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Miradas a la Historia: El falsario mito de Maya (II)

El falsario mito de Maya (II): El fin del conflicto

El autor recuerda que el emperador Carlos dictó dos perdones que afectaron a los participantes en la defensa del Castillo de Maya, el primero en 1523 y el segundo en 1524, tras la rendición de Fuenterrabía

El fin del conflicto
  • Jaime Ignacio del Burgo
Publicado el 23/06/2021 a las 06:00
La vida en el valle de Baztán se hizo tan irrespirable que un grupo de vecinos acudió al virrey conde de Miranda para rogarle que acabara con las tropelías que soportaban. Este así lo decidió y convocó al condestable de Navarra, conde de Lerín, Luis de Beaumont, para organizar una expedición militar. El relato impuesto por la literatura aberzale es que un poderosísimo ejército castellano salió de Pamplona para sitiar el castillo y que tras nueve días de heroica resistencia sus defensores se vieron obligados a capitular. La realidad es muy otra. La mayor parte de los componentes de la expedición militar, comandada por el virrey Miranda y el hijo del conde de Lerín, era navarra. Entre las tropas castellanas figuraba un grupo guipuzcoano especializado en la colocación de minas. Una carta enviada el 11 de julio de 1524 desde Echalar por Juan de Aguerre a Juan de Orbara, abad de Urdax (ambos aparecen en la placa conmemorativa del monolito), que se encontraba en Bayona recabando más ayuda para Maya, revela que según informaciones fidedignas el duque y Luis de Beaumont llevaban 12 piezas de artillería y no muchos soldados, la mayoría de ellos navarros. Se calcula que serían unos 3.000. Peio Monteano lo llama ejército “hispano-navarro”. Al menos reconoce que no era un ejército “castellano”, pero olvida que hispanos eran ya todos los pertenecientes a las coronas de Castilla, Aragón y Navarra. Desde Bayona los franceses siguen animando a los defensores a resistir pues está a punto de llegar un gran ejército francés y se espera la venida del propio Francisco I. El “rey legítimo”, Enrique de Albret-Foix, estaba, como en todo este episodio, fuera de juego. Su amistad con el rey francés quedó puesta de manifiesto dos años después en la batalla de Pavía, donde no solo fue derrotado el ejército francés, sino que cayó prisionero junto a Francisco I, si bien el bearnés consiguió evadirse antes de ser trasladado a España. No se olvide que Enrique era vasallo del rey de Francia como titular de todos los dominios de los Foix y de los Albret, que lo convertían en uno de los pares de Francia más poderosos.
Entre el 12 y 13 de julio de 1522, la expedición levanta su campamento en torno a Elizondo, a la vista de la fortaleza. El 16 se lanza el primer ataque contra el castillo, pero los asaltantes tienen que retirarse ante la resistencia de los defensores. El propio conde de Miranda resulta herido. En vista de ello, los dinamiteros guipuzcoanos hacen su trabajo y colocan una mina bajo uno de los cubos de la fortaleza el 17 de la fortaleza y lo hacen detonar abriendo un boquete por el que las tropas del emperador penetran en su interior. Ante la inutilidad de proseguir la defensa el alcaide, con el consejo de los suyos, el 19 de julio de 1522 se rinde sin otra condición que la de conservar su vida y la libertad. No hay lista de bajas. Como ya hemos dicho la mayoría de los defensores -nobleza agramontesa y servidores- reaparecen poco después en Fuenterrabía.
El 9 de octubre de 1523 el emperador renueva en Pamplona el juramento de los fueros de Navarra que había hecho en su nombre el virrey conde de Miranda, y ratifica su compromiso de conservar a Navarra como “reino de por sí”. Fiel a los consejos del papa Adriano VI, su preceptor en Flandes, que había sido regente de Castilla antes de su acceso al papado, que le insta a buscar la adhesión de los súbditos por su convencimiento, el 15 de diciembre de 1523 el emperador decreta en Pamplona un primer perdón o indulto de los rebeldes agramonteses al que se acogen gran parte de ellos, menos un grupo de nobles, encabezados por el mariscal Pedro de Navarra, que todavía seguían leales a Enrique II y que se habían integrado en el ejército francés en Fuenterrabía.
Dispuesto a recuperar esta plaza cuyo valor estratégico era extraordinario pues su posesión permitía a los franceses establecer una cabeza de puente en territorio español, el emperador decide asaltar la villa. Los 3.000 soldados franceses de la guarnición capitulan sin luchar y abandonan la villa el 27 de febrero. Solo permanecen en la fortaleza el pequeño grupo de caballeros agramonteses y sus servidores. Pedro de Navarra, había heredado el título de mariscal tras la muerte unos meses antes en la prisión de Simancas de su padre. Por sus venas corría sangre castellana, pues su padre se había casado con Mayor de la Cueva, hija del I duque de Alburquerque, tía de Beltrán de la Cueva y Toledo, capitán general de Guipúzcoa que se había distinguido en la batalla de Noáin y en la de San Marcial contra los franceses y que dirigía las operaciones militares contra Fuenterrabía. Estos lazos familiares permitieron, sin duda, al nuevo mariscal, negociar con el condestable de Castilla Iñigo Fernández de Velasco. la entrega de la villa con el compromiso de prestar lealtad al emperador como rey de Navarra, a cambio de obtener clemencia. También habría pesado tanto en el mariscal como en Miguel de Jaso la opinión del Doctor Navarro, Martín Azpilcueta, de familia agramontesa, que les había recomendado que a la primera ocasión que tuvieran se pasaran al servicio del emperador. Sea lo que fuere, el resultado fue que el 29 de febrero de 1524, dos días después de la salida de los franceses, Pedro de Navarra entrega la fortaleza de Fuenterrabía al condestable. En cumplimiento de lo acordado, el 29 de abril del mismo año, el emperador firmó una real cédula de concesión de “perdón general” o amnistía total para todos los agramonteses que estaban en la villa “en servicio del rey de Francia” y a los que estuvieran en rebeldía fuera de ella.

Jaime Ignacio del Burgo es académico correspondiente de la Real Academia de la Historia
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