Historia
150 años de la visita a Navarra del rey Amadeo I de Saboya
En 1871, la comitiva real se detuvo en Tudela para recibir a las autoridades y fuerzas vivas de la provincia


Publicado el 28/09/2021 a las 06:00
Era a finales de septiembre de 1871, concretamente el día 29, cuando un nuevo rey visitaba Navarra, aunque de modo tangencial, pues sólo recorrió la Ribera tudelana. Se llamaba Amadeo, nacido en Turín en 1845, y llevaba pocos meses como rey de España. Este reinado fue uno de los varios regímenes políticos que conoció España durante el llamado Sexenio Revolucionario, periodo convulso de nuestra historia que comenzó con la Revolución que destronó a Isabel II en septiembre de 1868 y acabó con la Restauración de la monarquía en la persona de Alfonso XII en 1875. En medio, un Gobierno Provisional, el reinado de Amadeo y la Primera República.
El italiano Amadeo de Saboya, duque de Aosta, había sido uno de los candidatos al trono de España tras la caída de Isabel II. Su candidatura estaba amparada por el Partido Progresista e impulsada por su líder, el general Prim, quien consiguió que las Cortes españolas proclamaran a Amadeo -191 votos contra 116- a mediados de noviembre de 1870. Sin embargo, su reinado comenzó con malos augurios pues, poco antes de llegar a España, desaparecía en atentado terrorista su principal valedor, el citado general Prim. De tal manera que el joven monarca, de sólo 26 años, se encontró en situación muy desairada. Era rey en un país extranjero, sin apenas apoyos, mucha oposición y con graves problemas de inestabilidad política.
VIAJE POR ESPAÑA
Por todo ello, sus asesores le convencieron de la necesidad de un amplio periplo por las tierras de España con la doble finalidad de conocer la realidad del país y ser conocido de sus súbditos. Todo para aumentar la popularidad de la nueva dinastía. Se eligió el mes de septiembre de 1871, cuando los calores del verano iban ya remitiendo. Partió la real pareja de Madrid hacia el Mediterráneo; atravesó la Mancha y, tras visitar Albacete, llegó a Valencia. De allí, por la costa mediterránea alcanzó Cataluña, donde visitó las cuatro provincias. En todas partes las autoridades se esforzaron en animar el ambiente con costosos recibimientos oficiales, pero los jóvenes esposos, Amadeo y María Victoria, no encontraron el necesario calor popular.
Tras la estancia en Cataluña, la comitiva real se dirigió a Aragón. Para ello utilizó la línea férrea Barcelona-Bilbao inaugurada diez años antes, en 1861, por el rey consorte Francisco de Asís, esposo de la depuesta Isabel II. Arribó a Zaragoza en la tarde del 26 de septiembre, y permaneció en la capital aragonesa tres días, hasta el 29.
El hecho de que Navarra estuviera en el itinerario real hay que enmarcarlo en el expreso deseo del monarca por conocer personalmente al general Espartero (1793-1879), uno de los mitos del liberalismo español, que vivía retirado en su palacio de Logroño, ya al final de su vida. Debemos destacar que Espartero era en aquellos momentos hombre de moda pues un año antes le habían ofrecido la Corona española, cosa que rechazó cortésmente, “porque mis muchos años y mi poca salud no me permitirían su buen desempeño”.
Los organizadores del viaje quisieron tener una deferencia con Navarra y permitieron que el tren real hiciese parada protocolaria en Tudela para recibir a las autoridades y fuerzas vivas de la provincia. Incluso, el gobernador civil mandó un oficio al alcalde de Tudela indicándole la necesidad de que los Voluntarios de la Libertad acudiesen a Cortes, primer pueblo de Navarra, a recibir al rey junto a los de Pamplona y otras localidades. Evidentemente, se quería dar una visión diferente de la habitual y demostrar que la provincia de Navarra no era una tierra poblada sólo por carlistas.
