Esteban López-Escobar: “No me apetece llamar comunicación a arrastrar a la gente por el hocico”

El catedrático y antiguo profesor de Opinión Pública en la Universidad de Navarra acaba de defender, a sus 78 años y con una pandemia de por medio, su segunda tesis. Para él, que sigue dando clases a través de internet, jubilarse no significa dejar de producir conocimiento

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Esteban López-Escobar: “No me apetece llamar comunicación a arrastrar a la gente por el hocico”José Antonio Goñi
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Paloma DeAlbert

Actualizado el 19/07/2020 a las 06:00

Esteban López-Escobar Fernández llega cargado de preguntas para sus entrevistadores. También plantea sacar su última pipa para la sesión de fotos, un objeto con el que sus alumnos lo recuerdan echar humo durante sus clases de Opinión Pública en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Aunque ya casi no la usa porque con ella, lamenta, “fumar es muy complicado”. Por sus lecciones han pasado como estudiantes Carlos Yárnoz, Eduardo Inda, Uxue Barkos; el actual rector de la Universidad, Alfonso Sánchez-Tabernero, Cristina Pardo o Luis Piedrahita. Y el pasado 7 de julio, a sus 78 años, defendió su segunda tesis, su segundo sobresaliente cum laude.

Hijo de un ingeniero de Armamento y Construcción y artillero, y de una ama de casa “devoradora de libros”, fue el cuarto de once hermanos. Ahora es el mayor que sigue vivo. Aunque nació en Valencia en octubre de 1941, su infancia transcurrió en Trubia, en Asturias, donde se localizaba una fábrica de cañones. En esta comunidad empezó la licenciatura en 1958, que luego le llevó a doctorarse con una tesis sobre el Derecho Presupuestario. Aquel mismo verano, en pleno franquismo, este catedrático -uno de los pioneros en la teoría de la comunicación en España- viajó a Pamplona para un curso de verano sobre Actualidad y Periodismo, en lo que unos meses después se configuró como el Instituto de Periodismo y que, con el paso de las décadas, acabó por constituir la Facultad de Comunicación. En 1974, lo llamaron para dar clases y, desde entonces, reside en Navarra.

Si en su primera tesis lo dirigió el que luego fue nombrado ministro durante la Transición, Jaime García Añoveros, en esta segunda -Charles Horton Cooley: una aproximación (Bases para una teoría comunicativa de lo social)- lo ha hecho un exalumno, al que a su vez dirigió su tesis y lo sucedió en la Universidad, Manuel Martín Algarra. Y en el Tribunal de defensa, otros tres de los cinco catedráticos se doctoraron también bajo su tutela. Con el pulgar de su mano derecha, que empieza apresada bajo una pulsera digital de medición de la actividad, busca a través de su smartphone una foto del protagonista de su investigación, el sociólogo Charles H. Cooley, cuando menciona a su familia.



¿Qué le lleva a un hombre a sacar una segunda tesis con 78 años?

Es un desarrollo natural de cosas pendientes que, si se puede, hay que terminar. Creo que para un universitario, jubilarse es difícil. Cuando oigo que la gente quiere jubilarse me sorprendo un poco, porque para mí es una continuación de lo que estaba haciendo y de lo que todavía no había podido hacer. En esta investigación, no había encontrado a la persona y bueno, no he tenido más remedio que hacerlo yo.

¿Cómo ha afrontado esta tesis en comparación con la primera?

La primera tesis me la propuso García Añoveros y es sobre la Ley de Administración y Contabilidad, que es la ley que más tiempo ha durado en España. Me concentré en unos años, y yo era jovencito. La segunda es algo que se va depositando a lo largo de los decenios. Voy pensando un tema y desemboco en este autor. Cuando lo descubro, trabajo a fondo en él. Ahí fue muy importante que un colega estadounidense, Peter Simmonson, me regalara un manuscrito en microfilme de Charles H. Cooley. Eso a mí me da mucha confianza porque, como pasa en la prensa, hay que ir a fuentes originales. Las fuentes intermedias pueden deformarte. Me gustó de Cooley que no publicaba demasiado, escribía cuando tenía algo que decir. Hay gente que escribe sin tener nada que decir.

