navarra se reanudaron los abandonos y traiciones de los algunos magnates, que abandonaron a Sancho VI y se pasaron al servicio de Castilla y Aragón.
El contrataque castellano se desarrolló en tres campañas militares (1173-1176). En 1173 los castellanos recuperaron la Bureba, Miranda de Ebro, las cuencas del Tirón y del Oja y Quel. Luego Alfonso VIII penetró en Navarra y llegó hasta Pamplona. Quedaba en manos navarras Logroño y algunas villas del valle riojano del Cidacos, pero a partir de entonces Alfonso VIII atacó en dos ocasiones el corazón del reino navarro. En 1174 consiguió cercar a Sancho VI en el castillo de Leguín, cerca de Urroz-Villa, y dos años después, en la campaña de 1176, lo tomó.
Los ataques castellanos al corazón del reino obligaron a Sancho VI a negociar. Se buscó el arbitraje de Enrique II de Inglaterra, que se desentendió de las reivindicaciones históricas de ambos contendientes y ordenó la devolución mutua de todas las conquistas anteriores a 1158 y asignó una indemnización de 3.000 maravedís anuales, que Castilla debía entregar a Navarra. El arbitraje no se llevó a la práctica y la lucha continuó hasta 1179.
Una nueva alianza castellano-aragonesa, plasmada en un nuevo proyecto de reparto de Navarra (tratado de Cazola, 1179) obligó a Sancho VI a negociar con Castilla. Entre Nájera y Calahorra se firmó la paz, que devolvía a Castilla toda La Rioja y Castilla la Vieja, mientras que Guipúzcoa, Álava al Este del río Bayas y el Duranguesado quedaban para Navarra. Además, el tratado significaba la mutua equiparación de ambos soberanos, el final del vasallaje de Navarra hacia Castilla y la fijación de fronteras estables. El proceso de restauración de la monarquía navarra, iniciado en 1134, culminaba con el reconocimiento de la soberanía navarra.
Reordenación social de la monarquía (1179-1194)
Además de lograr el pleno reconocimiento de la soberanía del reino, Sancho VI desplegó una notable actividad interna, destinada a reforzar la cohesión territorial del reino, incrementar sus recursos económicos, racionalizar las estructuras de gobierno y acrecer los recursos fiscales del soberano. Sancho VI obtuvo con ello un reino mejor trabado social y económicamente, más cohesionado y mejor preparado para conservar su identidad durante siglos.
Ya antes, desde 1164-1172, se habían tomado medidas en este sentido (fueros de Laguardia y San Vicente de la Sonsierra), pero es a partir de 1179 cuando se intensificaron. Afectaron, en primer lugar, a las tierras vascas. Para hacer eficaz en ellas la autoridad de la corona y reducir el peso de la aristocracia (que monopolizaba su representación), Sancho VI decidió extender el sistema navarro de tenencias (distritos locales gobernados por un representante del rey) y crear poblaciones burguesas directamente vinculadas con la monarquía y capaces de renovar la economía. Así nacieron San Sebastián según el fuero de Estella (1180), y Vitoria (1181) de acuerdo con el fuero de Logroño, además de Antoñana y Bernedo (1182) y La Puebla de Arganzón (1191). El rechazo a estas transformaciones por parte de la nobleza vasca explica su posterior segregación.
Toda Navarra vivía momentos de crecimiento demográfico y económico. Los burgos de francos se desdoblaban. En Pamplona a San Saturnino se unió San Nicolás y en 1189 la vieja ciudad de la Navarrería recibió el fuero que ya disfrutaban los otros dos burgos. El monarca construyó un nuevo palacio real en este burgo, hoy restaurado como Archivo General de Navarra. En Estella el rey sancionó la versión extensa de su fuero (1164) y surgieron las poblaciones del Parral y del Arenal (1187-1188); en Sangüesa, la nueva parroquia de Santiago. Se multiplicaban las concesiones del fuero de Pamplona (Larrasoaña en 1174, Villava en 1184, Villafranca en 1191). Los nuevos burgos ya no eran exclusivos para los francos; se admitió en ellos a los “navarri”. Rendían tributos a la corona, porque anualmente sus habitantes entregaban un censo por el solar que ocupaban.
Los deseos de mejorar los ingresos de la corona y simplificar su gestión llevaron a unificar las diversas pechas que pagaban los valles del noroeste de Navarra, así como otros pueblos del valle medio del Ega, etc.
Además, el reino fue capaz de expandirse hacia el norte. Aprovechando problemas internos de la monarquía inglesa, Sancho VI amplió el territorio septentrional de Navarra mediante el control de la castellanía de San Juan de Pie de Puerto (1189), en torno a la cual se irá tejiendo durante medio la Tierra de Ultrapuertos. Incluso dos expediciones navarras ayudaron a defender en Aquitania los derechos de Ricardo Corazón de León, casado con Berenguela, hija de Sancho VI.
El reino de Pamplona, guiado por Sancho VI el Sabio, se había transformado en el reino de Navarra y se mostraba como una realidad viva y operativa, capaz de resistir como una comunidad política diferenciada durante siglos, hasta la actualidad. Era la obra de un gran rey, de un “varón de gran sabiduría”.