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Miradas a la historia

El final (por el momento) de una polémica esclarecedora sobre el Castillo de Maya (1522)

El autor sostiene que ni en Noáin, ni en Maya ni en Fuenterrabía se acabaran las libertades del reino de Navarra, que todavía eran defendidas en la cortes de 1523-1524, que reclamaron ante el propio emperador la reparación de agravios y contrafueros

Una vista aérea de los restos del castillo de Maya
Una vista aérea de los restos del castillo de MayaArchivo
  • Jaime Ignacio Del Burgo
Actualizado el 08/08/2021 a las 06:00
Peio Monteano ha puesto punto final a la polémica que ha mantenido conmigo con ocasión de los tres artículos que publiqué en Diario de Navarra sobre El falsario mito de Maya con el título Una defensa nada numantina, El fin del conflicto y Luz perpetua para el emperador Carlos, pacificador de Navarra acerca de los sucesos ocurridos hace quinientos años. Mi versión difiere radicalmente de la idea de que en Noáin (1521), en Maya (1522) y en Fuenterrabía (1524) se hubiera apagado para siempre la antorcha de la libertad en el reino de Navarra al ponerse fin a la resistencia heroica de los últimos defensores de su independencia y de sus reyes legítimos. Tesis que sirve al aberzalismo de todo signo para sostener que desde entonces Navarra -con el destronamiento de los “reyes de Euskal Herria”, expresión reciente de dos paladines del revisionismo histórico-, vive bajo el yugo de los Estados español y francés.
Lo escrito, escrito está y no pretendo volver a encender el fuego de la polémica con Monteano, pero no tengo más remedio que contestar a algunas de las nuevas cuestiones que plantea en su artículo de punto final, en el que de nuevo me reprocha haber incurrido en errores históricos. Comienzo por el último párrafo de su artículo. Está de acuerdo conmigo en la encomiable labor de los archiveros navarros, algunos de cuyos nombres citaba en mi artículo de contrarréplica, entre ellos el de Florencio Idoate, “uno de los que sin duda más esfuerzos dedicó a la divulgación histórica”. Dicho esto, me recuerda que Idoate en uno de sus libros dedica un recuerdo emotivo “a los valientes de Maya, a los que murieron y a los que sobrevivieron después de luchar con honor. El amor a la tierra nos obliga a ello”.
Me honré con la amistad de Idoate y me hubiera gustado exponerle ahora las razones por las que considero que no hubo ninguna defensa numantina en Maya, en cuyo monolito está grabado el nombre de varios nobles agramonteses que no merecen “luz perpetua”. Ahora bien, como Monteano afirma que “es difícil de creer al señor Del Burgo cuando afirma que el emperador juró los fueros navarros estando en Pamplona” y añade que “sinceramente, no sé de dónde obtiene el dato”, no tengo ningún inconveniente en revelar mi fuente. Fue el propio Florencio Idoate, quien en su libro Rincones de la historia de Navarra (Pamplona, 1954, tomo I, p. 23) escribió: “Carlos V iniciaba en aquella fecha [1523], su carrera imperial y vino a Navarra con un potente ejército, para recuperar Fuenterrabía que había caído en poder de los franceses [no en poder del imaginario ejército navarro o navarro-gascón], aprovechando la ocasión para recibir el homenaje de sus vasallos navarros y confirmar personalmente el juramento prestado en su nombre el año anterior por el virrey, conde de Miranda”. Idoate hace esa afirmación con base a la documentación del Archivo de Navarra. También dice cómo antes de su venida a Pamplona había jurado los fueros y privilegios de la ciudad de Estella. Por otra parte, no se puede olvidar que el futuro emperador en 1516, a la muerte de su abuelo Fernando el Católico, juró los fueros de Navarra, añadiendo al juramento el compromiso de mantenerla como “reino de por sí”. Y en aquella época el juramento de un virrey, en este caso el conde de Miranda, era como si lo hubiera hecho el propio rey en persona.
DEFENSA DEL REINO
En cuanto a las cortes de 1523-1524, lo que demuestran sus actas fue que defendieron con toda firmeza, incluso con el emperador presente en Pamplona, los derechos y libertades del reino, de forma que tomaron la decisión de suspender sus sesiones mientras no se reparasen íntegramente los agravios o contrafueros denunciados, negándose en consecuencia a acordar el donativo o servicio para los gastos de la corona. Monteano, en artículo de réplica, cometió el error de decir que el emperador había disuelto la asamblea [en referencia a las cortes], por más que pudiera estar contrariado por la necesidad de allegar recursos para financiar la reconquista de Fuenterrabía ocupada por los franceses (como bien destaca Idoate). Satisfechas por el emperador las exigencias de las cortes, éstas procedieron el 5 de marzo de 1524 a otorgar la aportación del reino a la corona. Todo esto lo que demuestra es que la integración en la monarquía española no había debilitado, sino al contrario, sus instituciones propias.
