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ESTACIÓN DE LIBROS

La uruguaya, Pedro Mairal

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 15/12/2019 a las 06:00
Las historias que transcurren en un día. En veinticuatro horas. En una única jornada. La literatura ofrece muchos ejemplos al respecto. Podría crearse incluso un género aparte con ellas. La suya suele ser una trama itinerante. Suele haber un paseo por la ciudad, un recorrido por el campo o un breve viaje que termina en el mismo sitio donde empezó. A menudo, esas novelas las narra su protagonista en primera persona. Muchas veces se trata de un antihéroe, de alguien en medio de una crisis o al borde del fracaso. Quizá por eso, por la empatía que su situación despierta en él, esa figura casi siempre consigue el favor del lector.
Me gusta toparme de vez en cuando con esta clase de lectura. Me resulta estimulante. Sí, porque más allá del argumento, del puñado de peripecias que se cuentan en el libro, hay por parte del autor un deseo de reducir lo literario a algo elemental. No sólo eso. En estas obras, yo advierto también la ambición legítima y oculta de lograr un personaje que encarne el espíritu de una época o, cuando menos, el ánimo colectivo de un momento.
Esta historia responde a un esquema parecido. Va por ahí. En un largo día de finales de primavera, Lucas coge el barco que cruza el Río de la Plata, que une Buenos Aires con Montevideo. El pretexto es traer a Argentina un dinero que le han ingresado en un banco uruguayo. El verdadero motivo es volver a ver a Magalí Guerra, una joven a quien conoció meses atrás durante un evento literario celebrado en una localidad de la costa atlántica.
El narrador se lo cuenta todo a Catalina, su mujer. Ella es la destinataria de este relato escrito un año después del viaje. Y, claro, en esta especie de carta no se hace referencia sólo al trayecto Buenos Aires-Montevideo-Buenos Aires. También hay saltos al pasado y al futuro. A episodios que ya han sucedido y a otros que ocurrirán más tarde. Sentado en el interior del ferry o en el autobús que le lleva del puerto a la ciudad, Lucas hace un repaso de su vida. De lo que ha vivido hasta entonces. Aprovecha ese interlocutor silencioso para explicarse de alguna forma a sí mismo. Para reflexionar sobre su relación de pareja, sobre lo que ha supuesto para él la paternidad, su hijo Maiko, o sobre su trayectoria errática de escritor. En definitiva, esboza un resumen de lo que tiene.
En La uruguaya, yo he visto algo de El guardián entre el centeno. En su protagonista, un Holden Caulfield de cuarenta años. No sólo por el tono sencillo y desenfadado en que aquél cuenta avatares y tribulaciones, sino por su aventura concentrada en un puñado de horas. Por la revelación que supone para Lucas ese intervalo. Por lo sacudido que sale de esa intensidad. Por el modo en que se agarra al ukelele. Por ese momento de lucidez que experimenta cruzando a la otra orilla.
Oh, por supuesto, más que de una escapada se trata de una huida. De los compromisos hacia la ausencia de ellos. De las obligaciones hacia un ocio placentero. De la Argentina de los problemas al Uruguay de las soluciones. De la esposa a la amante. De la madurez hacia una última prórroga de la juventud.
Pero es un trayecto de ida y vuelta. Sí, lo bueno es que hay un regreso. Y, tal como exige la literatura, las historias que merecen la pena, el personaje no retorna al punto de partida. Eso sería imposible. No es el mismo que cuando partió. Ahora sabe más. Ahora entiende mejor. Ahora siente emociones nuevas. Sólo es un poco más viejo y, sin embargo, tiene la impresión de haber existido un milenio. Claro que tampoco lo que dejó por la mañana ha permanecido igual. He ahí, quizá, el verdadero precio del pasaje a Montevideo.
Ah, ¡qué largo puede ser un día en un libro! ¡Cuántas cosas caben en los confines de una jornada literaria! A veces, más que en una época concreta, nos gustaría vivir en ese tiempo diferente. En el fondo, no nos importa que las horas pasen deprisa con tal de que los minutos duren una eternidad.

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