Historia
Tradiciones y curiosidades de la Navidad
Repaso de las fechas desde el nacimiento del belén hasta la venida de Papa Noel o el Olentzero


Actualizado el 25/12/2020 a las 06:00
Llega la Navidad y con ella un buen surtido de tradiciones que tenemos marcadas a fuego en nuestra memoria y patrimonio histórico.
Somos una especie hecha a base de costumbres y celebramos anualmente y con diversos rituales, tanto días especiales a nivel personal como periodos que señalan algún acontecimiento importante de nuestro acervo cultural.
El paso del tiempo hace que dichas tradiciones se vayan modificando o añadiendo nuevos elementos según cambia la realidad social, política o religiosa del momento, pero el trasfondo de la celebración sigue inamovible. Así, vamos de las fiestas paganas del culto al sol y a la agricultura en el solsticio del verano de la antigua Roma, a la noche de san Juan; de la hoguera junto al campo de cultivo en plena Edad Media, a la barbacoa y a la fogata hecha con madera de palés en una plaza de barrio.
A lo largo del calendario pocas son las festividades que engloban tal cantidad de tradiciones como las navidades. En ese amplio abanico de ritos y costumbres hallamos las manos del hombre y del tiempo, que hacen que todo cambie. Sentémonos pues a la mesa, junto al árbol, el belén, los turrones, la pandereta y descubramos el origen de la Navidad.
En la antigua Roma el solsticio fue disfrazado de unas fiestas en honor al dios Saturno, señor de la semilla sembrada y de la germinante, de la agricultura y de la cosecha. Por ello las saturnales estaban completamente ligadas a las labores del campo y abarcaban del 17 al 23 de diciembre, fechas en las que tenía lugar ese cambio de luz que afectaba directamente al mundo de la agricultura. Ya para ellos, para esos romanos de túnica y sandalias, la celebración del solsticio se adentraba en lo más antiguo de su pasado y viajaba milenios en el tiempo desde el agricultor neolítico del Lacio hasta el campesino de la época de Julio César. En las saturnales se comía y se bebía en exceso y la moral se relajaba hasta hacerla casi inexistente.
En ese contexto agrícola-solar encontramos en el 274 la creación, por el emperador Aureliano, del Dies Natalis Solis Invicti: el día de nacimiento del sol invicto. Aunque su culto ya existía mucho tiempo antes, será ahora cuando se haga oficial. Esta celebración, establecida el día 25 del mes, estaba directamente ligada a Mitra, dios solar oriental introducido por los romanos en su panteón desde el siglo I a.C. En dicha jornada sagrada se celebraba el nacimiento de esta deidad y su culto se extendió hasta el 391, momento en el que el emperador cristiano Teodosio declaró ilegales las religiones paganas.
Para poder borrar todas estas prácticas, el cristianismo terminó estableciendo el nacimiento de Jesús en la misma fecha que el de Mitra, y así, con las celebraciones que componían y rodeaban al evento, intentaron terminar con los antiquísimos rituales del solsticio y con las saturnales. Además, el paralelismo entre el Señor y el sol se vislumbró rápidamente: Jesús era la luz que nacía para iluminar a todos los hombres y así poder vencer a las tinieblas y a la oscuridad. Pero curiosamente los primeros cristianos no celebraban la natividad de su redentor, y habrá que esperar varios siglos para que se haga un hueco en el calendario litúrgico. Así, el papa Julio I, en el 350, será el primero en proponer esa fecha y el papa Liberio conseguirá decretarla oficialmente en el año 354.
No obstante, la relación de esta ave con el sol va más allá del cristianismo, pues su sonoro saludo al nuevo día que vence a la oscuridad, fue un símbolo usado antes por muchas culturas y religiones. La adopción de su figura por los primeros cristianos es parte de la política de trasformación de los ritos paganos en beneficio de la nueva religión. Por eso encontramos a este animal de luz, y por lo tanto del bien, en la misa del gallo o en las veletas de los tejados.
El ideólogo de esta inteligente estrategia para llenar las arcas del Estado fue Leopoldo de Gregorio, el marqués de Esquilache. Con dicho sorteo se conseguía que los ciudadanos dieran el dinero para las arcas de forma voluntaria y no de manera forzosa a base de impuestos. Por eso se recurrió a un juego en el que podían participar todas las gentes del país y que tenía un atrayente premio económico.
Pero no es hasta el 4 de marzo de 1812, durante la Guerra de la Independencia, cuando nacerá la Lotería Moderna, o también conocida como Lotería Nacional. Esta presenta modificaciones sustanciales respecto a la del siglo anterior, la antigua y que pasará a denominarse Primitiva. El cambio, entre otras cosas, estaba en el sujeto pagador: en la Real era el rey quien abonaba el premio y en la Moderna la nación. Esta nueva lotería nacerá en una Cádiz rodeada de tropas napoleónicas de la mano de Ciriaco González Carvajal, ministro del Consejo y Cámara de Indias, con el fin de aumentar los ingresos para la guerra y el erario.
El 18 de diciembre de 1812 se realiza el primer sorteo de la Lotería de Navidad, que cayó en el número 03604 con un premio de 8.000 pesos fuertes, o sea, 64.000 reales, que si los convertimos en oro suponían 200 onzas de 27 gramos, es decir, casi cinco kilos.
