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ESTACIÓN DE LIBROS

El año del pensamiento mágico, Joan Didion

Ignacio Lloret

Ignacio Lloret

10/11/2019 a las 06:00
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En la agenda de todo escritor hay un apunte importante. Una anotación destacada que va renovándose, pero que siempre está en alguna de sus páginas. Me refiero a la lista de los proyectos literarios que se propone. De los libros que tiene planeado escribir en el plazo que sea.

De unos sólo sabe el título. Puede que de otros haya esbozado incluso unas líneas acerca de su contenido. De su argumento o de sus personajes. De su formato o del lugar y de la época en que desea ambientarlos. Sin embargo, por muy exhaustiva que sea esa enumeración de propósitos, a veces queda invalidada de golpe. De pronto, irrumpe con fuerza la idea de una novela o de un ensayo, de una autobiografía o de un conjunto de relatos, y se impone a todas las demás. Y lo que la hace tan poderosa, tan insoslayable, puede ser una voz singular, un lenguaje diferente, pero también un suceso real con el que el autor no contaba. La llegada inesperada de una adversidad. Un hecho dramático capaz de alterar completamente su vida.

Es el caso de esta obra testimonial. En El año del pensamiento mágico, Joan Didion escribe sobre la muerte repentina de su marido, el también autor John Gregory Dunne. Narra todo lo que ocurre desde el momento en que él fallece de un infarto masivo la noche del 30 de diciembre de 2003, hasta el día en que ella, apenas diez meses después, decide abordar ese periodo en forma de libro.

Hay un sentido en esa inmediatez. En el poco tiempo que transcurre entre ambos episodios. Hay una necesidad de registrar el impacto antes de que sus efectos se diluyan. Porque lo que la autora pretende en principio es describir el tránsito brutal, en cuestión de minutos, del todo a la nada, del estar al no estar, del ser al no ser, de la vida a la muerte. He ahí el verdadero asunto.

También hay un intento de reconstrucción. Un deseo de averiguar en detalle cómo fueron las cosas entonces, a lo largo de las primeras horas. Sí, antes de la abstracción. Antes de que la desaparición del ser querido, de la persona con la que Didion vivió cuarenta años, se convierta en pesadilla, y luego en recuerdo, y luego en experiencia.

Lo llamativo es que en esa recreación se nota la curiosidad. Se advierte que detrás del artefacto narrativo hay una periodista, una novelista. Alguien que no puede dejar de ser quien es. Precisamente en esos momentos donde el sufrimiento por la pérdida aún no se ha manifestado, aún está latente, ella actúa como lo haría con gente desconocida. Con interés por lo que sucede. Con serenidad hacia lo que ve. Con la sobriedad mental suficiente como para enterarse de todo y ser capaz de contarlo más tarde.

Y quizá por eso, por esa resistencia inicial de la autora a que lo concreto se transforme en abstracto demasiado pronto, recurre a muchos datos técnicos. A términos científicos. A nombres de patologías, de síntomas, de intervenciones, de sustancias, de aparatos. Llena buena parte de su libro con una nomenclatura y una exactitud de informaciones cuyo fin es permanecer en el instante todo lo posible, ralentizar los minutos, huir de lo imaginario, mantener todavía desactivado el mecanismo fabulador.

Entonces sí. Una vez redactado ese informe para sí misma, Didion ya puede ir alejándose poco a poco del suceso. Puede apartarse de él con la memoria. Con el lenguaje escrito. Ya puede evocar las escenas de su vida con John. Los años en California. Las temporadas en Hawái. Los viajes por el mundo. Su regreso a Nueva York. Su oficio común. Y si por un lado el lector agradece esa panorámica, ese conjunto de recuerdos inofensivos, por otro entiende la intención de la autora. Su necesidad de exponer el contraste entre lo planeado y lo contingente, entre lo decidido y lo incierto, entre lo bonito y lo feo. Comprende que es ese contrapunto lo que da valor literario al testimonio de Joan.

Oh, claro que importa la forma. Todo esto no sería posible con otro estilo. Sin esa prosa pulcra, transparente, precisa y despojada de cualquier exceso de sentimentalismo. En su calidad de escritora, Didion sabe que algo tan trágico para ella como la muerte de su marido se vive con dolor, pero sólo puede narrarse con perplejidad.

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