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Literatura

La literatura en cautiverio

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret.

Actualizada 25/03/2020 a las 18:53
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Al contrario que muchos de nosotros, que necesitamos salir y airearnos todo lo posible, andar por las calles y los caminos, la literatura busca a menudo el encierro, tiende naturalmente al confinamiento. A la literatura no sólo no le asusta el cautiverio, sino que florece y se hace fuerte en él. En esas circunstancias que la mayoría abomina, como vemos estos días, ella se eleva por encima de sí misma dando lugar a personajes singulares, a historias valiosas, a títulos difíciles de olvidar.

 

Lo curioso es que a veces el lector advierte la trayectoria de la trama, la deriva del argumento y, temiendo esas situaciones de aislamiento que no desea en su propia vida, intenta llevar la obra hacia otra parte, alejarla de allí, apartarla a tiempo del cerrojazo. En esas ocasiones, se agarra al volumen con las dos manos, aprieta los dientes y hace un esfuerzo inútil por librar al personaje de su destino, por convertir el libro en algo diferente.

 

Así que al principio hay cierta decepción. Me refiero al lector. A ese momento en que comprende hacia dónde se dirige el relato, hacia dónde le arrastra la lectura, y sabe que ya no podrá hacer nada para evitarlo. Una vez dentro del sitio, se detiene unos segundos para asumir lo que pasa. Descansa, recobra el aliento y mira a su alrededor con cierta resignación. Observa el entorno limitado del protagonista. Contempla el vestíbulo del Gran Hotel de Vicky Baum, la fortaleza siniestra de Dino Buzzati en El desierto de los tártaros o el sanatorio para tuberculosos de Thomas Mann en La montaña mágica. Lo hace con detenimiento, pues es consciente de que a partir de entonces ya no habrá otro lugar. La narración se quedará en éste. Todo ocurrirá allí. Todo terminará allí. En cualquiera de los entornos lujosos o sórdidos que el autor haya elegido para sus criaturas.

 

Poco a poco, la claustrofobia inicial del lector irá calmándose. Igual que nosotros estas semanas en nuestras casas, aquél irá acostumbrándose a lo que hay. A los límites del escenario. A los confines del libro. Irá dándose cuenta de que, en un espacio así, las relaciones entre los habitantes, entre los ocupantes, son inevitables. Entenderá que ellos, a falta de otras distracciones, de otros horizontes, no tendrán más remedio que interactuar. Verá cómo de esos vínculos nacen conflictos, cómo éstos, motivados por pasiones y afanes, por instintos y ambiciones personales, dan pie a una serie de acciones. Y al final, gracias a la tensión narrativa creada por el escritor, el lector asistirá con expectación al desenlace de todo lo que se complicó allí dentro.

 

Claro, la proximidad es un factor. Igual que sucede entre nosotros en estas jornadas de cuarentena que vivimos por culpa del coronavirus, el contacto cercano y frecuente entre los personajes de una novela es una fuente de roces y sentimientos, una garantía de enfrentamientos y de alianzas a disposición del autor. Sin embargo, ahí no acaba el asunto. No es ésa la única razón por la cual aquél encierra a su protagonista. El verdadero motivo es otro. Lo que pretende es llevarle a una situación especial, a una posición privilegiada. Si Buzzatti clausura a Drogo en la fortaleza Bastiani y Mann hace lo propio con Castorp en el hospital suizo, es porque ambos novelistas quieren poner a sus figuras en los márgenes de la sociedad de la que provienen. Ellos saben que, desde allí, Giovanni y Hans van a disponer de una perspectiva nueva a la hora de contemplar el universo de los hombres, de los hechos, de las cosas. Saben que así, por medio de ese artefacto literario, van a poder escribir acerca de lo exterior sin necesidad de contarlo y, al mismo tiempo, van a reproducir la vida y el mundo, su miseria y su grandeza, a una escala reducida, adaptada a las dimensiones de un fortín militar o de un sanatorio para tísicos.

 

Pero hay otras variantes de ese mismo fenómeno. Otras veces, esa marginación a la que se ve sometido el personaje ni siquiera requiere de un espacio cerrado. Puede tratarse de un enclave sin puertas ni paredes, si bien apartado de lo demás, como en el caso de Cosimo Piovasco en El barón rampante, o de un estado físico sin crecimiento, como la estatura de un niño de tres años en la que decide permanecer para siempre Oskar Matzerath, el héroe de El tambor de hojalata. Ahí, en esos ejemplos, el árbol del que no baja el noble italiano y el tamaño que no cambia en el chaval alemán juegan un papel parecido a lo que hemos visto más arriba. También aquí estamos ante situaciones especiales, ante posiciones extrañas y ventajosas que permiten al escritor narrar lo que ocurre de una manera diferente.

 

Sí, los libros mencionados funcionan gracias a eso. Son impensables de otra forma, fuera del lugar. Hay un momento en que el lector lo intuye y, sin embargo, es verdad que a ratos desearía que el personaje lo abandonase. Aunque sólo fuera durante unos instantes, querría ver a Drogo de vuelta en su ciudad o a Castorp otra vez con su familia. Claro que son intervalos fugaces. Sí, porque después, retomada la lectura, quien lee se da cuenta de que Hans y Giovanni sólo tienen sentido allí dentro, en los confines de su retiro. Admite que sería absurdo cualquier viaje, cualquier excursión, cualquier fuga. Acepta que sólo existan en aquél. Y de igual modo que nosotros estos días de confinamiento, todas estas horas metidos en casa, el lector aprende que el hecho de no salir puede ser una proeza, que la perseverancia en el cautiverio es una prueba de valor.


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