Pero este sorteo no se celebró todos los años hasta 1839 y es en 1892 cuando se le empezó a denominar de forma oficial Sorteo Extraordinario de Navidad.
Nació en el 270 en Lycia, provincia de Asia Menor. Sacerdote de profunda vocación, llegó a ser obispo de Myca, en Turquía, donde destacó por el trato que daba a los niños, a los que cada Nochebuena regalaba juguetes que él mismo hacía. Su fama de santidad le llegó ya en vida y, una vez muerto, se extendió por todo el imperio bizantino. Desde allí, y en el marco de las misiones evangelizadoras del siglo X en tierras eslavas, se extenderá por la actual Rusia, donde llega a ser considerado un santo nacional. Su figura entró en occidente en el año 972, cuando el emperador del Sacro Imperio Romano, Germánico Otón III, se casó con una princesa bizantina.
La rápida expansión del culto al santo por las tierras del norte de Europa se debió a la existencia de antiguos seres de las religiones paganas que encajaban con el papel benefactor de san Nicolás. Hablo de entes como los gnomos y los elfos, que durante las festividades del solsticio de invierno desempeñaban la tarea de dadores de regalos, sobre todo a los más pequeños. Pues estos seres han terminado hoy en día formando parte de la tradición moderna como ayudantes de Papá Noel.
El culto a san Nicolás o a santa Klaus (diminutivo de Niklaus, nombre dado en la lengua alemana), dará el salto al nuevo continente, en el cual terminará naciendo la figura moderna que hoy conocemos.
Las primeras ilustraciones en las que vemos representado a Papá Noel existen desde el siglo XIX. Pero estas variaban según el dibujante: unas veces era representado como un hombre alto y delgado y otras como un pequeño elfo. Su vestido se pintaba de verde, morado o rojo, según el gusto del artista. En 1823, Clement Clark Moore escribió el poema “A visit from St. Nicholas” (“La visita de san Nicolás”), donde realiza una descripción del santo que establecerá los pilares para su futura imagen. Sienta las bases para toda la tradición del futuro Papá Noel: la noche de su visita, el trineo, los renos con sus nombres, el saco lleno de juguetes y la entrada en las casas por la chimenea.
La figura que todos conocemos nacerá en 1931 de la mano de Haddon Sundblom, dibujante contratado por la marca Coca-Cola para crear una imagen que protagonizase su campaña navideña. Haddon recoge el testigo de Moore en cuanto al aspecto tradicional de santa Klaus, y da vida al Papá Noel moderno de generosa barba canosa, mejillas sonrosadas y traje rojo y blanco. Por tanto, la marca de la famosa bebida no fue la que dio vida a la tradición ni a su figura, como se piensa de forma errónea, sino que solo estableció los rasgos icónicos del personaje.
José María de Barandiarán localizó la tradición de su culto en algunos pueblos de Navarra y Guipúzcoa, siendo Lesaka la localidad donde encontramos las manifestaciones más antiguas. Los atributos clásicos que rodean al personaje, aparte de tratarse de una manifestación reciente, no son generales en toda la geografía, pues varían de unas zonas a otras. Véase como ejemplo la localidad de Larráun, donde Olentzero era un gigante borrachuzo de ojos rojos que se colgaba por las chimeneas y entraba en las casas, ajeno completamente al significado de donante de bienes. El antropólogo guipuzcoano popularizó la leyenda más conocida y extendida de la figura mitológica, cuya acción transcurre en la sierra de Aralar. Curiosamente encontramos la vinculación de Olentzero con dicha formación montañosa, lugar de los mitos y leyendas más antiguos del viejo reino. Su figura tiene una importancia simbólica que llega a etapas tan remotas como el Neolítico y que dejará prueba en la enorme presencia de monumentos megalitos y en la ubicación de uno de los santuarios cristianos más longevos e importantes: San Miguel de Aralar. Será en dicha sierra donde, según nos cuenta Barandiarán, nació la leyenda. Estando los jentilak (personajes de la mitología vasca que representan a los antiguos paganos) viviendo en dicho lugar, vieron una luz que venía del Este y al preguntar por la misma al más antiguo de su comunidad, les dijo: “¡Ay, hijos míos! Kixmi (nombre dado a Jesucristo y que literalmente significa “mono”) ha nacido y nuestra época se ha acabado. Despeñadme por este acantilado”. Así lo hicieron y tras ello se desperdigaron y desaparecieron. Otra tradición nos cuenta que se metieron todos bajo el dolmen guipuzcoano de Jentilarri, desvaneciéndose así de la faz de la tierra. Pero no todos los gentiles marcharon, ya que uno se quedó para, bajando del monte, llevar la noticia del nacimiento de Jesús a los humanos. A este gigante pagano se le llamó Olentzero. Hoy en día desciende para traer regalos a los niños, al igual que los Reyes Magos, quienes también comenzaron a realizar la misma labor donante en 1850.
Que a este personaje de las montañas se le represente como un carbonero no tiene soporte en ninguna documentación antigua, con lo que dicha figura nacerá con seguridad a mediados-finales del siglo XIX. Tal vez la quema en estas fechas de los troncos traídos del monte y la relación de dicha labor con los carboneros fue la causante de su creación.
Así que nuevamente el cristianismo transforma un elemento presente en anteriores creencias, de tal forma que el tronco del solsticio de invierno y el culto al fuego, al sol, al árbol mágico y sagrado, torna en una figura antropomorfa anunciadora del nacimiento de Jesús.