Historias familiares
La música de la Navidad
La Navidad es la infancia, que sigue siendo nuestra patria


Publicado el 19/12/2021 a las 06:00
Cuando estaba en 5º de EGB fui la protagonista de la obra de teatro navideña de mi clase, ‘Un ángel en la ciudad’. Enfundada en unos vaqueros, una camisa de cuadros de mi padre (porque en aquella época las niñas solo teníamos vestidos con sus chaquetas a juego para los fines de semana) y una gorra bajo la que ocultaba mi melena recogida en una coleta, con mis 10 años, me convertí en Ángel.
Un chico que llegaba a la ciudad el día de Nochebuena para ayudar a la gente en apuros. Y del que, finalmente, se descubría que no era una “persona normal” sino un ángel, de los de túnica blanca y melenita rubia, que había bajado del cielo.
En ese momento, me escondía detrás de los cortinones de terciopelo verde del escenario, una profesora me colocaba unas alas con unos alambres recubiertos de espumillón plateado en la espalda y yo simulaba salir volando agitando los brazos.
Lo recuerdo con gran nitidez porque yo nunca había sido protagonista de ningún teatrillo navideño. Sí que me elegían habitualmente como narradora o directora de villancicos porque era muy seria y responsable. Demasiado. Pero hasta ahí alcanzaba mi fama. Digo que lo recuerdo como si fuera ayer porque realmente lo fue.
La tarde del viernes me senté en una de las mismas butacas del salón de actos de mi colegio (aunque ya no son las antiguas de madera sino de plástico granate) para presenciar el concierto navideño de la escuela de música de mis hijos mayores que, en esta ocasión, se celebraba allí. Y ahí estaban. Subidos a ese mismo escenario, que hace tres décadas me parecía tan grande, con su flauta travesera y su violín. Y no pude evitar sentir un pellizco de nostalgia en la boca del estómago. Al contemplarlos, con sus 12 y 15 años, mayores de lo que yo era entonces, dando la bienvenida a la Navidad. Y haciéndonos viajar en el tiempo.
Mientras escuchaba su Adeste fideles y su Rodolfo el reno, porque de todo hubo, retrocedí, como me ocurre todos los años por estas fechas, a la Navidad de mi infancia. ¿Qué tendrán la Nochebuena, el sabor del turrón o los polvorones, el olor de los langostinos a la plancha y los estribillos de los villancicos que nos retrotrae a la niñez? Porque, ¡mira que hemos vivido fiestas desde entonces!
Pero seguro que no recordamos la Nochevieja de los 15 años o el día de Reyes de los 25. Si cierras los ojos, y no hace falta que sea muy fuerte, verás a tus abuelos, tíos, primos... alrededor de esa mesa desplegada sobre caballetes y tableros en el salón. Sin embargo, es más difícil que, tras la misma operación, contemples en tu mente a tus cuñados, hijos y sobrinos. O suegros. Aunque ahora seáis más, la mesa sea mucho más larga y la comida, quizá, mejor y más abundante. ¿Sí o no?
La Navidad es la infancia, que sigue siendo nuestra patria. La magia que rodea al avaro Scrooge, que se ‘convierte’ en una buena persona, tras la visita de los fantasmas (precisamente de su niñez) una Nochebuena, en el Cuento de Navidad de Dickens.
O que envuelve a James Stewart cuando, finalmente, no se suicida y regresa con su familia. En esa cinta que es casi más navideña que el portal de Belén y que Fran Capra dirigió en 1946 como Qué bello es vivir (It’s a wonderful life, en su título original). Yo no sé si la vida será o no maravillosa. Porque el devenir no se detiene.
Las enfermedades de cuerpo y alma no nos abandonan. Como tampoco las rupturas de pareja, el dolor por la pérdida de un amigo o los problemas con un hijo adolescente. Ni aunque sean 24 de diciembre o 5 de enero. Pero sí que podríamos poner algo de música para tornar estos días más felices.
Y no hablo solo de villancicos (que todos escuchamos, como decía Almudena Grandes, en la voz de nuestros padres, abuelos o maestros. Sino del sonido del espumillón que cruje. De los papeles de regalo que se rasgan con ansias por ver el interior. De las bolas del árbol que se caen por el suelo tras la embestida de un balón traicionero. O incluso de los diálogos aprendidos de memoria de ese Ángel que recorría la ciudad-escenario con gorra y vaqueros.