Uno de sus directores de tesis es Manuel Martín Algarra, al que usted guió en la que él hizo. ¿Se ha dejado dirigir?

Hemos mantenido siempre una relación tan buena que esas cosas no tienen ningún tipo de segundas lecturas. Hay directores, como a mí me pasó con García Añoberos, que no corrigen nada. Martín Algarra me ha ayudado en toda la composición y me ha escrito muchas anotaciones de erratas, repeticiones... Se la ha leído bien.

Y el otro director es Maxwell McCombs, nada menos que el creador de la teoría de la Agenda Setting, sobre cómo los medios determinan lo que es relevante...

Es muy buen amigo mío, un hombre muy bueno. Ellos [Martín Algarra y McCombs] hicieron un libro, Comunnication and Society, en mi honor cuando me jubilé. Y les dije: ‘Pues vais a ser los directores’. McCombs y yo nos encontrábamos en congresos. Ha estado viniendo a la Facultad desde 1993. Hay una confianza muy grande. Me ha dicho que está estupendamente bien y se ha alegrado muchísimo. No es un hombre que lea con soltura en español, su mujer sabe más que él, de manera que no ha habido ningún roce ni diferencia.

Estuvo años intentando que se investigara a Cooley, ¿por qué esta fijación?

Lo calificaría de ‘insatisfacción hasta que’. Lo interesante en Cooley es que para él, la comunicación es generadora de lo social y al mismo tiempo tiene que ver con el futuro, que para Cooley es la unidad humana. Estamos hechos, como él diría, para una gran fraternidad, no para pelearnos entre nosotros. Eso hoy día todavía hay que decirlo más, cuando uno se encuentra ante enfrentamientos permanentes de intereses, poder, codicia.

¿Qué pretendía al empezar la tesis?

Quería entrar en diálogo con alguien que había pensado sobre estas cuestiones y ver cómo lo había hecho, y ver quiénes habían reflexionado. Y una vez que uno empieza a estudiar algo, va detectando la cosificación de los tópicos que se repiten y los va corrigiendo.

¿Tópicos? ¿Como cuales?

Por ejemplo, la supuesta pertenencia de Cooley a la Escuela de Chicago, aunque Cooley fue un hombre de Michigan de toda la vida. O descubriendo que las relaciones entre Cooley y su padre que se dicen que estaban marcadas por la gran personalidad de su padre, su presión excesiva, no eran así. Se llevaban muy bien, aprendió mucho de él, le daba mucha libertad y le mandaba cheques cuando se lo pedía. Él mama de su familia una serie de cosas que luego se manifiestan en su propia vida.

Comentaba sobre lo que entendemos por comunicación. En el vídeo de Twitter de la Facultad decía que la comunicación política hoy no es realmente no es comunicación siempre...

Es verdad. ¿Tú no piensas así? Hice un trabajo con Manuel Martín Algarra sobre Santo Tomás de Aquino, y luego lo relacioné con Aristóteles, que decía que toda comunicación es política, porque si es verdadera comunicación es constructora de la polis. Lo que ocurre es que hoy día parte de los que se dedican a la comunicación política en realidad son propagandistas, que piensan más en la captura y la manipulación. Hay muchos retóricos que están pensando en cómo usar las palabras para que los otros hagan lo que quiere. No me apetece llamar comunicación a una manera de arrastrar a la gente por el hocico.

¿Cómo ha visto la comunicación política durante esta pandemia?

Voy a otra cosa; estamos en una época donde lo fake lo invade todo: falsas promesas, discursos, falsas noticias, falsos medios de comunicación e incluso falso fact-cheking [verificación de hechos]. Un permanente doble rasero. Leer, ver y oír lo que dicen que pasa nos sirve para ver qué está pasando realmente. En la pandemia,ha habido de todo, lo cual hace muy difícil para el ciudadano común enterarse realmente de lo que está pasando.

