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Literatura

José Ángel González Sainz: “Estamos muy lejos de poder asimilar un cambio tecnológico tan brutal”

El escritor soriano, uno de los grandes narradores secretos de nuestras letras, presenta este jueves en Pamplona 'La vida pequeña. El arte de la fuga', un libro que indaga en las razones del desasosiego contemporáneo y propone nuevas formas de mirar

José Ángel González Sainz, este miércoles en Pamplona
José Ángel González Sainz, este miércoles en PamplonaDavid García
  • Eugenio Martinez
Publicado el 11/11/2021 a las 06:00
Conocido principalmente como novelista, José Ángel González Sainz llega en esta ocasión a las librerías con una obra singular, en la que la voz narrativa se entrevera con el ensayo y las notas confesionales. 'La vida pequeña. El arte de la fuga' es la primera entrega de una trilogía en la que aborda, con su exigencia artística habitual, las perplejidades de un hombre de letras que busca su lugar en un mundo cautivo de la prisa y la banalidad. Con más interrogantes que certezas, pero persuadido de la urgencia de recuperar la “heroicidad” de las pequeñas alegrías, este jueves mantendrá un encuentro con sus lectores en Pamplona (Librería Walden, 20.00 horas).
El libro apareció en plena pandemia, una circunstancia que ha propiciado su buena acogida. Se diría que ha sintonizado con una sensibilidad compartida por muchos lectores. Sin embargo, forma parte de un proyecto literario que se remonta mucho tiempo atrás.
El libro venía escribiéndose desde hace mucho, sí. Con la pandemia, lo único que hice fue reconsiderar el comienzo y darme cuenta de que, de alguna forma, lo que estaba ocurriendo daba incluso más valor a los razonamientos en los que había estado trabajando. No es un diario de pandemia, es una obra escrita a raíz de una situación personal de crisis -existencial, si quieres- y que guarda relación, también, con la crisis cultural de nuestra época. Constituye un intento de pensar y ficcionalizar a partir de libros clásicos como los 'Pensamientos' de Marco Aurelio o el 'Walden' de Thoreau. He tratado de tomar distancia y reflexionar sobre esa crisis de cultura, no sé si de civilización.
Uno de los asuntos capitales del libro es la progresiva pérdida de sustancia de lo real, la sensación de que vivimos, cada vez más, en una especie de simulacro. Todo termina por ser representación y, en última instancia, espectáculo.
Hay, sin duda, un síndrome de pérdida de lo real, de la centralidad de los hechos y las cosas. No se trata de algo nuevo, lo que ocurre es que la cantidad, la velocidad y el apabullamiento de las representaciones es tal que ha eclipsado en buena parte lo que entendemos por concreción, corporeidad. En el libro hay una línea de fluencia -no me atrevería a decir pensamiento- en torno a la necesidad de mantener tensa y presente esa búsqueda de las cosas, aun a sabiendas de que solo puede darse a través del lenguaje, que es otra representación.
Habla en estas páginas de la necesidad de repensar nuestra relación con las palabras, contaminadas por su uso puramente fáctico.
El mundo actual desgasta, agusana las palabras, pero solo a través de ese mismo lenguaje, con una sintaxis exacta y vigilante, podemos defendernos de esa agresión. Hegel dice que el conocimiento es lo único que puede curar la herida que él mismo causa. Vemos, a diario, cómo ciertas palabras van contaminándose y perdiendo significado. Por eso es necesario volver a pensarlas.
Supongo que ahí se encuadra esa búsqueda -casi obsesiva- de la palabra exacta, una de las características más notables de su escritura.
Ese es el trabajo fundamental al escribir, lo más difícil, una labor que nunca te puede dejar satisfecho. Cuando, a modo de alabanza, ponderan mi “dominio” del lenguaje, me da una vergüenza tremenda, porque la operación es exactamente la contraria: se trata más bien de dominarte a ti mismo, de anularte, en cierta manera, para que el lenguaje se apodere de ti. Escribir es poner tu existencia al servicio de una fermentación lingüística.
Ese uso instrumental del lenguaje tan propio de nuestra época, ¿está empobreciendo la relación que tenemos con el mundo?
Uno tiene esa sospecha, desde luego. Ha habido momentos de la historia en los que nuestros antepasados han estado más cerca de las cosas que nosotros, y su lenguaje ha conseguido expresar más que el nuestro. Diego Gracia habla de esas relaciones verticales -con los dioses, con nuestros antepasados- que hemos perdido. La falta de escucha a nuestros padres nos hace cojear bastante. Y no hablemos de la política, que se mueve ya en un único plano, el del espectáculo y la manipulación del lenguaje. Se ha convertido en una campaña publicitaria continua, y resulta difícil entender cómo los ciudadanos no nos hartamos.
