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OPINIÓN

'Un hombre enamorado', Karl Ove Knausgård

Avatar del undefinedIgnacio Lloret15/09/2019
No suelen gustarme los libros en serie. Esas obras organizadas en trilogías o cuatrilogías, en un conjunto de varios tomos pensado así desde el principio. Creo que arrastran algo sospechoso. No sólo porque acostumbran a ser la forma que adoptan los productos mediocres de ficción popular, sino porque se oponen a la idea, para mí esencial, según la cual la literatura es una búsqueda que empieza una y otra vez con cada libro, la exploración de un territorio nuevo para el autor.
El proyecto literario del escritor noruego es una excepción en ese sentido. No la única, claro, pero sí peculiar porque es de carácter autobiográfico. Aquí, en esta autobiografía dividida en varios volúmenes bajo el título de Mi lucha, no se trata de inventar tramas diferentes con los mismos personajes, sean casos policiales u otra clase de sucesos, sino de narrar las distintas etapas en la vida de un individuo llamado Karl Ove Knausgård.
Un hombre enamorado aborda el periodo que transcurre entre 2003 y 2008, si bien hay referencias a episodios concretos de la infancia y primera juventud del autor. El relato de esos cinco años no es cronológico. Se construye a partir del final, con saltos hacia atrás y hacia adelante. Unos meses antes de cumplir los cuarenta, siendo padre de Vanja, Heidi y John, Knausgård vuelve la vista hacia el pasado y cuenta cómo ha llegado hasta ahí. De qué manera, a través de qué ciclo de decisiones y casualidades, se divorció de su primera mujer, dejó Bergen, se marchó a Suecia, se estableció como escritor, se enamoró de Linda y tuvo tres hijos con ella.
Quiero acertar con los términos. Escoger las palabras adecuadas. Ahora, al reseñar este libro. Lo primero que advierto en él es un tono de autenticidad. Se nota que ha habido una indagación previa. En el ámbito creativo. En el terreno literario. Una fase más o menos larga de prueba y error. Se nota que, antes de conseguir esta voz, Knausgård ha fracasado con otras. Él mismo lo menciona en un momento del texto. Habla de las novelas que empieza y no termina. De los temas elegidos para ellas. De los sitios, las épocas y el contexto en que intentó ambientarlas en vano. Igual que hace con su periplo vital, Karl Ove describe el camino recorrido hasta encontrar un espacio narrativo donde sentirse cómodo.
Eso es lo que se aprecia al leerle. La sensación de que el autor está en su casa. Que se mueve con soltura en un lugar propio. Claro, escribe sobre personas que conoce. Sobre hechos que ha vivido. Y, sin embargo, no se trata únicamente de eso. Lo importante es que hay un fondo de veracidad en su relato. En su modo de contar. No sólo es verosímil, no sólo hace creíbles los pequeños acontecimientos narrados, sino que nos persuade de lo relevantes que son para él. De lo reveladores, decisivos o epifánicos que resultan en su vida. Y lo que nos convence del todo es que habla de experiencias corrientes, de nada extraordinario. Se vuelca sobre esa serie continua de vivencias, cambios de rumbo, crisis, reveses, aprendizajes y hallazgos que tenemos todos nosotros. Por la que atravesamos todos nosotros.
Hay un acercamiento a las cosas. Una detención del tiempo parecida a la de Proust. Como lectores, acompañamos al autor en la reconstrucción de su pasado reciente, en el montaje de un artefacto literario edificado sobre su propia existencia, y ese seguimiento se produce a muy poca distancia de lo ocurrido. Con una lentitud similar a la que hubo entonces. Aunque a veces las escenas se alargan demasiado y reclaman una elipsis mucho antes de terminar, Knausgård las escribe con dominio de las técnicas novelescas, con ritmo y aire de novela, y sacia nuestro apetito de ficción por medio de una historia real.
En cierto modo, la suya es una bifurcación. Él toma un desvío para llegar. Para alcanzar ese destino estético, ese punto de emoción que nos proponemos los escritores como objetivo. Coge la ruta de lo testimonial, aprovecha las ventajas que nos ofrece siempre lo verídico en cuanto a posibilidad de evocación y de reflexiones expresadas con belleza, para conseguir, en definitiva, ese mismo efecto conmovedor que logran los mejores relatos imaginarios.
Así que esta vez no importa. No me importa que el asunto continúe. O que haya episodios anteriores, otras edades del autor incluidas en otros libros. No, porque, en el fondo, Knausgård está pintando por etapas un único cuadro, un cuadro único.
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