¿Entonces no ha sido comunicación?

Ha habido de todo, en parte mucha incomunicación, muchas perplejidades; muchas preguntas sin respuesta y muchas respuestas sin pregunta. Desde el primer momento un libro fundamental en mis clases fue Otelo.

¿Qué tal ha sido el papel del periodismo en España?

Creo que hay que replantearse algunas cosas. Hay que subrayar idea de servicio en lugar de la de éxito. Cierto éxito es necesario para sobrevivir, pero no puede ser que uno se sirva de la gente.

¿Cuál es el mal del periodismo hoy?

He dicho siempre que el primer manipulado es el periodista: por sus fuentes, por las grandes corporaciones, por el gobierno que sea. Por tanto, necesita un tipo de formación que le coloque como mínimo al nivel de sus fuentes. Y un tipo de formación en sus hábitos, cualidades, virtudes, que le permitan resistir las coacciones. Todo eso no es fácil, hay que vivir de algo, y en algunos casos hay intereses implacables.

Le llegaron a llamar desde Portugal para evaluar las facultades de Periodismo ¿Como diría que están en España?

No puedo dar una respuesta seria. Estas facultades en parte las hemos creado gente que venimos de otros campos, Filosofia y Letras, Derecho... Quedan cosas por hacer.

¿Por ejemplo?

Ir ahondando en la idea de comunicación. No son puras escuelas de retórica.

¿Echa de menos dar clase?

Sí. Las clases lo que le mantienen a uno en el cómo es cada generación, a mí eso me ha ayudado mucho a pensar. A veces me leía los libros que supuestamente se habían leído los que entraban ese año en la Facultad, ¿cómo se llamaba aquella cosa de los vampiros?

¿Crepúsculo?

Sí. Yo preguntaba: ‘¿Esta novela de qué trata?’. Me decían que ‘de vampiros’. Y yo les respondía: ‘Bueno, yo creo que trata de encontrar un amor eterno’. O en las de Harry Potter, lo sustancial es que el amor es más fuerte que la muerte. Con lo cual, hay una cosa interesante que es la interacción, yo he aprendido mucho de los estudiantes. Sigo dando algunas clases online, en la Universidad Internacional de La Rioja, aunque les falta lo presencial, que es muy importante. El diálogo, ver las caras, decir una machada y ver qué efectos produce, escuchar todo tipo de preguntas...

¿Qué le impulsó a hacer aquel curso de verano sobre Periodismo?

Tenía un amigo que trabajaba en un diario de Oviedo, Javier Ayesta y me pidió que le ayudara en un proyecto de maquetación de su periódico. Tenía amistad con Alfonso Nieto, que se enteró de este curso y me preguntó qué me parecía. Le pregunté a mi padre, que creo que nunca me dijo que no a nada. Hice prácticas en el Diario de Navarra, que estaba en la calle Zapatería. Y dije: ‘Me voy a quedar en Pamplona’. Terminé 3º de Derecho en Pamplona y en 4º me fui de subdirector a un colegio mayor de Sevilla. Al terminar, volví a Navarra. Venía conmutando algunas materias y me cansé y me fui a hacer el doctorado. Un verano me encontré con Ángel Benito y me dijo: ‘Tienes que terminar, va a haber facultades de Periodismo. Yo te ayudo’.Y me dio el tema: hice un trabajo de fin de carrera sobre Marshall McLuhan.

¿Cómo es un día habitual para Esteban López Escobar?

Me levanto temprano, suelo ir a misa, luego me pongo ante el ordenador, pego un repaso al correo. Suelo ver todos los días RealClearPolitics, que empecé allí a estudiar las encuestas hace muchos años. Me distraigo, porque el médico a mí me recomendó que me moviera. Salgo, camino, de vez en cuando jugo al dominó y luego pues estar con amigos. Tengo cosas pendientes por escribir, artículos sobre Cooley y otras cosas, me tengo que organizar. Yo ahora lo que pido es lucidez, longevidad, una muerte santa -una buena muerte- y morir sin dar la lata.

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