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Miradas a la Historia: El falsario mito de Maya (I)

Una defensa nada numantina

El autor recuerda que la mayor parte de los líderes agramonteses del castillo de Maya se acogieron al perdón del emperador y le juraron fidelidad

Una defensa nada numantina
  • Jaime Ignacio del Burgo
Publicado el 22/06/2021 a las 06:00
En el monolito erigido donde estuvo el castillo de Maya (Valle de Baztán), actual frontera con Francia, figura una inscripción con el siguiente texto: “A los hombres que en el Castillo de Maya pelearon en pro de la independencia de Navarra, luz perpetua. 1522. Juan de Orbara, abad de Urdax. Jaime Vélaz de Medrano, alcaide del Castillo de Maya. Miguel de Jasso, señor de Xavier. Luis Vélaz de Medrano. Juan de Jasso. Víctor de Mauleón. Juan de Aguerre, de Echalar. 1922. / Navarra agradecida a los postreros defensores de la independencia de Navarra. 1522-1922”. Se les honra como los últimos héroes legitimistas del reino antes de quedar definitivamente atrapado por las águilas de la casa de Austria a la que pertenecía el emperador Carlos V de Alemania, rey de Castilla, de Aragón y de Navarra.
Me propongo desmitificar este episodio. No reconozco en los defensores de Maya una heroicidad numantina y pienso que no son merecedores de ningún reconocimiento. Viene esto a cuento de la publicación de un manojo de las cartas que se hallaban en poder del alcaide de la fortaleza, Vélaz de Medrano, y de las que se ha dicho que estaban olvidadas en el Archivo de Navarra y que han sido rescatadas en una publicación de la editorial Mintzoa en un libro que sin duda es una joya bibliográfica, que se suma a la ingente labor de reproducción en facsímil de originales de documentos y libros históricos editados por dicha editorial, pero que ni estaban olvidadas, ni contribuyen a robustecer el mito de Maya.
Resulta muy ilustrativo saber cuál fue la suerte de quienes, según la placa conmemorativa del monolito, merecen “luz perpetua” y el agradecimiento de Navarra por ser los” últimos legitimistas” y “defensores de la independencia del reino”. Empezaremos por Juan de Orbara, abad del monasterio de Urdax. En 1526, lo podemos ver sentado en el banco eclesiástico de las cortes del reino celebradas en Pamplona en aquel año, al haberse acogido al perdón general de 1524 decretado por dos años después por el emperador Carlos V de Alemania (Carlos IV de Navarra), del que hablaremos más adelante. También en la misma sesión tomará asiento en el brazo nobiliario, Miguel de Jaso, señor de Javier, el mayor de los hermanos de San Francisco de Javier, que había sido condenado a muerte y a quien el emperador había restituido en todos sus títulos, privilegios y patrimonio, tras haberle jurado lealtad en Burgos. En el juramento de fidelidad le acompañará su hermano Juan de Jaso, conocido como capitán Juan de Azpilcueta por haber cambiado el orden de sus apellidos, también condenado a muerte en rebeldía. Sigue a continuación Víctor de Mauleón, señor de Aguinaga, que llegó a recibir una indemnización por los daños padecidos en su patrimonio durante la guerra de Navarra. Del notario Juan de Aguerre, de Echalar, nada se dice en el perdón general del emperador, pero es de suponer que se habría acogido a él del mismo modo que su amigo Juan de Orbara.
He dejado para el final a Jaime Vélaz de Medrano, el alcaide de la fortaleza, señor de Learza, y a su hijo Luis Vélaz de Medrano. Este fue el único que se resistió con fiereza a entregar su espada a los vencedores hasta que fue reducido por ellos. De ambos se dice que fueron asesinados en la cárcel de Pamplona a los quince días de la caída del castillo. Sin embargo, el propio Peio Monteano, autor del estudio de las cartas editadas en facsímil por Mintzoa, en su libro La guerra de Navarra (1512.1529), (páginas 291-293) concluye que sobre el asesinato del hijo del alcaide no hay prueba alguna y en cuanto a la del alcaide de Maya sólo existen meras conjeturas sin que pueda descartarse que hubiera quedado en libertad. Si el asesinato se produjo pudo tratarse una venganza personal del conde de Lerín, pero en modo alguno fue ordenada ni por el virrey conde de Miranda ni mucho menos por el emperador. Ambos eran conscientes de la necesidad de pacificar definitivamente Navarra y borrar las heridas provocadas por casi un siglo de estado de guerra entre agramonteses y beaumonteses.
El autor de una reciente historia del País Vasco, sin citar ninguna fuente, llega a decir que los defensores de Maya “fueron muertos todos ellos”. La realidad es que, salvo seis prisioneros -probablemente heridos- trasladados a Pamplona, el resto de la escasa nobleza agramontesa que aún seguía fiel a los Albret-Foix (pues otra buena parte se había acogido a un indulto parcial otorgado por el emperador en 1523, había quedado en libertad y encontró refugio en Fuenterrabía. Esta villa fortaleza y el castillo de Maya, habían quedado en poder de Francia, durante la retirada del ejército francés -impropiamente llamado “ejército navarro” por la insignificante presencia de agramonteses en sus filas-, que había sido derrotado en la batalla de Noáin (30 de junio de 1521). En Maya, Guillermo Gouffier, señor de Bonnivet, almirante de Francia (cargo militar equivalente a los condestables de Navarra y de Castilla), dejó una guarnición de entre cien y doscientos agramonteses, nombrando alcaide a Jaime Vélaz de Medrano, señor de Learza, con la promesa de que pronto volverían con un gran ejército. Este es el motivo por el que en las cartas publicadas estén las cruzadas entre Vélaz y el señor de Bonnivet, almirante de Francia (equivalente a los condestables de Castilla o de Navarra), y el señor de Saint-André, lugarteniente de la Guyena, de quienes dependían para sobrevivir.
Cuando dejaron de recibir auxilios de los franceses, los “legitimistas” agramonteses tuvieron que dedicarse al pillaje. Los que todavía no habían dado muestra de ningún acto heroico, se comportaban como villanos. Llegaron a saquear e incendiar la villa de Santesteban y apresaban a quienes consideraban enemigos de su causa, trasladándoles en ocasiones al Bearn donde les esperaba la muerte como fue el caso del alcalde de Elizondo, Juan de Itúrbide. Tanto Miguel de Jaso como Vélaz de Medrano eran partidarios de la mano dura y de ajusticiar a quienes no fueran proclives a su causa.


Jaime Ignacio del Burgo es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia
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