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Miradas a la historia: el falsario mito de Maya (III)

Luz perpetua para el emperador Carlos, pacificador de Navarra

El autor destaca que la firmeza y magnanimidad de Carlos I puso término a la guerra civil que mantuvieron agramonteses y beaumonteses

Luz perpetua para el emperador Carlos, pacificador de Navarra
  • Jaime Ignacio del Burgo
Publicado el 24/06/2021 a las 06:00
El 3 de mayo de 1524, en Burgos, se celebró el acto de juramento de lealtad agramontesa al emperador Carlos V de Alemania, I de Castilla y Aragón y IV de Navarra. El secretario Francisco de los Cobos, actuando de  notario, da cuenta de que se presentaron “Pedro de Navarra, mariscal de Navarra, señor de la casa de Eusa; Francisco de Navarra, su hermano, prior de Roncesvalles; Antonio Enríquez, cuyo es Ablitas; Francés de Ezpeleta, cuyo es Peña; Miguel de Javier, cuyo es Xavier; el doctor Martín de Rada, prior de Uxue; el procurador León d´Ezpeleta; Gaspar d´Ezpeleta, cuyo es Celigueta; Juan de Urrutia, cuyo es el palacio de Urrutia; Víctor de Mauleón, cuyo es Aguinaga; Juan d´Azpilcueta [su primer apellido era Jaso y era uno de los hermanos de San Francisco de Javier], cuyo es el palacio de Sada; el capitán Petri Sanz; Arano d´Ozta; Bertol de Bayo; Juan de Ganuza; Juan de Eraso; Pierres de Zozaya, cuyo es el palacio de Zozaya, Marín d´Ollot; Juan de Lasaga; caballeros naturales del reino de Navarra, vasallos de Su Majestad”. Salvo los Vélaz, los “traidores” a su “rey legítimo” están en la placa de defensores a los que Navarra, según el monolito del castillo, debe luz eterna.
A Pedro de Navarra se le reconoció su cargo de mariscal, octavo en la nómina de los mariscales de Navarra y quinto en la de su familia. La dignidad sería hereditaria. El 4 de agosto de 1525 recibió autorización para residir en el palacio real de Olite, con la obligación de repararlo a su costa, “sin que por ello se le diese tenencia ni salario alguno”. Más tarde, por real cédula fechada en Valladolid el 20 de abril de 1537, el emperador premió los servicios prestados por el mariscal Pedro de Navarra, haciéndole gracia de 100.000 maravedíes anuales sobre las alcabalas (los tributos de la época), teniendo en cuenta la capitulación entre dicho mariscal y el condestable de Castilla Iñigo Fernández de Velasco para la entrega de la plaza de Fuenterrabía. Fue después corregidor de Toledo y de Córdoba y, durante muchos años, asistente de Sevilla, el cargo más importante de la administración real de la ciudad que era el centro europeo del comercio con el Nuevo Mundo. En 1542 lo veremos ejerciendo como mariscal de Navarra cuando, codo con codo con el beaumontés conde de Lerín, condestable de Navarra, preparó la defensa del reino ante el peligro de un posible ataque francés, en vísperas de la cuarta guerra entre Francisco I y Carlos V. Fue también gobernador del reino de Galicia y presidente del consejo de la Orden de Santiago. El emperador le concedió el título de marqués de Cortes en 1539. Su hermano Francisco de Navarra, clérigo y gran teólogo, fue confirmado por el emperador en cédula aparte dictada también el 29 de abril de 1524 en el cargo de prior de Roncesvalles. Estuvo en el concilio de Trento y sería obispo de Ciudad Rodrigo y arzobispo de Valencia. Ambos hermanos fueron pues un paradigma de lealtad al emperador sin reserva alguna.
Alonso de Peralta y Carrillo, conde de Santesteban, que se intitulaba condestable de Navarra por haber privado el rey Juan de Albret de dicho cargo al conde de Lerín, fue asimismo restituido en todos sus estados y propiedades, y a cambio de la condestablía, que había sido devuelta a su antiguo titular, recibió el marquesado de Falces. El abad de Urdax, Juan de Orbara, que había sido excluido de la primera amnistía, vino a gozar en adelante de su dignidad abacial y de su canonicato de Pamplona. Y el doctor Remiro de Goñi, que también había sido excluido del primer perdón, pudo regresar y disfrutar de su cargo en el cabildo catedral de Pamplona. Juan de Jaso o de Azpilcueta, el hermano de San Francisco de Javier, quedó de consejero real de Navarra, al igual que lo había sido su padre con Fernando el Católico. Martín de Rada y otros fueron colmados de mercedes, y el mismo Francisco de Navarra, hermano del mariscal, sería objeto de grandes pruebas de afecto y confianza, no sólo por parte del emperador, sino también de su hijo Felipe II.
De modo que si alguien merece luz perpetua de reconocimiento del reino de Navarra es el emperador Carlos que, gracia a su firmeza y magnanimidad, consiguió restañar las heridas entre agramonteses y beaumonteses que durante casi un siglo habían estado en permanente estado de guerra civil. El gran perjudicado de este largo período guerracivilista fue el pueblo llano que padeció grandes calamidades y vivió en gran pobreza. No es de extrañar, que el tudelano Agramont, autor en 1632 de una monumental Historia de Navarra, que ésta sí rescató del olvido editorial Mintzoa en otra de sus joyas bibliográficas publicada en 1996, resumió en esta frase lo que supuso para Navarra su inserción leal y sin reserva alguna en la Monarquía española: “La unión de este reino al de Castilla fue como salir a volar un pájaro de su nido para andar por todo el mundo”.
El reino de Navarra dejó de ser el cortijo de una dinastía francesa, ilegítima en su origen al haber llegado al trono después de asesinar a la reina legítima Blanca de Evreux, hermana del Príncipe de Viana, y cuyos miembros debían pleitesía y vasallaje a los reyes de Francia por sus enormes posesiones en Francia, arrastrando a Navarra a ser el centro de un conflicto que le era absolutamente ajeno y contrario al interés general de su pueblo. En el conflicto internacional de 1512 provocado por Luis XII que pretendió destituir al papa Julio II, los reyes Juan y Catalina optaron por el rey francés, a sabiendas de que salvaban sus grandes posesiones en Francia, aunque perdieran el reino de Navarra, mediante un tratado secreto firmado en Blois el 19 de julio de aquel año y que ocultaron a las cortes navarras, por el que, entre otras cosas, la pareja real y sus hijos recibirían pensiones perpetuas de gran cuantía hecho que hoy calificaríamos como un escandaloso caso de corrupción. Maya es un monumento a la reconstrucción falsaria de la historia de Navarra dirigida a provocar nuestro divorcio con la gran familia española a la que por geografía, historia, lengua, cultura e intereses pertenecemos. Y ya que nos acercamos al día 30 de junio -500 aniversario de la batalla de Noáin- diremos que aquel día fueron derrotados los franceses no el “ejército real” de Navarra como se pretende. Al “rey legítimo” Enrique de Albret-Foix su amigo Francisco I de Francia ni siquiera le permitió pisar el suelo navarro. Por  cierto, y ponemos punto final, no hay mayor inconsecuencia que haber ornado el monolito con el escudo de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, cuyos habitantes eran fidelísimos súbditos del emperador. Y si no que se lo pregunten a San Ignacio de Loyola.
Jaime Ignacio del Burgo es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.
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