ESTANCIA EN TUDELA
El historiador Antonio Pirala, conocido por sus trabajos sobre las Guerras Carlistas, y que formó parte del séquito real, narró el viaje en su libro El rey en Madrid y provincias y tiene buen cuidado en demostrar el apoyo de la Ribera de Navarra al monarca. Afirma que en Tudela fue recibido con “vivas atronadores” por fuerzas del ejército y las milicias formadas en la plaza de la estación, y cómo las calles del trayecto se llenaron de gente que no cesaba de aclamarle. Sin embargo, el historiador tudelano Mariano Sainz, también testigo de los hechos, apenas si da detalles de la visita de Amadeo I en sus Apuntes Tudelanos. Nada dice de recibimiento multitudinario, aunque sí cuenta que concurrieron los alcaldes de la zona y aquellos “voluntarios de la libertad” que habían contribuido a derribar el trono de Isabel II en las jornadas revolucionarias de septiembre de 1868, tres años antes.
Es por ello que debemos acudir a los libros de Actas Municipales que proporcionan noticias jugosas. Pero antes, advirtamos que ni Tudela ni las tierras aledañas del Queiles estaban para visitas reales ni gastos extraordinarios, ya que en mayo de aquel mismo año habían sufrido una de las más terribles inundaciones de su historia, pues el pequeño río, en una de sus furias periódicas, desbordó el cauce y, cegando el arco de la Plaza Nueva, avanzó por el Casco Viejo destruyendo el barrio de San Julián. El Muro desapareció por completo y doscientos edificios quedaron hundidos o gravemente afectados. En más de seis millones de pesetas de la época se estimaron los daños, sin contar la pérdida de vidas humanas.
En aquellas circunstancias no resulta extraño leer en las Actas que el concejal señor Mur preguntó si el Ayuntamiento tenía previsto “demostrar su adhesión a la monarquía… con actos ostensibles”. El alcalde, José Victoriano Pablus, le contestó afirmativamente, aunque no sabía si S.M. tendría a bien parar en Tudela.
El 16 de septiembre la ciudad estaba en ascuas tras recibir un oficio del gobernador civil instándola a disponer todo para recibir “a nuestro simpático e inmejorable monarca”, aunque sin especificar día ni hora.
Y comenzaron los preparativos. Primero buscaron carruajes y carrozas para recoger dignamente al monarca, y volvieron la vista a la nobleza: Marqués de Huarte y Marqués de San Adrián, que las tenían. Otro asunto fue preparar un lugar adecuado para la recepción real. Aquí hubo unanimidad: el hermoso palacio del Marqués de Huarte (hoy Biblioteca y Archivo Municipal), sito en Las Herrerías, que desde el siglo XVIII había acogido a los reyes que visitaron Tudela. ¿Y los arcos triunfales a levantar en el trayecto desde la estación del ferrocarril? Estaban previstos tres. El más suntuoso, en la propia plaza de la estación, y dos más modestos, de ramaje, situados, uno en la Puerta de Zaragoza y el otro a la entrada del palacio del Marqués de Huarte. El de la estación, levantado por el elemento militar, simulaba, según Sainz, “un castillo almenado con trincheras a ambos lados, desde las que cañonería de montaña retumbaba el aire con sus estampidos”.
Además se dio asueto a los niños de las escuelas y se exhortó a los ciudadanos a que barrieran las calles que debía atravesar la comitiva y colocasen colgaduras en ventanas y balcones. Por su parte, la corporación preparó seis docenas de palomas, adornadas con lacitos verdes, para soltarse a lo largo del recorrido conforme se iba acercando la comitiva. También, a toda prisa, se escribió a Pamplona pidiendo gallardetes y adornos para colocar en la Carrera de las Monjas.
Más problemas causó el engorroso protocolo pues, además de la comitiva real, estaba prevista la llegada en corporación tanto de la Diputación Foral como del Ayuntamiento de Pamplona. Otro asunto que preocupaba al gobernador civil era el de los llamados Voluntarios de la Libertad que debían concurrir con sus armas y uniformes para realzar la visita. Como incentivo se gratificó a cada uno con seis reales.
