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CERTAMEN LITERARIO

El cuento ganador: 'El secreto de los Reyes'

Un relato sobre un misterio de Melchor, Gaspar y Baltasar hizo merecedor a Jose Murugarren, redactor jefe de Diario de Navarra, de ganar el certamen literario de Navidad Heraldo de los Reyes Magos

José Murugarren
José Murugarren
Actualizado el 09/02/2020 a las 09:01
Con el coche detenido delante de un paso de peatones los he visto. Caminaban despacio, con la vacilación de quien sufre alguna limitación en la vista, en el oído, en la movilidad o quizás, un poquito y a la vez, en todo. Cuando la vida transita al ritmo de unas piernas tan ancianas, la velocidad del mundo ayuda a percibirte vulnerable. He frenado hasta parar el coche sin pensar en la conductora que esperaba detrás. “Es sábado. No hay prisa”, me he dicho. He mirado con regocijo, disfrutando de la ternura que proyectaba su paso indeciso. Ellos, tan mayores. Yo, observando, como si fueran una pareja de abuelos amorosos de un vídeo de Navidad. Me traen recuerdos de otro tiempo. Han entrado en la pastelería y he decidido aparcar y seguirles. Me he colado dentro. No quiero nada. Observar y mantener esta paz inusitada. Se respira un ambiente cálido y huele a café recién hecho. Se oyen villancicos. “Dos con leche, sin azúcar, muy caliente y rosco de reyes con nata”, pide en la barra el hombre. Mientras lleva los cafés, ella le mira con ojos de mazapán. La estampa la he visto en alguna ‘peli’ de ancianitos de Disney. La mujer saborea el rosco. “Me recuerda al tuyo, Melchor. Al que horneas por estas fechas...”. Y Melchor asiente, enjuto, elegante, pegado a una barba blanca que casi le roza el cinturón con el que sujeta sus vaqueros. Lleva un anillo con una piedra verde. ¿Una esmeralda?
La mujer sonríe cuando ve que su soberano compañero corta con cuchillo y tenedor, delicadamente, una porción de rosco y ofrece un trocito que pareció pequeño hace un momento y ahora cobra tamaño. “Eres mago hasta en la cafetería”. Y ambos ríen. Disfrutando discreto de esta sesión de cabalgata privada, no doy crédito a lo que tengo delante. Pido café y rosco, me siento en una mesa contigua para escuchar cerca y volar lejos, hasta el día en que Pedro Mari me confió su secreto. Aquella mañana de un año en que los chicos afirmaban haber descubierto que los Reyes eran los padres. No levantábamos un palmo del suelo, pero Pedro Mari ya era capaz de contradecir el criterio de todos. “No es cierto. Los Reyes son los Reyes. Los padres, solo sus lacayos. Almas que trabajan para los Magos. Los padres son gente insegura que se atribuye el mérito para ganarse el afecto de sus hijos”. Eso dijo mi amigo. Me quedé de piedra. Y lo mantuvo, mejor argumentado, en la adolescencia. Se notaba que quería ser psicólogo. “Los padres son mendigos emocionales. Gente que necesita con urgencia el reconocimiento de los hijos. Eso antes no pasaba”, concluyó resolutivo. “Yo se lo he escuchado a mi abuelo que va por los 90”. Admito que tuve dudas. Eran demasiadas las aparentes evidencias como para dudar del convencimiento colectivo. Pero, para mí, Pedro Mari era un referente. El primero de la clase y el más empático. Tipo generoso, colega de apuntes, compañero de juergas, el amigo del campamento con los Escolapios, prestamista cuando el dinero no llegaba, un hombro en el que apoyarme cuando surgían los problemas… Con él compartí bocadillos, horas de estudio, fiestas, novelas, debates políticos y hasta el ‘Clearasil’ de las primeras espinillas. Él no me mentiría, pensé entonces. Los padres, en consecuencia, no pueden ser los Reyes. “Fíjate” me dijo en una ocasión para reforzar su argumento, “a un padre o a una madre exiges lo que sea y hacen el ridículo por complacerte... Los Reyes son gente seria. Puedes hacer una lista interminable de regalos. Pedir el cielo y la tierra. Ellos la valoran y asumen el reto con equilibrio en el reparto, con proporción, atendiendo a la situación infantil mundial y a criterios de justicia y solidaridad. Y si tienen que recortar a la mitad el pedido, lo hacen. Los padres, no. Los padres son exagerados. Atienden con desmesura los encargos de sus hijos. Sobreprotegen, nos ven inseguros, dubitativos…, y piensan que pueden secuestrar con regalos lo que no atienden con dedicación. ¡Pobres! Si algo teme una madre es ver que su hijo vuela solo. Siempre piensa que se va a estrellar. Tú y yo hemos asistido al espectáculo de descubrir a padres maduritos insultar a un árbitro al que le doblan la edad en partiditos de futbito por defender que su criatura de 6 años había sufrido una falta no pitada. ¿Crees que alguien así va a ser rey?”
El argumento me parecía incontestable. Definitivamente los Reyes no podían ser los padres. La respuesta con lamparón de nata en la comisura de los labios la tenía delante de mí. El gran Melchor de mi infancia, el hombre al que adoré desde aquella escalera plegable en la que mi padre me subía para acercarme a la comitiva en la tarde del 5 de enero, estaba ahí. Mi rey favorito vestido en vaqueros compartiendo desayuno con su esposa. Melchor se levanta, paga la cuenta y toma del brazo a su compañera. Han disfrutado del desayuno. De repente, se da la vuelta y me clava dos enormes ojos que surgen al norte de sus barbas. Ha visto que no he dejado de mirarlos. Me siento descubierto.
- “Cuídame el secreto, Jose (me llama por mi nombre). Pedro Mari y tú lo sabéis, pero los padres nos necesitan. Ellos hacen lo que pueden. Guarda de una forma especial lo que sabes. Déjalo escrito. No como si fuera un artículo de denuncia periodística. Que parezca un cuento de Navidad que nos ayude a todos. A los padres, a reflexionar, a los Reyes a ser más justos. Se coloca el dedo índice sobre los labios y ahora sí, confirmo que ese pedrusco que despunta en el anillo no puede ser otra cosa que la esmeralda de un rey mago. Me mira con dulzura, con una majestad elegante y delicada. Y yo, recuerdo a mi amigo, Pedro Mari. Pienso en las dudas que alguna vez tuve, tiemblo y asiento.
- “Puedes confiar en mí, Melchor. Será mi cuento de Navidad”
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