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ESTACIÓN DE LIBROS

'El dolor de los demás', Miguel Ángel Hernández

Ampliar Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Actualizado el 08/12/2019 a las 06:00
Para quienes escribimos, la literatura es un segundo paso por las cosas. Es una manera diferente de regresar a ellas. A través de los libros, sean novelas o textos autobiográficos, volvemos a lo que nos sucedió a nosotros o cerca de nosotros, y lo convertimos en una historia para poder entenderlo hasta el final.
Es un alivio que sea así. Para mí es una suerte disponer de esa segunda oportunidad. Sí, porque de otro modo, sin esa forma de recuperación, yo me quedaría sin comprender la mayoría de los sucesos. Sin asimilar gran parte de lo que ocurre. Observaría todo a mi alrededor con un asombro estéril. Sin llegar a extraer enseñanzas, ni sacar conclusiones, ni aprender lo mínimo para no cometer errores una y otra vez.
En El dolor de los demás, Miguel Ángel Hernández practica un ejercicio parecido. Se remonta a un episodio trágico de su adolescencia, al crimen que cometió su mejor amigo antes de suicidarse, con el propósito de entender lo que pasó. Por un lado, reconstruye las horas posteriores a la noche del 24 de diciembre de 1995, momento en que se produjeron los hechos. Por otro, narra el proceso de gestación del libro.
Claro, no es lo sangriento lo que le interesa. No es ése el contenido de la obra. Es cierto que en varios capítulos hay referencias al modus operandi, al modo en que Nicolás mató a su hermana Rosi y se quitó la vida a continuación, y, sin embargo, la búsqueda literaria del autor va por otro sitio, se dirige a otra parte. Hernández empieza más allá de lo ocurrido, trabaja a partir de lo ya consumado. Lo rodea a través de una gran elipsis, y entonces avanza hacia el pasado y hacia el futuro con el fin de encontrar certezas acerca de su amigo, pero también acerca de sí mismo.
El difícil camino hasta ese punto. El recorrido hasta un texto definitivo que, sin instrumentalizar los sentimientos de otras personas, sin dañar a los allegados, alcance un valor estético. Sea digno de editarse. He ahí uno de los elementos de este cruce entre crónica periodística y relato autobiográfico. Y es que el factor ético también juega un papel en el conjunto. La lucha entre el escritor y el vecino. Entre el creador y el amigo. El dilema moral que se abre cuando un autor se aproxima a lo verídico.
Por eso es inevitable lo metaliterario. Me refiero a este libro. No hay más remedio que compartir las dudas y los interrogantes con el lector. No los suscitados por el crimen, sino los que van surgiendo de la indagación en el mismo. Los que se le plantean a Hernández cada vez que aborda con el tema a sus conocidos. Cada vez que contacta con gente de aquel tiempo. Cada vez que pregunta demasiado. En la narración de cada uno de esos instantes, en una especie de work in progress, el escritor murciano interpela al lector. Intenta explicarse en la medida de lo posible. Somete a su juicio la decisión tomada. Le hace una consulta implícita a posteriori. Se justifica de algún modo. Se disculpa en cierto sentido.
Y lo que le salva es precisamente lo que consigue. Lo que le deja a una distancia suficiente de lo frívolo, de lo banal, de lo morboso o de lo anecdótico es justo lo que pretende. Trazar una retrospectiva de su propia vida. Sí, el autor aprovecha el pretexto del suceso, el doble acto de matar y morir de Nicolás, para averiguar cómo era él a los dieciocho años. Para revisar lo que vino después. Para observarse de nuevo estudiando Historia del Arte en la universidad, cambiando de aspecto, viviendo una temporada en Estados Unidos, publicando sus primeros libros, formando una familia lejos de la huerta, alejándose para siempre del mundo estrecho donde creció.
Ah, las diferentes estrategias para llegar a uno mismo. El asunto podría resumirse así. A menudo pueden extrañar a los demás. A veces nos sorprenden también a nosotros. Qué necesidad había de pasar por esas estaciones, podría decirse. Pero eso tampoco es negativo. En el fondo, la mejor reacción tras la escritura, siempre que alguien nos pregunta por un libro nuestro, es encogerse de hombros y quedarse callado como un escolar con todos los deberes sin hacer.

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