Natalia Huarte: “Alfredo Sanzol te zarandea y te pone delante la foto de lo que somos”
En su segundo montaje con el director y autor navarro, la actriz pamplonesa interpreta a Carmen, “una mujer atípica para su época, que sabe muy bien lo que es justo y lo que no”


Actualizado el 07/05/2021 a las 06:00
Catorce años después de su debut como la posadera Mirandolina en el taller de teatro del Instituto Navarro Villoslada, Natalia Huarte se ha convertido en una de las actrices navarras más prometedoras. Curtida en el teatro clásico, en 2019 recibió el premio Ercilla por su papel de Marcela en El perro del hortelano de Lope de Vega. En 2018 trabajó por primera vez con Alfredo Sanzol en La valentía. La actriz, que ayer no pudo asistir a la rueda de prensa de El bar por motivos laborales, atendió a este periódico el pasado lunes. “Este año mi familia no ha podido escaparse a Madrid para verme en El bar, así que estoy con muchísima emoción por contar esta historia en Pamplona. Hoy (por el lunes) ya siento unos nervios preciosos”, comentaba desde Madrid, donde reside desde 2007.
Se estrenó con Alfredo Sanzol en La valentía. ¿Qué poso le dejó aquella obra?
Los textos de Alfredo siempre están entre el humor, la nostalgia y la poesía. Después de trabajar con él por primera vez, tienes la sensación de que es un director que te sabe mirar muy bien. A Alfredo le interesa mucho quién es la persona que tiene delante.
¿Confiaba en que Sanzol volvería a contar con usted?
La verdad, al terminar La valentía pensé que él tiraría hacia otro lado y que trabajaría con otras personas, lo cual me parece maravilloso. Cuando me llamó para proponerme volver a trabajar con él, fue una gran sorpresa y me dio una alegría enorme. Me dijo: “Te voy a pasar el texto de El bar, te lo lees y ya me dices si te apetece”. Entonces le contesté: “Alfredo, creo que te puedo decir que me apetece ya” (se ríe).
¿Y qué sensaciones le generó esa primera lectura de El bar?
Me senté en el balcón de mi casa de Madrid y me lo leí rapidísimo porque no podía parar de leerlo. Es una obra larga, que dura tres horas, pero a mí se me pasó volando. Lloré y me reí leyendo el texto. Me pareció un viaje impresionante. En cuanto terminé de leerlo, le llamé a Alfredo y le dije: “Por favor, quiero estar en El bar”.
Usted interpreta a Carmen, una mujer muy vital y con muchas ganas de descubrir.
En aquella primera lectura ya hubo una conexión muy importante con el personaje de Carmen. Cuando cojo un texto y me interesa, de repente me dan ganas de leerlo en alto. Eso me sucedió al leer sobre Carmen: me fui unas páginas para atrás y empecé a leer en alto en el balcón. Había algo de su energía, de su alegría y vitalidad, que me llevaban a querer leer la obra en voz alta.
Interpreta a una mujer de otra generación, que vive en los años 60, pero antes de estrenar El bar dijo que la veía muy conectada con el mundo de hoy. ¿En qué sentido?
Sí, podría ser que no tuviese nada que ver conmigo. Hay un momento de la función en que Carmen se define como una mujer de derechas, pero es una mujer atípica para el momento histórico que está viviendo: ella conduce, se va a Estados Unidos a aprender inglés... Carmen sabe muy bien lo que es justo para ella y lo que no. Me encanta que haya una mujer con el poderío y con la capacidad de decisión de Carmen en una obra de teatro ambientada en 1963. A través de las situaciones que vive Carmen, me hace ver que todavía nos queda mucho camino por recorrer a día de hoy.
Cuando aún no era actriz profesional, dijo que interpretar a un personaje también sirve para aprender de él. ¿Qué le ha aportado estar en la piel de Carmen?
En el caso de El bar, me ha pasado algo que hasta ahora no lo había vivido a este nivel. A mí me ha ayudado a aprender el montaje completo: mis compañeros, el proceso de ensayos, el texto, la dirección de Alfredo... Es decir, la experiencia que hemos vivido todos juntos. El bar habla de la libertad, de la capacidad de reinventarse a uno mismo y de tener el arrojo y la valentía para vivir la vida con todo el dolor y con toda la alegría que tiene. Carmen ha sido una parte más de ese puzzle. Como ser humano, he aprendido mucho de la historia que contamos en El bar.
¿Se hizo un trabajo previo antes de empezar con los ensayos?
En esta ocasión, Alfredo lo tenía muy claro. Él nos mandó la obra finalizada, porque ya tenía claro que esa era la versión definitiva. Con cada obra, el proceso cambia. Tengo que decir que el equipo humano de esta función es impresionante, tanto el artístico como el técnico. Ha habido un entendimiento maravilloso. Mis compañeros están emocionados por ir a Pamplona, solo de vernos nerviosos a Alfredo y a mí. Yo creo que van a querer repetir en Pamplona (se ríe).
¿Cuál es la singularidad de Alfredo Sanzol como autor?
Él es capaz de mezclar lo cómico, lo dramático, lo nostálgico, la poesía... Por eso es imposible situar las obras de Alfredo en un género concreto. En sus obras, el espectador se identifica con cada personaje desde la risa, el llanto, el recuerdo... Para mí, Alfredo Sanzol tiene un olor, él huele a algo muy humano. Él es muy capaz de ver todas las caras del ser humano, él te zarandea y te pone delante la foto de lo que somos. Hay momentos en que yo me veo a mí misma hablando desde un lugar casi filosófico, pero de repente paso a la cosa más banal, después soy una macarra... (se ríe). Y todo eso te puede pasar en un minuto.
¿Cómo se plantea su carrera?
Ahora retomaré la obra que tengo con Nao d’Amores (Nise, la tragedia de Inés de Castro). En septiembre volveremos con El bar al Teatro Valle-Inclán de Madrid y tengo algún proyecto que aún no puedo decir porque no está del todo firmado... Va a ser una temporada buena, estoy muy contenta por las cosas que me van saliendo. El mundo audiovisual lo tengo menos visitado que al del teatro y ahora le tengo muchísimas ganas. Y, por supuesto, me encantaría volver al teatro clásico. Es cuestión de ir amando todo lo que va viniendo.