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ESTACIÓN DE LIBROS

Tiempos recios, Mario Vargas Llosa

Ignacio Lloret
Ignacio Lloret
Publicado el 03/11/2019 a las 06:00
Hay un tipo de libros del que no se habla demasiado. No se trata de un género, sino de un conjunto de obras cuyo denominador común es más bien extraliterario. Lo que las emparenta no es una forma ni un contenido, no es un tono ni un estilo, es la circunstancia de haber sido escritas en un momento en que sus autores ya habían sido distinguidos con el premio Nobel.
No es un dato irrelevante. No es un aspecto tan trivial como parece. No, porque siempre hay algo en esos libros, en muchos de ellos, que refleja de algún modo la relajación con que se hicieron. La indiferencia del escritor hacia su recepción entre los lectores. La falta de ansiedad que puede permitirse quien ya no tiene nada que demostrar.
Ya he dicho que no los une nada técnico. De ahí que sean distintos en ese sentido. Y es que la ausencia de presiones, el hecho de saberse más allá de la ambición, lleva a los autores a puertos diferentes. En unos, como Coetzee, provoca la búsqueda de nuevos registros. La apuesta por formatos de relato no utilizados hasta entonces. En otros, como Cela, supone un desafío estético. El intento de distorsionar el lenguaje empleado por él mismo en obras anteriores con el fin de averiguar adónde le conduce la "deformidad".
¿Y en Vargas Llosa? Oh, en el autor hispano-peruano, la tranquilidad en la que vive desde octubre de 2010, su existencia placentera al otro lado de la angustia, hace que persevere en lo de siempre. En su territorio literario habitual. En ese mundo narrativo que domina desde hace muchos años y que ha dado lugar a grandes títulos. En ese universo de la prosa donde lo factual se mezcla con lo ficticio, lo documental con lo imaginario, lo testimonial con lo histórico. En un espacio donde esas combinaciones audaces se convierten, gracias al talento del autor, en novelas que a muchos de nosotros nos sigue gustando leer.
Es el caso de Tiempos recios. Una vez terminada su lectura, es difícil no relacionar el libro con otros de Vargas Llosa, no pensar en La fiesta del Chivo o en Conversación en La Catedral. Con el primero de ellos no sólo comparte personajes como Johnny Abbes García o el propio Leónidas Trujillo, figuras reales recreadas también aquí por el novelista, sino la estructura de planos temporales superpuestos y técnicas narrativas que tienen que ver con el enredo magistral de diálogos, con el reparto de la información y con el manejo del suspense.
Estamos en el ámbito de la ficción histórica. Dentro de ese género que permite al escritor llenar los huecos entre los hechos, las lagunas entre hitos verídicos, que le da la posibilidad de continuarlos a partir del punto donde se interrumpieron, o de proporcionarles un final alternativo tan verosímil como el que tuvieron en realidad. Y es ahí, en el contexto de lo ocurrido oficialmente en Latinoamérica a lo largo del siglo XX, donde Vargas Llosa se mueve a sus anchas. Donde encuentra su veta literaria. Donde trabaja y elabora su producto. Es ahí donde investiga, se documenta e indaga con el propósito, ahora, de reconstruir la llegada al gobierno de Guatemala del presidente Jacobo Árbenz en 1951, el golpe de Estado contra él encabezado por el coronel Castillo Armas en 1954 y el posterior asesinato de éste en 1957.
Ah, la emoción intelectual de hacer hablar a los muertos. A personajes que existieron. El placer de fabular la parte oculta de sus vidas. El gusto de llevarles a interactuar con otros también reales pero a quienes no conocieron, o bien con criaturas inventadas. Imaginar, en definitiva, cómo fue lo que nadie ha contado nunca sobre un asunto o de qué manera habría podido suceder. He ahí el valor añadido del autor, su aportación artística. He ahí lo que Vargas Llosa, gracias a su capacidad para persuadir al lector, nos ofrece una vez más en forma de libro.
Antes he sugerido que Mario regresa a lo de siempre, a un terreno familiar, y, sin embargo, no es cierto del todo. Al final de esta novela hay un elemento nuevo para él, un recurso que no suele utilizar y que yo no voy a revelar aquí. Quizá sea el principio de algo. De un camino diferente en su literatura. A lo mejor es lo que uno escribe cuando, a pesar de los honores y las distinciones, vuelve a sentirse inquieto e ilusionado como un principiante.

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