Pero, a todo esto, el tiempo avanzaba y seguían sin conocer la fecha concreta de la llegada. El 22 de septiembre la corporación, nerviosa, se dirigió a la Diputación demandando noticias, y también si el monarca iba a comer en la ciudad. Al día siguiente da un paso más y comisiona al alcalde y al Marqués de Huarte para que marchen a Zaragoza para entrevistarse con el rey Amadeo e invitarle a visitar la ciudad. Así se hizo y el día 28 el Ayuntamiento recibía un telegrama urgente donde constaba que sus representantes, junto a la Diputación y el Ayuntamiento de Pamplona, habían tenido audiencia real y el rey aceptaba la propuesta. Hizo de introductor el senador por Navarra, el corellano Cayo Escudero. Así pues, todo estaba claro ya. La visita real sería al día siguiente. Saldría de Zaragoza a las 10 y, tras corto viaje, entraría en tierras navarras. Tudela le esperaba engalanada, como hemos visto. Tomaría un bufet frío en el palacio de Las Herrerías y, posteriormente, tras breve descanso, continuaría viaje a Logroño.
LA CRÓNICA DE PIRALA
No me resisto a recoger la crónica ‘oficial’ de Antonio Pirala, aunque equivoca el nombre del alcalde: “En la mañana del 29, y grandemente aclamado por el pueblo de Zaragoza que acudió a despedir al Rey, dejó la inmortal ciudad (…) Todas las estaciones que se halla en el trayecto hasta la capital de La Rioja estaban decoradas, en todas había arcos, ondeaban banderas y gallardetes, no faltaban músicas y el gentío era inmenso (…) en Cortes y en Ribaforada podía decir el rey que se hallaba entre los españoles más apasionados a su persona. Así que el contento de S.M. era grande. Pero aún le faltaban mayores y satisfactorias emociones; aún tenía que ver cómo un pueblo siempre liberal e invicto, recibía al elegido por las Constituyentes, al rey de la Revolución. Habíanse reunido en Tudela las autoridades militares de las provincias Vascongadas y Navarra, y el gran terreno que hay entre la ciudad y la estación se había desmontado por el ejército y se construyó en su frente un magnífico castillo almenado con baterías a sus lados que no cesaron de hacer fuego desde que llegó el tren real. Formaban a uno y otro lado de esta gran plaza las fuerzas del ejército y milicia nacional perfectamente uniformada; y al presentarse el Rey a revistarlas fue recibido con vivas atronadores. Atravesó la población, toda adornada y con arcos en muchas calles; arrojáronle flores y palomas, y hasta la casa del alcalde, señor Marqués de Frías, la carrera toda estaba llena de gente que no cesó un momento de aclamarle. Aceptó el elegante bufet que le tenían preparado, y regresó a la estación con el mismo gentío e idénticas aclamaciones y con el profundo sentimiento de no poder acceder a las insistentes y repetidas súplicas de permanecer algunos ratos más en la siempre fiel y leal Tudela, por el deseo de llegar de día a Logroño. Hubo de apresurar una despedida que se hacía interminable por el anhelo de los que se quedaban y la pena de los que se marchaban, y en breve se llegó a la estación de Castejón, bellamente adornada; recibiose al Rey con música y cohetes; era de arcos la calle que debía andar para dejar la vía de Pamplona y tomar la de Logroño, y ya en ella, detúvose en Alfaro…”.
El tren arribó a la capital riojana a las seis de la tarde. Le aguardaba en la estación el general Espartero, Duque de la Victoria. Tras el recibimiento, ambos marcharon a la colegiata y, posteriormente, la pareja real se hospedó en la casa-palacio de Espartero, hoy convertido en Museo de La Rioja. Al día siguiente, al atardecer, partió rumbo a Madrid.
Efímero fue su reinado. Duró poco más de dos años. Agobiado por graves problemas y cansado del poco apoyo que encontraba, renunció a la Corona el 11 de febrero de 1873. Aquella misma tarde se proclamó la Primera República, que sólo duró once meses.
Esteban Orta Rubio es historiador.