Vuelve a recordar Monteano la muerte en la prisión de Pamplona del alcaide de Maya, Jaime Vélaz de Medrano y de su hijo Luis. Son los únicos que no aparecen en las cortes de 1526 junto a la inmensa mayoría de sus compañeros de armas. Pues bien, una de mis fuentes sobre este tema -que espero no vuelva a calificar como error- fue el propio Monteano, en cuyo libro La guerra de Navarra (1512-1529), (Pamplona, 2001, p. 293), tras relatar las extrañas circunstancias que rodean este episodio, sobre las que hay interpretaciones diversas, concluye que “habría muchas posibilidades de que Vélaz de Medrano -que, al parecer, nunca había jurado al emperador- quedase en libertad. Pero todo son conjeturas”.
Monteano intenta justificar el error de su primer artículo de réplica en el que afirmaba que el “perdón general” no acabó con la guerra de Navarra y adujo como prueba que cuando los agramonteses que capitularon en Fuenterrabía “se presentaron en Burgos para jurarle, Carlos V se negó a recibirle”. En su último artículo ya reconoce que en el acto del juramento estaba presente el emperador. Este confirmó en su cargo de mariscal a Pedro de Navarra, una dignidad que sería hereditaria. El 4 de agosto de 1525 recibió autorización para residir en el palacio real de Olite, con la obligación de repararlo a su costa, “sin que por ello se le diese tenencia ni salario alguno”. Más tarde, por real cédula fechada en Valladolid el 20 de abril de 1537, el emperador premió los servicios prestados por el mariscal Pedro de Navarra, haciéndole gracia de 100.000 maravedíes anuales sobre las alcabalas, teniendo en cuenta la capitulación entre dicho mariscal y el condestable de Castilla Iñigo Fernández de Velasco para la entrega de la plaza de Fuenterrabía. “En realidad -comenta Idoate (Revista Príncipe de Viana, 1968, nº 112-123, p.238)-, el mariscal Pedro de Navarra no necesitaba ninguna indemnización. Era inmensamente rico. Sólo de sus propiedades en Navarra obtenía más de 6.000 ducados anuales”. Fue después corregidor de Toledo y de Córdoba y durante muchos años asistente de Sevilla, el cargo más importante de la administración real de la ciudad que era el centro europeo del comercio con el Nuevo Mundo. En 1542 lo veremos ejerciendo como mariscal, codo con codo con el condestable de Navarra, el beaumontés conde de Lerín, preparando la defensa del reino ante el peligro de un posible ataque francés, cuando estaba a punto de declararse la cuarta guerra entre Francisco I y Carlos V. Fue también gobernador del reino de Galicia y presidente del consejo de la Orden de Santiago. Otro de los grandes beneficiarios sería Miguel de Jaso, hermano de San Francisco, que recuperó el señorío de Javier.
Todas estas disquisiciones pueden generar polémica entre los historiadores, pero resulta ridículo levantar bandería política de aquellos hechos. Resucitar de manera sectaria una memoria histórica de confrontación civil de hace 500 años, imponiendo una visión trasladable al día de hoy, es grotesco. “Menos batallas de Noáin, más por el coche eléctrico”, escribía en estas páginas Iñaki Iriarte, y no le falta razón. De todas formas, por más que se empeñen los defensores del pensamiento único no conseguirán borrar la huella del emperador Carlos como el gran pacificador del reino de Navarra.
EL PERDÓN GENERAL
El mundo no se acabó ni en Noáin, ni en Maya, ni en Fuenterrabía. Hubo un antes y un después de la concesión en 1524 del “perdón general” del emperador a los que todavía formaban parte de la facción agramontesa. La paz volvió al reino después de casi un siglo de violenta confrontación civil. Toda la plana mayor de la nobleza agramontesa -al fin y a la postre aquello fue una guerra entre clanes nobiliarios- le rindió pleitesía y acabó por sentarse plácidamente en las cortes de 1526, después de haber recuperado todo lo perdido. Se habían abierto en Navarra unas expectativas inimaginables de haber seguido bajo la servidumbre de unos reyes franceses, vasallos, a su vez, del rey de Francia. Nuestro amor por Navarra puede nublarnos la vista para creer que teníamos una gran influencia internacional hace 500 años. Solo estuvo en primera línea cuando se convirtió en un territorio estratégico que se disputaban dos Estados emergentes, el francés y el español, porque tenía la llave para entrar en España o en Francia. Pero si el pueblo navarro, en su inmensa mayoría, celebró el cambio de dinastía fue porque sobrevivía como podía en la miseria. La vida era muy dura. Navarra no era una excepción en Europa. Ahora bien, en nuestro caso se unía la inseguridad de saber que en cualquier momento los varones podían ser llamados a combatir en un sinfín de guerras fratricidas, mientras las mujeres y los niños quedaban abandonados y expuestos a abusos y violaciones. No es de extrañar muchos aceptaran con alivio la paz que trajo consigo el cambio de la dinastía de los Foix-Albret por la de los Austrias.
Aprovecho la ocasión para informar a los lectores de Diario de Navarra que en el otoño estará en librerías un libro -que hace el número 40 de los que he publicado hasta ahora- al que he dedicado la mayor parte del largo tiempo que hemos estado confinados o con medidas restrictivas. El manuscrito, en proceso de edición, tiene 640 páginas a un espacio con 889 notas al pie. Se titula Carlos V, pacificador de Navarra. No pretendo hacer publicidad. Sólo decir que no soy ningún aficionado, aunque como decía Cicerón: “Errar es propio de cualquier hombre, pero sólo del ignorante perseverar en el error”. No lo digo por Monteano que también está entre mis fuentes.
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