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ESTACIÓN DE LIBROS

Últimos testigos, Svetlana Alexiévich

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Publicado el 01/12/2019 a las 10:31
Hay libros que, aparte de procurarnos distracción y placer, conocimientos y emociones, también nos dan una lección. También sirven para que no nos quejemos. Para que dejemos de hacerlo. Son obras que, por tratarse de testimonios reales y trágicos, nos recuerdan que cualquier lamento por nuestra parte sonará siempre ridículo. Será siempre injusto. Nos recuerdan que, por muy mal que lo pasemos en ciertos momentos de la vida, ese dolor resultará siempre pequeño en comparación con el que sufrieron otros.
No es un efecto menor. Me refiero al que provocan en nosotros esas lecturas. No, porque a menudo se nos olvida lo que tenemos. Quitamos importancia a todo lo valioso que nos rodea o damos por supuestas unas circunstancias que no ocurren naturalmente. Un conjunto de ventajas y privilegios que podemos perder. Que no disfruta todo el mundo. Por eso es saludable que existan. Es bueno volver a todas esas páginas escritas que narran lo que ciertos seres humanos hicieron con individuos de su misma especie.
Últimos testigos es un ejemplo de ello. En esta mezcla de ensayo y "novela de voces", la autora bielorrusa transcribe un centenar de monólogos de hombres y mujeres de la antigua Unión Soviética. En ellos, esas personas cuentan su experiencia de niños en la Segunda Guerra Mundial, el modo en que quedaron huérfanos con la invasión de los nazis en junio de 1941, con la destrucción y la matanza que éstos causaron en su tierra.
La mirada infantil. Los recuerdos de una infancia diferente. He ahí lo que buscaba Alexiévich. Lo que recogió a lo largo de muchos años, en las últimas décadas del siglo XX. Le interesaba la narración de las imágenes que todavía guardaban, pero sobre todo la descripción de lo que esos niños de la guerra sintieron entonces. Cuando oyeron los primeros aviones. Cuando cayeron las primeras bombas. Cuando aparecieron los primeros soldados. Cuando vieron lo que hacían con sus aldeas, con sus casas, con sus animales, con sus padres.
Y quizá porque se convirtieron en adultos antes de tiempo, sus voces, registradas aquí por la escritora, vuelven a sonar como las de los menores que apenas pudieron ser. Hablan con palabras claras y sencillas, con un lenguaje despojado de cualquier juego, de cualquier giro, de cualquier retórica, de cualquier metáfora. Les bastan unas cuantas expresiones y un pequeño vocabulario para contar cómo era su vida en aquella época y lo que sucedió después. Para contar cómo era su hogar y lo que había en él. Para contar quiénes eran sus familiares y de qué manera murieron o desaparecieron dejándoles solos para siempre.
Oh, ellas y ellos. Vania Titov, Larisa Lisóvskaia, Volodia Korshuk, Nadia Savitskaia, Vasia Baikáchev, Liuda Andréieva, Leonid Sivakov, Ira Mazur, y muchos otros. La mayoría ya se llamaba así entonces, en el momento en que les sorprendió la guerra y, sin embargo, hay algunos a quienes, además, se les arrebató la identidad. Huérfanos desde los primeros días, anduvieron extraviados o se les envió a otras regiones, a lugares remotos, y una vez allí, acogidos en orfanatos, se dieron cuenta de que se les había olvidado su propio nombre por el camino.
Ah, los objetos. El único libro de Kima, la manzana de Sasha, los zapatos de Marlen. Pero también muñecas, medallas, relojes, estufas, vestidos y camisas manchadas de sangre. Todas las cosas que tenían antes, o las que consiguieron rescatar, o aquellas a las que se agarraron mientras tanto. Y es que a menudo, a lo largo de este volumen, Svetlana se desvía hacia ellas, les dedica unas líneas, las mira de otro modo, se interesa por su destino como una forma indirecta de seguir narrando las tribulaciones de sus pequeños propietarios.
Entiendo su propósito. Lo que pretende Alexiévich en esta clase de obras. Comprendo que, más allá de una especie de deber cívico hacia sus compatriotas, el que la lleva a salvar sus testimonios a través de esta labor documental, se sienta interpelada como escritora. Ella sabe que en todas estas historias se encuentra lo esencial del ser humano. Sabe que, después de haberlas reelaborado, lo que quedará será un relato desnudo, un compendio de emociones elementales. Sabe que la literatura nace precisamente cuando no se intenta, cuando se evita. Cada vez que un conato literario se interrumpe a tiempo.

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