Otro asunto que aparece recurrentemente es la agitación que se ha adueñado de nuestras vidas. Una suerte de impaciencia, propiciada en gran parte por el reinado asfixiante de la tecnología.
Nos encontramos ante un cambio tecnológico tan brutal que estamos muy lejos de poder asimilarlo con un poco de ecuanimidad. Lo veo en mi propio hijo cuando tiene que hacer un trabajo, esa renuencia a ir más allá de Internet. Hay una resistencia, ya en los niños, a acudir a los libros, y esa resistencia no puede ser natural, está inducida y creada desde la propia escuela. Internet iguala a todos, a quien tiene libros y a quien no, y eso, en lo que respecta al acceso al saber, es un fenómeno indudablemente bueno. Pero al mismo tiempo, se está inculcando en las nuevas generaciones una resistencia a otras formas de relacionarse con las cosas y descubrir el mundo. Y eso es gravísimo.
Una realidad que, seguramente, no es ajena al desprestigio de la memoria que vemos en los nuevos planes educativos.
Para un hombre clásico, las facultades intelectivas altas eran la memoria, el discernimiento y la imaginación. Nuestra sociedad está anulando la memoria, y sustituyéndola por el sentimiento. Esa irrupción de lo emocional, junto al abuso de la tecnología, nos está descolocando completamente, y nos lleva a una cuestión capital: cuál es el lugar moral del hombre -y del ciudadano, en su dimensión pública- en estos momentos. Frente a un saber puramente técnico -tan explotado, por ejemplo, por los políticos-, ¿queda sitio para quien no considere lícito cualquier medio? A lo mejor estamos en el umbral de una época que desconocemos.
En el libro incide también en un fenómeno terrible: la pérdida de la capacidad de asombro.
Eso nos adentraría en la cuestión de la religiosidad. El hecho religioso tiene que ver, por encima de todo, con la consideración de la vida -y las cosas de la vida- como un don. Ante esa realidad cabe una relación de rechazo o de agradecimiento, que estaría directamente conectado con el asombro. Es un mundo, como digo, en esencia religioso, que nuestra sociedad laica -confundiéndolo con determinados momentos de la historia de las Iglesias- desprecia. Pero hay un tipo de desprecio aún peor: la utilización estetizante y publicitaria de estos asuntos. Una perversión muy extendida en nuestros días.
Otro asunto capital sería, a su juicio, el cultivo del silencio en un mundo que es puro ruido.
Para darse cuenta de la belleza de la música hay que partir del silencio, y para percatarse de la manipulación del lenguaje es preciso callar. Vivimos en una sociedad en la que hemos perdido dimensiones extraordinarias, y el silencio es una de ellas. Hoy resulta complicado encontrarlo, hay un ruido constante en los lugares públicos, en los ascensores... Ese barullo hace imposible la reflexión.
Frente a la evasión, tan característica de nuestra época, aboga por una “huida a lo real”.
Qué importantes son las preposiciones. Sí, no hablo de “huir de”, sino de “huir a”. Escapar del corsé de la ideologización y volver a lo concreto, a las presencias reales. Vuelve a asomar aquí una dimensión religiosa, en el sentido de religarnos a la materialidad de las cosas. Y es que a veces lo más trascendente es lo más material. De todas formas, en toda tentativa de fuga hay siempre una parte grandiosa, fascinante, y otra patética, en el peor sentido (dedico capítulos enteros a ello). No existe ninguna situación completamente pura, ni limpia. Ese es un sueño que solo trae monstruos.
Más que proponer certezas, nos habla de la necesidad de buscar nuevos horizontes. Quien siente ese impulso, viene a decirnos, no está del todo perdido. “A lo mejor lo verdaderamente bueno es ya esa tensión de búsqueda”, leemos al final.
En todo momento hablo de tentativas, de aproximaciones, de puesta en camino. No creo que fuera capaz de ir más allá, de proponer una solución, digamos, ideológica.
Hay una imagen preciosa en el libro, que creo que lo resume a la perfección: la “espera atenta” del centinela. Alguien que permanece despierto, cuidando del resto, en silencio y soledad.
La figura del centinela es extraordinaria. Machado califica la cultura como “el humano tesoro de la conciencia vigilante”. Casi nada.
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